Capítulo 6— Que se cocine su propia sopa

1336 Words
Capítulo 6 — Que se cocine su propia sopa (Punto de vista: Carlos) En la casa donde todo se había roto, el aire estaba cargado de silencio y resaca. Parecía mentira que el día anterior hubiesen festejado el cumpleaños de Martina. Ahora solo quedaban migas secas sobre la mesa, vasos de plástico aplastados y el olor dulzón de la torta mezclado con el agrio de las bebidas tibias. El alma de la casa también estaba desordenada. Martín no se había levantado. Seguía tirado en el sillón, con la cabeza entre las manos, la boca seca y el estómago revuelto por la mezcla de whisky y realidad. No había dormido. Apenas había cerrado los ojos. Y cuando los abría, la imagen de Clara alejándose con los chicos lo golpeaba con más fuerza que cualquier dolor físico. En la cocina, Carlos intentaba poner algo de orden. Olivia resoplaba mientras abría cajones y revisaba la mesada. Todo seguía exactamente como Clara lo había dejado al salir. No limpió, no guardó, ni siquiera cerró bien la heladera. —Esto no puede ser —murmuró ella mientras tiraba una bandeja con ensalada seca—. Clara no se fue así porque sí. Esto no es ella. Carlos, en silencio, cortaba zanahoria y puerro para la sopa. A su manera, estaba tan alterado como su esposa. Pero prefería procesarlo así: con las manos ocupadas y el corazón apretado. —Olivia —dijo, con voz grave—. No empieces. No ahora. —Carlos, esa chica no se fue de la casa por capricho. Se fue dejando todo tirado, la puerta entreabierta. ¡Eso no lo hace nadie si no está desbordada! —Lo sé. —¿ Sabés qué me preocupa?... Su presión. ¿Y si le vuelve a pasar lo mismo que cuando estaba embarazada de Benjamín? ¿Y si se descompensa sola con los chicos? ¡No es justo! Carlos dejó de cortar. El sonido del cuchillo se detuvo. Se limpió las manos con el repasador, caminó hasta el patio, sacó su celular del bolsillo y marcó el número de Clara. Tardó en atender. —¿Hola? Su voz era baja, parecía cansada pero viva. —Clara, soy Carlos —dijo él con tono suave—. Solo quería saber si estás bien… si los chicos están bien. Del otro lado, Clara se tomó unos segundos. —Estamos… Estamos juntos,eso es lo que importa ahora. Carlos cerró los ojos, aliviado. —¿Necesitás algo? Dinero, comida, ayuda con los nenes... —No, Carlos. De verdad pero gracias. Agradezco que me llames. —Cuidate, hija. Por favor y si necesitás algo, lo que sea, llamanos. —Lo sé. Gracias. Y cortó. Carlos volvió a entrar. —¿Y? —preguntó Olivia, girándose con el cucharón en la mano. —Dijo que están bien. —¿Eso dijo? ¿“Están bien”? —resopló ella—. Carlos, a esta familia se la llevó puesta una mina con tacos y un hijo con ego. ¿Y vos me decís “están bien”? Carlos la miró con esa mezcla de tristeza y sensatez que lo acompañaba desde chico. —Vamos a estar para ellos, Olivia. Para Clara y para los chicos. —¿Y para Martín? Carlos suspiró. —Que se cocine su propia sopa. Pero en la cocina, el hervidor seguía zumbando. Carlos removía la sopa en silencio. Olivia estaba sentada, con los codos sobre la mesa, mirando fijo la pared. El aire seguía denso. En esa casa ya no quedaba nada de lo que había sido una fiesta. Solo los restos de una familia rota. Entonces sonó el timbre. Carlos no se movió. Solo levantó la vista. Olivia apretó los labios como una trampa lista para cerrarse. Ya sabían quién era. Habían escuchado a su hijo, borracho y torpe, marcar ese número. Julieta. La hija de Pedro Medina. La misma que conocieron desde chica. La que había vuelto del exterior hacía un año. La que —según algunos — era “la mujer ideal” para su hijo. Y ahora, era la que había destruido su matrimonio. Carlos le hizo una seña a Olivia para que no saliera. —No hables, Olivia… shh. No todavía. Pero ella… ella ya la tenía entre ceja y ceja. Si esa mujer decía una palabra de más, no la iba a invitar amablemente a salir. Martín se levantó tambaleando. No estaba dormido, ni tampoco lúcido. La resaca le pesaba en la nuca. La esperanza absurda de que fuera Clara, con los chicos, lo empujó hasta la puerta. Pero no.No era Clara ... Era ella. Julieta Medina. Perfectamente arreglada, con labios rojos y un gesto fingido de preocupación. —¡Martín! Ay, por favor… te ves terrible. ¿Qué te pasó? ¿Por qué se fue tu esposa? ¿Por qué se llevó a los chicos? No puedo creerlo. Mirá, si querés hablar del divorcio… estoy acá para vos. Te puedo asesorar, organizar los papeles… Martín la miró. Se sostuvo del marco y explotó. —Te lo dije ayer, ¿no? ¡Te pasaste de la raya, Julieta! —¿Qué decís? —¡Todo esto lo armaste! ¡Vos le mandaste las fotos! ¿Querías que me viera contigo? ¿Quién te ayudó? ¡Decime quién te ayudó! —¡Martín, no…! Yo solo fui a la reunión para ayudarte… —¡Mentira! —le gritó, señalándola—. ¡No tenías que estar ahí! Vos me ayudabas con los papeles de la empresa, con el fraude del edificio… ¡y te aprovechaste! ¡Sabías que estaba desesperado! Desde la cocina, Carlos y Olivia se quedaron helados. Carlos se levantó para abrir, pero esta vez Olivia fue quien lo detuvo. Fraude. Empresa. Edificio. —Vos sabías que no me quedaba nada —seguía Martín—. ¡Que me habían cagado! ¡Y aun así te metiste igual! —¡Yo solo te quiero! —dijo Julieta, acercándose—. Siempre te quise. Desde antes. Desde que volví… —No me importa lo que sientas. No sos nada para mí. ¡Nada! Me hiciste perder a mi esposa. Me hiciste perder a mis hijos. ¡Y esto me lo vas a pagar! —Yo no hice nada. Vos solito le mentiste durante un año. ¡Vos vaciaste la cuenta! ¡Vos la perdiste! —¡Porque me metiste en una trampa! ¡Porque te usé como abogada! ¡Y vos lo usaste para manipularme! ¡Para destruir mi vida! —Ojalá Clara nunca vuelva con vos —le dijo ella, con rabia—. Porque yo me voy a encargar de que esa estúpida nunca más vuelva a tocar tu puerta. ¡Nunca! En ese instante, la puerta de la cocina se abrió de golpe. Carlos salió con los ojos clavados en su hijo. —¿Qué fraude? —dijo, con voz seca como cuchilla—. ¿Qué empresa perdiste, Martín? Martín se quedó mudo. Olivia, con los brazos cruzados, lo miraba como si ya no supiera quién era. Entonces avanzó, tomó a Julieta del brazo y la empujó hasta la puerta. —Julieta Medina —le dijo, con el rostro encendido de furia—. Siempre te tuve estima. Pero te juro que tu padre se va a enterar de todo esto. Si te queda un poco de vergüenza, contálo vos. Porque si lo hago yo, no va a ser suave. —¿Y su hijo? ¿Cree que es un santo? —Obvio que no. Ni santo, ni diablo. Mi hijo es un idiota y si pierde a su familia por esto, se lo merece. Pero vos… vos no sos más que una rompe hogares con título de abogada. Y eso, Julieta, también tiene consecuencias. Carlos le cerró la puerta en la cara. Luego tomó a Olivia por los hombros. Ambos se acercaron al sillón, donde su hijo seguía paralizado. Carlos lo miró como si ya no pudiera reconocerlo. —¿Qué estuviste haciendo todo este tiempo, Martín Saavedra?
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