7—El dinero de mis hijos

1509 Words
Capítulo 7 – El dinero de mis hijos El sol entraba por la cortina del monoambiente, iluminando el polvo en suspensión y los pocos juguetes tirados por el suelo. Clara tenía la mirada fija en la pantalla del celular. No respondía mensajes a nadie. No leía nada ni las r************* . Bueno, sí, entró una vez y lo que vio le hizo hervir la sangre: habían escrachado a unos infieles en un concierto y quedaron expuestos mundialmente. Pensó en los hijos y las parejas de esos infieles. ¿Se sentirían como ella? No lo creía. Por lo menos a ellos no les robaron lo único que tenían para el futuro de sus hijos. Ahora solo miraba. Como si esperar una explicación pudiera hacer que apareciera sola en el vidrio. El día comenzó con una rutina tranquila. Hoy tocaba escuela. Martina debía seguir haciendo todo igual. Nada había cambiado en apariencia, pero Clara ya no era la misma. La rutina seguía como podía, ya que siempre estaban ellos tres solos. Desayunaron y la llevó a la escuela. Hoy salía a las 15 horas, así que se dedicaría a limpiar. Compró productos de limpieza que no le hicieran mal a Benja; no podía arriesgarse a un ataque de asma justo ahora. Aspiró todo, limpió paredes, corrió muebles, ventilaron todo juntos. Benja la miraba con esos ojitos tan iguales a los de Martín pero con un brillo que hacía tiempo no veía en los ojos de su padre. Por un rato se olvidó de todo. El ruido de la aspiradora lo hacía reír. No se asustaba con nada, su pichón. Dos horas más tarde, el monoambiente estaba impecable. Hizo una lista de lo que tenía que comprar para que no faltara nada. Solo le faltaba dinero. Se rió de su propia idiotez. —¿Cómo nunca revisé nada...? —murmuró con rabia—. Qué imbécil... la confianza ciega, me dije. Vio una caja con sus cosas de fotógrafa y las dejó sobre la mesada. Después vería qué podía usarse. Algo tenía que inventar para generar dinero. Aunque sus cámaras eran viejas, la pasión no. La fotografía siempre fue lo suyo. Casi al mediodía, cuando estaba cocinando para Benja, apareció Lucía con dos cafés de máquina y una bolsa con medialunas. —No sabés la fila que había —dijo con una sonrisa cómplice—. Te traje las que te gustan. Ella siempre conocía sus gustos, a veces más que ella misma. Clara se rió sin querer por ese pensamiento. —Gracias. —¿Pudiste dormir? —Un poco. —¿Soñaste con él? Silencio. —Lo imaginé entrando por la puerta. Diciendo que fue un error. Que me ama. Que nada fue como yo lo vi. Lucía se sentó a su lado. —No va a pasar, Clara. No va a volver. O sí. Pero no como antes. Ese tipo no te merece. Y si lo dejás entrar otra vez, va a hacerte peor. Un infiel siempre es infiel. —No sé qué hacer con todo esto. Lucía sacó el celular de su cartera, abrió una nota con anotaciones y le mostró algo. —Mirá. Estuve averiguando un poco. Clara levantó la vista. —¿Averiguando qué? —Todo lo que pude. Sobre él. Sobre la empresa. Y, Clara... Martín ya no tiene la empresa. Hace más de un año. La cerró, o se la vendió, o la perdió, no sé exactamente, pero el local anterior ya no está. Y el actual... bueno, ni figura. —¿Cómo sabés todo eso? —Conozco a alguien del rubro. Le pregunté por la dirección. Me dijo que ahí ya no hay actividad. Ni proveedores, ni reparto. Nada. Clara sintió que se le hundía el estómago. Yo me acuerdo haber ido a la empresa antes de enterarme del embarazo de Benjamín. Recordó cómo él le presentó a tres administrativos, cuatro camioneros y varios repartidores. Eran como veinte empleados. Y él le había dicho que ella se encargaría del marketing. Después vino el embarazo. Y no volvió a ir. Volvió en sí. —¿Y entonces... qué hizo con el dinero? —susurró. Lucía tragó saliva. Sabía que venía el momento. —Clara… también me dijeron que desde hace meses lo ven con una rubia. Muy parecida a vos. Que va a todas las reuniones. Que lo espera en el auto. Que entra a los lugares con él. Es su abogada. La misma que conoce a su familia. Julieta Medina, se llama. El silencio fue como un portazo en el pecho de Clara. —¿Con quién me casé...? —murmuró—. ¿Qué hizo con mi plata? Se levantó. Caminó hasta el ventanal. Se cruzó de brazos. Sintió un calor que le subía desde la nuca. —Ese dinero… era de mis padres. Era de la venta del tambo. Todo el esfuerzo de mis padres. La mitad era mía. Mi hermano se quedó con la otra parte. Pero esa plata... Martín lo sabía. Era para mis hijos. Para su futuro. Para la universidad. Para tener tranquilidad. —¿Cuánto era? —Mucho —dijo Clara—. Más de 100 mil dólares. Lo pusimos en esa cuenta para que generara intereses. Pero no se podía tocar sin acuerdo de los dos. Era lo que habíamos pactado. —¿Y lo vació? Clara asintió. —¿Te firmó algún documento donde diga que podía usarlo? ¿O te comentó algo alguna vez? —No. Nunca. Lucía se levantó como un resorte. —Entonces es un robo. Clara, eso se denuncia. Tenés que ir a la policía. No podés dejarlo pasar. —¿A la policía? ¿Denunciarlo? —¡Sí! No es una discusión conyugal. ¡No son solo cuernos! ¡Te vació la cuenta! Si fuera al revés, si vos hubieras agarrado esa plata sin decirle nada, ya te estaría haciendo juicio el desgraciado. Si te gastó tu dinero con esa tipa... ¡No tengas piedad! Clara dudó. —No quiero exponer a los chicos… —No vas a exponer a nadie. Vas a defenderte. Vas a sentar un precedente. Vas a mostrarle que no puede hacer lo que quiera con vos. Que no sos la estúpida sumisa que él pensó. Clara la miró con ojos vidriosos. —¿Y si lo hizo por desesperación? —¡No lo justifiques más! —le gritó Lucía—. ¡No lo defiendas! Te mintió. Te usó. Te robó. Te traicionó. Y encima tiene una abogada en plan amante que se parece a vos. ¡Por Dios, Clara! ¡Abrí los ojos! Clara se quedó helada. Pero en el fondo... ya lo sabía. No necesitaba más pruebas. Solo necesitaba reaccionar. Y su mejor amiga la ayudó a hacerlo. ¿Qué haría sin Lucía?, pensó con un nudo en el pecho. Siempre estuvo ahí. Sosteniéndola. Empujándola cuando ella no podía sola. Le debía más de lo que sabía. Y en ese instante, creyó que jamás podría dejar de agradecerle. Una hora después Estaba sentada frente a un escritorio en la comisaría. Del otro lado, una oficial escribía en la computadora mientras le hablaba con tono formal. —¿Usted desea dejar constancia de una irregularidad bancaria? —Sí. Es sobre una cuenta en común con mi esposo. Pero había dinero que me pertenece únicamente a mí. Era herencia familiar. Y fue utilizado sin mi conocimiento ni autorización. —¿Ese uso fue reciente? —No lo sé con precisión. Recién accedí a los movimientos. Pero sí, fue este año,creo. Montos grandes. Transferencias a terceros que no reconozco. La mujer asintió. —Para que podamos hacer algo, necesitamos presentar una denuncia formal. No alcanza con una exposición. Tiene que iniciar un proceso. ¿Desea hacerlo? Clara respiró hondo. —¿Aunque sea mi esposo? —Justamente. Si había un acuerdo previo de no utilizar los fondos sin consentimiento y eso se incumplió, usted puede denunciarlo. Lo recomendable también es hablar con un abogado. Clara bajó la vista. —¿Y si quiero… empezar ese proceso penal? —Puede hacerlo. Le tomamos la denuncia hoy y se la remiten al fiscal. Usted después se puede presentar con su letrado para aportar documentación. Clara asintió despacio. —Está bien. Quiero hacerlo. Y lo firmó. Con la mano temblando. Pero firme. Esa tarde Volvió al monoambiente con la copia del acta en la mano. No dijo una sola palabra,sentía una opresión en el pecho. Lucía se encargó de Martina y Benjamín. Ya la estaba esperando con la cena servida, los chicos ya bañados, el ambiente tibio y hasta un ramo de flores en la mesada. Lucia es la mejor amiga que puede tener...pensó Clara cuando llegó a su nuevo hogar —¿Lo hiciste,lo denunciaste ? Clara dejó el papel sobre la mesa. —Sí. Lucía sonrió. —Ahora sí, amiga. Esto recién empieza.Ese infiel ladrón deberá pagar lo que te hizo. Pero Clara no sonrió. Solo pensaba en lo que acababa de hacer. Había firmado el inicio de algo… y definitivamente en el fondo, el fin de todo.
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