Aria no duerme.
Cierra los ojos, pero su mente no se apaga. El silencio del hotel no le ofrece descanso. Es como si la obligara a escuchar cada pensamiento que durante el viaje de regreso a Texas se obligó acallar.
—No tener las pastillas conmigo, no va a matarte —se dice—. Ya sobreviviste cosas peores.
Permanece inmóvil, mirando la oscuridad tras los párpados.
No está segura de que eso siga siendo verdad.
Las pastillas no eran solo medicina. Eran una promesa de estabilidad. Un pacto con su propia mente. Y ahora no las tenía consigo.
El teléfono está sobre la mesa. Boca arriba. Desafiante.
No vibra.
Eso es lo que la inquieta.
Matt nunca guarda silencio cuando pierde el control. Si algo se le escapa de las manos, insiste. Llama. Escribe. Presiona. Siempre tiene algo que decir.
Y ahora estaba callado.
—Ahora decides guardar silencio —murmura.
El teléfono vibra.
Aria se incorpora de inmediato.
No es él.
Número desconocido.
Frunce el ceño. Lo abre.
¿Es la esposa del señor Weston?
La pregunta le aprieta el pecho antes incluso de entenderla.
No responde.
Segundo mensaje.
Le escribo del hospital Saint Mary. Formo parte del equipo médico que atiende al señor Noah Weston.
El nombre le atraviesa el estómago.
Noah.
Otro mensaje.
El señor Weston ha estado preguntando por usted.
Aria traga saliva.
¿Cómo consiguieron su número personal?
¿Quién lo dio?
¿Quién decidió que ahora sí podía ser localizada?
Escribe.
¿Desde cuándo está consciente?
La respuesta tarda lo suficiente para que su mente empiece a anticipar escenarios.
Desde hace varios días. Le responden.
Aria deja el teléfono sobre el lavabo del baño y se cubre el rostro con las manos.
—Varios días… —susurra—. Y yo cantando en los escenarios.
Recuerda el estadio. Las luces. Las voces gritando su nombre.
Y se imagina a Noah despertando solo.
El teléfono vibra otra vez.
Se le informó que usted no estaba disponible. ¿Vendrá?
—No estaba disponible —piensa con ironía amarga.
Como si Noah fuera algo irrelevante. El había sido su mundo.
El celular vibra de nuevo. Finalmente.
Matt.
Le ha enviado un mensaje.
REGRESA.
No hay explicación. No hay pregunta.
Aquello es una orden.
Aria sonríe sin humor.
—No.
Se cambia rápido. Movimientos automáticos. Peluca. Lentes oscuros. Ropa sencilla. No quiere que nadie reconozca en ella a Aria Langford. Hoy no. Hoy no es la estrella internacional. Hoy no es la mujer que firmó un contrato con el hombre mas poderoso y peligroso de la industria musical.
Hoy es otra cosa.
En el hospital, el aire huele a memoria.
Porque no es solo un olor es la sensación de haber oído de su pasado. El eco de lo que fue. El lugar donde todo cambió hace diez años.
En el mostrador, no duda.
—Caroline McAllister —dice.
El nombre suena extraño en su propia boca después de tanto tiempo viviendo bajo otro. Después de haberse cambiado la identidad.
—Soy la esposa de Noah Weston.
La recepcionista la observa apenas un segundo más.
—Ha estado preguntado por usted —dice—. No encontrábamos cómo contactarla.
Aquello le parece extraño. ¿Entonces quien le escribió?
Pero no hizo preguntas.
Sabía que no era él momento.
Camina por el pasillo.
Diez años.
Diez años que ella vivió despierta… y él no.
Diez años en los que dejó de llamarse Caroline.
Frente a la puerta, duda.
Su mano se queda suspendida en el aire.
—Entra —se dice—. Deja de huir.
Empuja.
Noah está despierto.
No parece un hombre frágil. Ni débil. No hay confusión en sus ojos.
La mira.
La observa de arriba abajo.
Entiende que está usando un disfraz.
Y entonces Aria ve las preguntas reflejarse en sus pupilas. Entiende la distancia que los separa. No solo son esos diez años.
Hasta que finalmente él solo dice:
—Hola, Caroline.
La forma en que pronuncia su nombre la desarma más que cualquier reproche.
—Hola —responde.
—Pensé que no ibas a venir.
No suena dolido.
Suena como si estuviera evaluando su reacción.
—Apenas me enteré ayer de que estabas despierto.
Noah inclina levemente la cabeza.
—¿Apenas ayer? —pregunta—. Interesante.
Ella sostiene la mirada.
—Pregunté por ti —dice él—. Varias veces.
—Lo sé.
Silencio.
No es un silencio incómodo. Es uno que pesa.
—Desperté descubriendo que han pasado diez años —comenzó Noah—. Y lo primero que escuché fue que nadie sabía dónde estabas metida.
Aria siente un estremecimiento antes de que la pregunta llegue.
—¿Dónde estabas?
Se le queda mirando.
—No sabía que estabas consciente —dice Aria a la defensiva.
Y se da cuenta de inmediato que nunca se había puesto así con él.
Noah la observa. No enojado. No herido.
Sigue evaluándola.
Intentando entender qué pasó en los últimos años.
—¿Qué pasó, Caroline?
Esa pregunta la deja quieta.
Porque sabe que no se refiere solo al disfraz que esta usando.
Frente a ella está el hombre que arriesgó su vida por ella. El hombre que terminó en coma por protegerla.
—Lo siento. Debí haber estado cuando despertaste. Lo siento, Noah —admite al fin sin querer entrar en detalles.
Él no responde.
No la consuela.
No la libera.
—¿Te cambiaste el nombre? —pregunta.
—Uso uno artístico ahora.
Noah sostiene su mirada.
—Me refería al apellido.
Silencio.
—¿Sigues siendo mi esposa? —pregunta de pronto.
Aria siente el aire atorarse en su garganta.
—Legalmente… sí.
—No me refería solo a los papeles.
Ella traga saliva.
—No quiero tu lástima, Caroline —dice Noah—. Ni tu culpa.
El celular vibra en su bolsillo.
Ella no lo mira.
—Solo dime algo claro —continúa él—. ¿Viniste porque quisiste… o por obligación?
La pregunta no es agresiva.
Es directa.
—Vine porque no iba a permitir que creyeras que te abandoné.
Noah la mira, esta vez directo a los ojos sin permitirla que lo evada.
—¿Aún me amas?
La pregunta cae sin rodeos.
Sin suavidad.
Ella da un paso más cerca.
—No pienso dejarte solo.
Noah la interrumpe.
—Eso no responde si todavía me amas.
Silencio de nuevo.
El aire se vuelve pesado entre ambos.
—No puedo responder eso ahora —dice ella.
—Entonces sé honesta y di que no sabes —responde él—. Pero no me des una respuesta bonita.
Eso la atraviesa.
Porque Noah nunca fue un hombre de adornos. Una parte de ella no podía negar que lo extrañaba.
—Diez años son suficientes para cambiar a una persona —dice él—. No espero que me ames igual. Solo quiero saber si aún lo haces.
Aria abre la boca.
La cierra.
Porque no sabe que responder.
—Lo que siento por ti existía incluso cuando no estabas consciente —dice al fin—. Eso no se borra.
Noah la observa largo.
—¿Es eso igual que amar?
El celular vibra otra vez.
Ella lo ignora.
—¿Te vas a quedar? —pregunta él.
No suena suplicante.
Suena como alguien que merece una respuesta clara.
Aria duda.
—¿Quieres que lo haga?
—Para mí el tiempo se detuvo. Te amo, Caroline. —responde Noah.
Esa seguridad es un golpe directo.
No hay dudas en él.
No hay medias tintas.
Aria da un paso más.
Lo abraza.
Noah tarda un segundo.
Luego levanta los brazos.
Pero no la aprieta.
El teléfono vibra por tercera vez.
Aria finalmente lo saca.
Mensaje de Matt.
Vuelve ahora o él sabrá la verdad y no me refiero solo a lo nuestro o al contrato.
El mundo no solo se fragmenta.
Noah nota el cambio en su expresión.
—¿Qué pasa? —pregunta.