Capítulo — Flores con espinas Martín todavía tenía grabada en la piel la calidez de aquella noche. Esa cena en familia había sido distinta a cualquier otra. No por la comida ni por las risas, sino por algo que él había aprendido a valorar demasiado tarde: el tiempo juntos. Al llegar a casa de sus padres, los encontró esperándolo en el comedor. Benja dormía en la sala. Se acercó y lo besó en su cabecita. Ver a su hijo fue una bendición. La luz era cálida y, sobre la mesa, había dos tazas de café recién hecho. Carlos lo observaba con esa mirada serena que mezclaba curiosidad y prudencia, mientras Olivia, sentada frente a él, mantenía el gesto suave pero atento de quien ya intuye la respuesta. —¿Y? —preguntó Olivia, rompiendo el silencio—. ¿Cómo estuvo la noche? Martín se dejó caer en l

