Capítulo 9. Draco

1237 Words
Draco llegó a la enfermería poco después de que Ada lo llamara. Era joven, apenas veinte, pero su presencia era calmada, casi etérea. Estilizado como su hermana aunque no compartían sangre, con el cabello castaño cayéndole en mechones sueltos sobre la frente, y ojos que parecían ver más allá de la piel. Vestía una camisa holgada de lino blanco y pantalones oscuros, nada que gritara autoridad, pero su aura era inconfundible: un empático nato, un telépata que no necesitaba palabras para desentrañar almas. Leona lo recibió en la puerta, con una mano en su hombro. —Sé cuidadoso —le murmuró—. Está frágil. No la presiones. Draco asintió, con una sonrisa suave que no llegaba del todo a sus ojos. Sabía lo que le pedían: leerla, sentirla, confirmar si era verdad o amenaza. Pero también sabía el costo. Empatizar con el dolor ajeno era como beber veneno; siempre dejaba un residuo. Entró solo. Aya estaba sentada en la camilla, con las rodillas recogidas contra el pecho, los ojos rojos de tanto llorar. El aroma de ella, a rosas, flotaba en el aire, sutil pero persistente, como si la habitación misma lo exhalara. —Hola —dijo Draco con voz suave, acercándose despacio—. Soy Draco. Hermano de Ada, la compañera de Viktor. Me pidieron que hablara contigo. Aya lo miró, confusa. No parecía amenazante; más bien, como un chico universitario, uno de sus alumnos, solo que perdido en el bosque equivocado. —¿Hablar? —repitió ella, con voz ronca—. ¿O interrogar? Draco se sentó en una silla frente a la camilla, a una distancia respetuosa. —Un poco de ambas, supongo. Soy… especial. Puedo sentir lo que la gente siente. Ver recuerdos, si me dejan. No es invasivo si cooperas. Solo quiero ayudarte a aclarar esto. Aya soltó una risa amarga. —¿Aclarar? Estoy en un mundo donde la gente se transforma en lobos, el tiempo está equivocado, y mi esposo muerto está vivo. ¿Qué hay que aclarar? Draco extendió las manos, palmas hacia arriba. —Dame tus manos. Solo eso. No te haré daño. Puedo… drenar un poco del peso que llevas. El dolor. Aya vaciló. Sus ojos se posaron en las manos de él: delgadas, sin callos, inocentes. Algo en su voz la calmaba, como una brisa fresca en un día de calor asfixiante. Al final, extendió las suyas, temblorosas. Sus dedos se tocaron. El contacto fue eléctrico. Para Draco, fue como sumergirse en un océano de tormenta. Imágenes fragmentadas lo invadieron: un laboratorio iluminado por luces frías, risas compartidas sobre microscopios, rosas en un jarrón sobre una mesa de cocina. Luego, el caos en el hospital. Dolor agudo, como una puñalada en el pecho. El rostro de un hombre —Ariel— pálido en una cama de hospital. Lágrimas interminables, noches en vela. No vio detalles específicos de lo sucedido con Ariel —no quiso profundizar tanto—, pero el sufrimiento era un torrente. Duelo crudo, soledad que devoraba. Aya era científica, sí: viales, ecuaciones, un virus que mutaba en lobos reales, no míticos. Investigación que olía a peligro, a secretos que mataban. Draco no dijo nada. En cambio, empezó a drenar. Como un empático entrenado, absorbía el dolor, lo filtraba a través de sí mismo, lo convertía en algo manejable. Era como succionar veneno de una herida. Aya sintió un alivio inmediato: el peso en su pecho se aligeraba, las lágrimas se secaban. Respiró hondo por primera vez en horas. Pero para Draco, era agotador. El torrente lo debilitaba. Su rostro palideció, las manos empezaron a temblar. Sudor le perló la frente. Pasaron minutos —cinco, diez— en silencio. Aya lo miró, preocupada. —¿Estás bien? —susurró. Draco sonrió débilmente. —Solo… un poco más. Leona, que observaba desde la puerta entreabierta, intervino al fin. Entró rápido, separó sus manos con gentileza pero firmeza. —Basta, Draco. Estás blanco como un fantasma. Lo ayudó a levantarse. Draco se tambaleó un poco, apoyándose en ella. Sus ojos ahora estaban vidriosos, exhaustos. —Gracias —murmuró Aya, sintiéndose más ligera, pero aún confusa. Draco solo asintió antes de que Leona lo sacara al pasillo. Allí, Viktor, Savage y Ada esperaban. Ada corrió a abrazar a su hermano, sosteniéndolo. —¿Y bien? —preguntó Viktor, voz baja pero impaciente. Draco se recostó contra la pared, respirando hondo. Su voz salió débil, pero clara. —Es cierto. Sufrió mucho. Un duelo profundo, algo que la rompió. No miente sobre el dolor. Pero… sus intenciones no son claras. Vi fragmentos: es científica. Algo de una investigación… viales, experimentos. No profundicé, pero huele a secretos. No vi maldad, solo confusión. Como si realmente viniera de otro lugar. Viktor frunció el ceño, cruzando los brazos. —¿Otro lugar? ¿Como el de ese tal Yates que mencionó Leona? Draco asintió débilmente. —Posiblemente. Su mente es un torbellino. Drené lo que pude, pero… me dejó exhausto. Ada lo miró preocupada, transmitiéndole consuelo mental. Savage, en silencio, parecía perdido en sus pensamientos. El tirón en su pecho no había desaparecido; si acaso, se había intensificado al saber que ella lo veía como un esposo muerto. Viktor exhaló despacio, decidiendo. —Bien. No podemos esperar más. Llamaré a Michael Falcone. Sacó su teléfono —un dispositivo resistente, con encriptación de última generación— y marcó un número guardado. Caminó unos pasos por el pasillo para tener privacidad, aunque todos oían con sus sentidos agudizados. El teléfono sonó dos veces antes de que respondiera una voz grave, cálida pero autoritaria. —Viktor. ¿Qué pasa? No llamas a esta hora por cortesía. —Michael —saludó Viktor, directo al grano—. Tenemos un problema en Summer. Savage encontró a una humana en una cueva al norte. Inconsciente, sin heridas. Dice que viene de aquí mismo pero su historia no cuadra. Cree que estamos en 2025, que Trump es presidente de EE.UU., que Kennedy Junior murió en los noventa. Y… llama a Savage "Ariel". Dice que es su esposo muerto en un accidente hace un año. Un silencio al otro lado. Michael Falcone, alfa de la manada Falcone, no era de reacciones impulsivas. —Continúa. Viktor miró de reojo a Savage, que seguía inmóvil. —Leona cree que proviene de un viaje interdimensional. Como las teorías de Yates, el físico que desapareció hace unos años en la UCLA. Draco la leyó: confirma el sufrimiento, dice que es científica, involucrada en alguna investigación. No ve maldad, pero sus intenciones no son claras para él. Michael soltó un suspiro bajo. —Y quieres a Gia. Viktor asintió, aunque no lo viera. —Sí. Peyton puede teletransportarla aquí en minutos. Otro silencio. Michael pensaría en los riesgos: alianzas, secretos, posibles amenazas humanas. —Bien —dijo al fin—. Peyton y Gia estarán allí en una hora. Manténganla contenida hasta entonces. Y Viktor… si es una viajera interdimensional, podría ser más grande que Summer o Falcone. Mantén los ojos abiertos. —Sí, por supuesto. Gracias, Michael. Colgó, volviendo al grupo. Ada sostenía a Draco, que recuperaba color lentamente. Savage lo miró, expectante. —Gia viene —anunció Viktor—. Peyton la trae. Resolveremos esto. Leona asintió, aliviada. Savage no dijo nada, pero su lobo interior gruñó, impaciente. El aroma a rosas se filtraba por la puerta de la enfermería, recordándoles que Aya —y su misterio— esperaban dentro.
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