—No lo haré. Haz lo que quieras con la compañía: véndela, dónala a la caridad si quieres, pero yo no voy a seguir soportando esto —afirmó Marcus, tirando las llaves sobre el escritorio de su padre. Se levantó y se dirigió a la puerta—. No soy un maldito muñeco que hace lo que se te pega la gana.
¡Marcus estaba furioso!
—No quiero que seas un muñeco, eres mi hijo —respondió Enrique con dureza—, pero necesito que veas más allá de tus propios pies. ¿Vas a huir? Cuando las cosas no salen como esperas, te vas y renuncias. Esa es la actitud de una persona mediocre. No mereces el apellido Larsson.
Marcus apretó el pomo de la puerta con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron tensos.
—Sal de mi oficina —continuó Enrique—. ¿Qué esperas? ¿Qué te ruegue que te quedes?
Marcó unos números en el teléfono.
—Sunny, cancela el contrato de Alexa Stone. Marcus ha decidido irse y ya no necesita un asistente —afirmó sin pestañear.
Los puños de Marcus se cerraron con tanta fuerza que los nudillos se volvieron blancos. Entonces, las palabras de Alexa resonaron en su cabeza:
Yo jamás renuncio…
La pequeña pelirroja se lo había dicho con una seguridad arrolladora. Si ella estaba dispuesta a soportarlo durante seis meses sin importar que Marcus le hiciera la vida de cuadritos, él tampoco iba a renunciar.
Marcus dejó escapar una maldición entre dientes, dio media vuelta, caminó de regreso hacia su padre y tomó las llaves.
—Yo jamás renuncio —afirmó con firmeza antes de salir dando un portazo.
…
—Y por último, como asistente personal debes manejar la agenda del joven Larsson. Cada cita, comida y cualquier evento que surja será tu responsabilidad. ¿Entendiste todo? —preguntó Sunny.
—Por supuesto —respondió Alexa con amabilidad, recibiendo un nuevo teléfono con toda la información necesaria.
No era agradable tener que pasar cada hora del día viendo el rostro de Marcus Larsson, pero el sueldo valía la pena. Alexa necesitaba el dinero.
Y por tercera vez, comprobó que pensar en Marcus era prácticamente invocarlo, porque apareció frente a ella y Sunny con su eterna cara insufrible. Parecía enojado.
La mujer mayor se acomodó los lentes.
—Joven Larsson, esta es su nueva oficina —informó, señalando una puerta.
Marcus no respondió. Tomó del brazo a Alexa y la arrastró dentro de la oficina sin decir una palabra. Cerró la puerta tras él.
Alexa lo miró estupefacta.
—¿Qué diablos te pasa ahora? —preguntó, liberando su brazo de su agarre.
En ese momento, vio los ojos de Marcus… y tragó grueso. El rostro del hombre reflejaba solo ira pura. Lentamente, se acercó a ella. Y aunque Alexa tenía un gran sentido de preservación, su orgullo fue más fuerte: no retrocedió ni un paso, ni bajó la mirada.
—Quiero dejar las cosas claras, Stone —exclamó Marcus—. Solo por los malditos caprichos de mi padre tengo que soportarte, pero realmente te odio.
Alexa apretó las manos en puños.
—Créeme que soportarte a ti también es desagradable para mí, y el sentimiento es mutuo.
Marcus levantó el mentón con desdén.
—Lo que pienses o sientas por mí no me interesa. Quiero aclararte que aquí solo eres una simple empleada que está bajo mi mando. No me importa si eres la protegida de mi padre. En este edificio, quieras o no, vas a respetar y obedecer mis órdenes, porque yo soy tu jefe.
Alexa sintió cómo las uñas se le clavaban en las palmas.
—Bien. Mientras esté en este edificio, haré lo que pidas siempre y cuando sea en el ámbito laboral y lo que esté estipulado en mi contrato. Soy tu asistente, no una sirvienta, y mucho menos tu esclava.
—Tienes la mala costumbre de contestar cuando no se te pide que hables —bufó Marcus—. Pero estoy de acuerdo: nuestro trato será única y exclusivamente laboral. Así que vas a dejar de tutearme, porque no somos amigos. Y si eres un poco lista, no querrás tenerme realmente como enemigo, porque haré de tu vida un infierno los siguientes seis meses.
Alexa estudió a Marcus de pies a cabeza.
¿Qué diablos le pasaba a este tipo?
¿Tenía un maldito palo clavado en el culo o qué?
—Ejerceré bien mi trabajo como su asistente —respondió con firmeza—. Y no porque le tema a usted o a sus amenazas, sino porque el señor Larsson depositó su confianza en mí. Yo no voy a defraudarlo.
Marcus frunció el ceño.
—Parece que te importa mucho lo que mi padre piense de ti —dijo entre dientes.
—Por supuesto que me importa —contestó Alexa sin dudar—. Y si me disculpa… me retiro, joven Larsson.
Masculló las últimas palabras antes de salir de la oficina.
—No he dicho que podías retirarte —musitó Marcus—. Tráeme un café, y esta vez sin sal, Stone —ordenó.
Marcus vio salir a Alexa y apretó la mandíbula, maldiciéndose a sí mismo por no poder apartar la mirada del trasero de esa enana.
¡Maldición! Tenía que odiar a Alexa. Por su culpa iba a dejar la comodidad de su departamento de soltero y tendría que trabajar desde el jodido segundo piso.
Maldita pelirroja… iba a ser como una piedra en su zapato los siguientes seis meses. Soportarla en la oficina sería fácil, pero tenerla bajo el mismo techo sería un maldito dolor de cabeza.
¿Por qué demonios había tenido que entrar a ese estúpido baño y verla semidesnuda?
Esa imagen seguía regresando a su cabeza y sabía que iba a tener problemas.
Pero debía odiarla, se repitió.
No importaba qué tan sexy fuera su cuerpo o cuán deseables fueran sus labios.
No iba a caer en la tentación.
…
Alexa suspiró y contó hasta diez al salir de la oficina. Llegó a la misma conclusión por trillonésima vez:
Marcus Larsson era un idiota.
Pero estaba bien. Si así quería que fueran las cosas…
¡Dios, dame paciencia!, pidió internamente.
La necesitaría. Y mucho. Conociéndose a sí misma, dudaba tener suficiente para soportar a Marcus.
Caminó hacia la zona que Sunny le había indicado para conseguir el café.
—¿Alexa? —escuchó una voz conocida.
—¡Tomas! —Alexa sonrió al ver al chico pelinegro.
—Me alegré muchísimo cuando Tina me dijo que sí conseguiste el trabajo —dijo él, mostrando una radiante sonrisa—. Aunque no estemos en la misma área, es bueno tenerte aquí.
—Realmente te agradezco por ayudarme con esto, Tomas. Necesitaba el trabajo —confesó.
Tomas sonrió.
—No tienes que agradecerme, Alexa. Para eso estamos los amigos. Aunque no seamos muy cercanos por… ya sabes, porque no le caigo bien a tu hermano —hizo una mueca.
Alexa rió.
—No le hagas caso. Ian es un gruñón por naturaleza, pero en el fondo es muy dulce y adorable.
—Eso dice Tina también, pero yo lo dudo. La última vez que estuvimos en el mismo sitio me miraba como si quisiera matarme —Tomas hizo un puchero dramático.
Alexa soltó una carcajada.
—Esa es su forma de ser. Después de pasar tiempo junto a él te acostumbras. Deberíamos reunirnos más seguido para que empiecen a llevarse bien. ¿Tal vez unos tragos o una maratón de películas?
Tomas la miró dudoso.
—Suena bien… pero si tu hermano me hace algo será tu culpa.
—Ian no es capaz de lastimar ni a una mosca, no te preocupes —aseguró Alexa con una sonrisa.
—Bien. ¿Lo discutimos en el almuerzo de hoy?
—Claro —respondió Alexa, aliviada de tener a Tomas allí.
—Nos vemos en recepción a la hora del almuerzo, entonces —dijo Tomas, despidiéndose.
Alexa volvió por su camino para llevar el café a Marcus, y pronto estuvo de regreso en su oficina.
—¿Fuiste a Colombia a comprar el café? —preguntó él, arqueando una ceja.
¡Qué imbécil! Solo había tardado unos minutos por su charla con Tomas, pero claro, para el señor me gusta el café tibio, había sido una jodida eternidad.
Alexa rodó los ojos y respiró hondo.
—Sí, hice un viaje directo a Colombia —respondió con sarcasmo.
—¿Viaje? —repitió Marcus, frunciendo una ceja.
—Idiota —susurró Alexa.
Marcus entrecerró los ojos.
—¿Cómo me llamaste?
—Yo no he dicho nada —respondió Alexa con inocencia—. Con su permiso, me retiro, joven Larsson.
Y sin esperar respuesta, salió del lugar. Cabe recalcar que lo hizo sin reverencia alguna.
El resto de la mañana fue relativamente tranquilo para Alexa. Para su sorpresa, Marcus no estaba siendo un imbécil… al menos no por el momento. Estuvo ocupado todo el tiempo y solo la llamó cuando realmente necesitaba algo importante.
El trabajo de Alexa también fue bien: organizó la agenda de la semana, atendió llamadas y se mantuvo al pendiente del teléfono.
A la hora del almuerzo, Tomas la estaba esperando en el living, como prometió. A su lado había un hombre alto, de piel morena, y bastante guapo a decir verdad. Tomas se despidió del hombre apenas la vio.
—Alexa, ¿qué quieres almorzar? —preguntó el castaño, rodeándole los hombros con el brazo una vez fuera del edificio.
—Lo que sea estará bien. Aunque no conozco esta área —respondió Alexa.