Capítulo 4—Todavía no sé cómo voy a seguir
Clara se despertó con la cabeza pesada, los ojos hinchados y el cuerpo entero como si hubiera sido atropellado por un tren.
No supo si era lunes o si todavía seguía atrapada en la pesadilla de anoche.
Miró a su alrededor. El monoambiente donde estaba no tenía nada de aquella casa.
No tenía su aroma, ni sus cosas, ni sus recuerdos.
Solo un colchón de una plaza y media , un par de valijas abiertas y los juguetes que alcanzó a meter en la mochila de Martina antes de salir en plena madrugada.
Sus hijos dormían. Martina, encogida como un ovillo, con el peluche apretado contra el pecho. Benjamín también, con su chupete colgando a un costado de la boca y el puño cerrado sobre una media. Respiraban en paz.
Ella no.
Ella sentía que tenía fiebre.Creia que
no era fiebre real.
Era esa sensación densa, como si todo el cuerpo estuviera inflamado por dentro.
Como si el aire fuera más pesado .
Como si cada hueso doliera por separado.
Se sentó despacio al borde del colchón.
Las sienes le palpitaban.
Tenía náuseas desde anoche.
Un temblor constante en los brazos.
Una angustia que le subía desde el estómago y le oprimía el pecho.
Estaba quebrada literalmente.
Pensó en tomar algo, pero no había traído ni una pastilla.
Entonces recordó a Lucía su amiga desde la Universidad
Le escribió:
> “¿Podés pasar por la farmacia? Me duele mucho la cabeza. Estoy acá en el monoambiente me fui de casa. Si podés tráeme leche y algo para los niños,después te doy el dinero . Perdón que te moleste.Clara ”
Lucía tardó menos de veinte minutos.
Entró como una ráfaga, con el bolso cruzado y los ojos encharcados.
—¡Clara! —dijo al verla—. Ay, por favor, nena… ¿vos viste la cara que tenés?
Le puso la mano en la frente, le dejó los calmantes en la mesada, le preparó un té caliente. Le alcanzó una manta. La arropó,como si con eso pudiera coserle el alma.
—¿Estás segura de que no querés ir al médico? Estás pálida. Tenés que estar fuerte, Clara. ¡Ahora más que nunca!
Clara apenas si pudo responder. Solo asintió.
Tomó el vaso, tragó el medicamento y volvió a acurrucarse contra la pared.
—¿Comiste algo? ¿Te preparo arroz? ¿Tostadas? ¿Un mate?
—No… —susurró—. No tengo hambre.
—Tenés que comer algo, aunque sea un poco. ¡No podés dejarte caer! —insistió Lucía—. Y lo primero que tenés que hacer es hablar con un abogado. Clara, te lo digo con el corazón: ese tipo tiene que pagar.
No podés dejar que se salga con la suya. ¡Te cagó la vida! ¡Te dejó vacía! ¡Te mintió como un cobarde! Y encima… . ¡Eso no se puede perdonar!
Clara bajó la cabeza.
Sabía que todo eso era cierto.
Pero cada palabra se sentía como una piedra nueva sobre el pecho.
Lucía no paraba de hablar.
—Tenés que moverte ya. ¡Ya! Antes de que te saque más cosas. ¡Le dejaste la casa ,boluda! ¡Te metió los cuernos! ¿Y vos lo vas a dejar caminar tranquilo por la vida?
Clara levantó la mirada, molesta.
—Lucía, basta. Recién ayer me enteré de todo esto.
—¡Por eso! —insistió ella—. Porque está todo fresco, es ahora cuando tenés que accionar.
Después va a ser tarde. Te lo digo en serio. Yo conozco casos así. Vos esperás, esperás, y cuando querés darte cuenta, ya no tenés nada. Vos sabés cómo son los hombres así: fríos, calculadores.Martín encima… Martín es un manipulador de manual.
Clara cerró los ojos.
No podía procesar más.
El murmullo constante era como un zumbido insoportable.
No quería abogados.
No quería estrategias.
Quería respirar sin que le doliera.
—Gracias, Lu… pero no. No hoy.
Lucía no bajó la guardia.
—¿Y el divorcio? ¿Qué pensás hacer con eso? ¿Lo vas a dejar libre para que Julieta se lo lleve con moño incluido?
Clara se quedó helada.
Hasta ese momento, nadie había dicho esa palabra en voz alta.
Divorcio.
No porque no lo supiera. No porque no lo tuviera decidido.
Pero nombrarlo así, de golpe, le dolió como un puñal.
Lucía la miró fijo. Le tomó la mano.
—¿Querés que te recomiende un abogado? Conozco uno excelente. En serio. No se le escapa nada.
Clara negó con la cabeza.
—Gracias… pero no.
No estoy lista.
—No podés seguir frenándote, Clara. Este tipo te dejó en la nada. ¡Te sacó tu casa, tu paz, tu plata! ¿Qué más necesitás para darte cuenta de que te arruinó?
—Lo sé.
Solo que ahora no puedo pensar. Me duele todo. El cuerpo, la cabeza, el alma… todo.
Lucía respiró hondo.
Por fin entendió que no iba a sacar más nada ese día.
Se quedó en silencio.
Y Clara, en ese silencio, recordó lo peor.
Recordó todo de nuevo
Recordó el susurro de Martín esa tarde.
"Gracias por esta familia."
Todo mientras se iba con otra.
Mientras vaciaba la cuenta.
Mientras dejaba a sus hijos sin futuro.
Lucía le acarició el pelo.
—No te lo merecías, Clara. Nunca. Vos siempre estuviste ahí. Nunca saliste corriendo. Ni lo dejaste solo. Te hiciste cargo de todo . Y él… ¿qué hizo él? Nada. Nunca te apoyó con tu carrera ,te llevaba a cuentos para que no vayas a trabajar a la empresa. Nunca te cuidó como merecías.
Clara respiró hondo. La voz le tembló.
—No sé cómo voy a seguir, Lu…
—¿Pero sabés que vas a seguir?
Ella asintió.
Sí.
No sabía cómo.
Pero sí sabía que tenía que hacerlo.
Por sus hijos.
Por ella.
Por todo lo que aún no estaba roto del todo.
Lucía se quedó un rato más.
Le cebó mate.
Le preparó un arroz blanco y comida para los niños.
Le limpió un poco la cocina improvisada.
No volvió a hablar de abogados.
Y cuando se levantó para irse, la abrazó fuerte.
—Mañana me avisas que yo vengo .
Pero prometeme que no vas a dejar esto así. No lo merece.
Clara solo asintió.
Lucía fue hasta la puerta. Estaba por abrirla cuando se giró:
—Ah, otra cosa… ¿Qué vas a hacer con el dinero que te robó?
Clara levantó la vista, despacio.
—¿Qué dinero?
Lucía parpadeó.
—El… el que me dijiste ¿No? El que usó sin consultarte.
Me lo dijiste cuando llegué… ¿o no?
Clara entrecerró los ojos.
—Yo no hablé de eso.No.
—¿Cómo?
—Estoy segura de que me lo dijiste.
Lucía se quedó quieta. Trató de sonreír, de sacarlo con humor.
—Ay, no sé. Pensé que lo habías dicho. ¡Estoy tan nerviosa, Clara! Todo esto me tiene mal. Capaz lo imaginé. Vos sabés cómo soy…
Clara no dijo nada pero Lucía dijo algo más que ella ni siquiera sabía .
Pero algo se movió dentro suyo.
Una alerta..
Un vacío que se llenó con una duda.
Lucía cambió de tema de inmediato, se despidió y salió.
Clara se quedó sola. Sentada.
En silencio.
Y por primera vez desde que todo explotó, no solo pensó en Martín.
También pensó en Lucía.
Y en cómo sabía algo que nadie más sabía.