. Capítulo — La risa que cura El humo del parrillero dibujaba remolinos tibios sobre el patio y el olor a leña mezclado con grasa chorreando sobre las brasas devolvía a la casa una memoria de domingos felices. Olivia había dispuesto las ensaladas en fuentes brillantes, sin sal, pensadas para Clara; al costado, jarras de jugo de naranja y de frutilla. Carlos cebaba mate, serio y atento, pero con la mirada blanda de abuelo satisfecho. Mateo, de camisa vaquera azul como a él siempre le gusta vestirse con su gesto entero, gobernaba las pinzas como si fuesen riendas: levantaba el costillar, probaba el punto, daba órdenes cortas al fuego. —Esto pide paciencia —dijo, y el humo le dibujó una aureola de gaucho. Clara se quedó unos segundos en el umbral del patio, mirando la escena. La casa olía

