Capítulo 2 El nombre que no puedes borrar

1205 Words
—Aria, abre la puerta. El golpe no es violento. Es peor: es constante. Medido. Como si Matt supiera exactamente cuánta presión ejercer para no romper nada… todavía. —Sé que me escuchaste —añade—. No está bien que te encierres en el baño. No hagas esto. Aria permanece apoyada contra la puerta, la espalda rígida, las palmas presionadas sobre la madera como si su propio cuerpo fuera el único seguro que la mantiene en pie. Respira hondo, intenta hacerlo, pero el aire se queda atrapado a medio camino, negándose a llegar a sus pulmones. Todo dentro de ella sigue detenido en una sola frase. No importa si ya despertó. Levanta la vista. El espejo le devuelve un reflejo que no reconoce. No está la estrella que hace horas dominó un estadio entero. No está la mujer segura que eligió lencería con la promesa de una noche intensa, con su amante. Hay otra. Una mujer con los ojos vidriosos, la mandíbula tensa, los hombros encogidos como si esperara un golpe. Una mujer empujada al borde de algo que juró no volver a tocar jamás. —Déjame sola —susurra, apenas audible—. Vete, Matt. —Aria —insiste él al otro lado—. Abre. Por favor. Confía en mí. Todo va a estar bien. La palabra confía le sabe amarga. —No me pidas eso —responde ella, con la voz quebrada—. No después de lo que te escuché decir. El silencio cae de golpe, denso, cargado. Aria sabe que Matt sigue ahí, justo del otro lado, calibrando su siguiente movimiento. —No es lo que piensas —dice por fin—. Estás sacando todo de contexto. Aria deja escapar una risa breve, incrédula, que le duele en la garganta. —Siempre saco todo de “contexto” contigo. Sus dedos giran el seguro antes de que pueda arrepentirse. La puerta se abre. Matt está ahí, impecable incluso en ese momento. La mira como si nada hubiera cambiado, como si ella no acabara de escuchar algo capaz de fracturarle la vida en dos. Sus ojos recorren su cuerpo, se detienen en la lencería que aún lleva puesta. Le roba el aliento a Matt. Pero las manos de Aria tiemblan. —¿Con quién hablabas? —pregunta Aria de inmediato—. Dímelo a la cara. Matthew la observa sin responder, y ese silencio es peor que cualquier grito. Aria siente cómo las lágrimas amenazan con salir, pero se obliga a mantener la espalda recta. —No es lo que piensas —repite él. —Entonces dime qué es —exige—. Porque escuché que dijiste su nombre, Matt. No lo imaginé. —Aria… —¿Noah despertó? —lo interrumpe—. ¿Sí o no? El aire cambia de golpe. Algo invisible se tensa entre ellos. Matt avanza un paso. No grita. No lo necesita. Su presencia es suficiente. —Eso no importa —dice—. Tu vida está aquí. Conmigo. —No decidas eso por mí —responde ella, retrocediendo instintivamente—. Nunca te di ese derecho. Tú y yo solo firmamos un contrato, y nada más. —Me diste el control de toda tu vida cuando lo firmaste. —¿Toda mi vida? —Te di protección, poder —enumera él—. Puse a la industria musical a tus pies como siempre soñaste. Todo lo que tienes… me lo debes. Aria da otro paso atrás. El suelo parece inclinarse. —No soy un objeto que puedas poseer —dice—. Y además, tengo talento. Lo sabes. Eso no me lo diste tú. Matth la toma de las muñecas antes de que pueda alejarse más. Sus dedos no la lastiman, pero tampoco la sueltan. —Me perteneces —dice, sin aceptar discusión—. Y no voy a permitir que lo olvides. —Suéltame. —No. —¡Suéltame, Matt! —Tu talento no era suficiente y lo sabes —escupe entonces, sin piedad—. Todo lo que tienes, los escenarios, el estrellato… lo hice posible yo. No tu talento. Las palabras le caen como una bofetada. Aria lo mira como si no pudiera creer lo que está escuchando. —¿Me estás amenazando? —Te estoy recordando una verdad que pareces querer olvidar —responde él—. Y esa misma verdad puede borrarte del mapa si decides apartarme de tu vida. Algo se quiebra en Aria. No suena. No se ve. Pero se rompe. El mundo se vuelve lento. El sonido se apaga. Las palabras pierden forma. El presente se deshace y los recuerdos que ella siempre mantiene encerrados regresan de golpe, arrastrándola sin pedir permiso. No hay transición. Solo oscuridad. Voces de su pasado. Paredes que se cierran. Manos que no piden permiso. —¡Aria! La voz de Matt irrumpe la pesadilla, atravesando ese infierno que la persigue incluso despierta. Aria vuelve en sí de forma abrupta, jadeando, con el corazón desbocado. El cuerpo le tiembla sin control. Comprende, con claridad, que no debió perder su medicamento después del concierto. Se tambalea. Las lágrimas que logró contener finalmente caen. —Mírame —dice Matthew, rodeándola con los brazos—. Tu mente está jugando contigo otra vez. Son solo recuerdos. Yo estoy aquí para ti. —No —susurra ella—. No me abraces así. —Perdóname —dice él, más bajo—. No quise decirte esas cosas. Sé que no estás bien, sé que tu pasado fue muy duro. No quise lastimarte más. —Pero lo hiciste —responde ella—. Lo haces. El silencio se instala entre ambos, incómodo, cargado de algo que ya no puede deshacerse. —Te amo —dice Matt al fin, casi como una súplica—. ¿Lo sabes, verdad? Aria cierra los ojos. Por un instante, se abandona al calor de ese abrazo. A esa conexión peligrosa de la que siempre huye… pero que siempre está ahí, esperando. —No puedo respirar cuando mi pasado regresa a cobrarme factura —dice—. Ni cuando me tratas como si fuera un objeto sin valor. Me haces sentir rota. —Nadie va a cuidarte como yo —responde él sin dudar. Aria se separa despacio. Da un paso atrás. Respira hondo, obligándose a recuperar el control. —Noah sigue siendo parte de mí —dice—. Aunque no quieras aceptarlo. —Él no importa —afirma Matthew—. Tu pasado no importa. Borra ese nombre de tu vida. Solo tú y yo somos lo importante. Nos pertenecemos mutuamente. Aria levanta la mirada. —No puedes pedirme que borre a Noah ahora que despertó solo porque te estorba. Matthew sonríe, pero no hay humor en ese gesto. —Puedo hacer muchas cosas —dice—. Y tú lo sabes. Aria se gira sin responder. Se pone la ropa con movimientos rápidos. Toma su bolsa y camina hacia la salida. —Si cruzas esa puerta —advierte Matt—, no habrá vuelta atrás. Ella se detiene. Gira el rostro apenas. —Lo sé. Respira hondo y dice, con la voz firme pese a todo: —Pero Noah sigue siendo mi esposo. No puedo abandonarlo.
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