17. Un beso bajo la tormenta de mi alma

3046 Words
Aveline Cerré la puerta con cuidado, apoyando la espalda contra ella mientras sentía mi corazón desbocado. El eco de sus pasos aún resonaba en el pasillo, y el aire que había dejado atrás seguía oliendo a vino y madera. No podía pensar en otra cosa más que en él... en Caspian. Su nombre era una oración y una condena. Mis manos temblaban todavía, recordando el instante en que sus dedos rozaron los míos al despedirnos, la tibieza de su piel, la profundidad de su mirada… Y ese beso en la mejilla, el que le di con el alma temblando. Me dejé caer sobre la cama, sin poder contener una sonrisa tonta. “Dios… me voy a volver loca pensando en él.” Murmuré, cubriéndome el rostro con las manos. Podía ver cada detalle de la noche: las velas, su risa, su voz baja contándome sobre sus viajes, y esos momentos en que nuestros labios… se quedaron tan cerca. Apenas un suspiro. Un movimiento más y lo hubiera besado. ¿Y si él también lo quiso? ¿Y si contuvo su deseo, igual que yo? Cerré los ojos, recordando la forma en que me miró bajo la luz de la luna. Esa mirada no era de un príncipe. Era de un hombre. Un hombre que me deseaba. Y eso me asustaba tanto como me enloquecía. —No, no, Aveline, no puedes… —susurré para mí misma, incorporándome—. No puedes dejar que tu corazón se pierda así. Pero mis pensamientos eran traidores. Cuanto más trataba de ignorarlo, más lo veía, más lo sentía. El calor de su voz, la suavidad de su risa, la manera en que me escuchaba como si todo lo que dijera fuera importante. Me levanté y comencé a caminar de un lado a otro de la habitación, nerviosa, ansiosa. “¿Qué quiere realmente de mí?”, me pregunté. “¿Por qué me mira así, como si yo fuera… diferente?” Sabía que las doncellas vendrían pronto a ayudarme a cambiar el vestido y soltar mi cabello, pero mi mente estaba tan lejos del presente que apenas notaba el tiempo pasar. Hasta que las puertas se abrieron. Me giré con una sonrisa distraída, creyendo que era Lily o alguna de las otras muchachas. Pero mi cuerpo se heló al instante. No era ninguna de ellas. Era la Reina. La Reina Viuda. Su sola presencia llenaba la habitación... alta, majestuosa, con el rostro sereno, pero en sus ojos brillaba una dureza que me hizo temblar. De inmediato bajé la cabeza y me incliné, el miedo apretándome el pecho. —Su... majestad… —logré decir con la voz trémula. —Cierren las puertas. —ordenó con tono gélido. Las guardias obedecieron, y el sonido del cerrojo me hizo estremecer. —Así que tu eres Aveline… —dijo mi nombre como si fuera algo que ensuciara su lengua—. Así te llamas, ¿cierto? —Sí... su majestad. —respondí apenas en un hilo de voz. Sus pasos eran lentos, elegantes, como los de una pantera. Se acercó lo suficiente para que su perfume, una mezcla de jazmín y poder, me envolviera. —Veo por qué cautivaste a mi hijo —dijo con una sonrisa helada—. Eres bonita, lo admito. Pero escucha con atención, campesina. Tragué saliva, sin atreverme a levantar la mirada. —Reconoce tu lugar —continuó con voz baja, pero cargada de veneno—. No eres adecuada para él. No te sientas superior solo porque mi hijo te dedica una mirada o una palabra. Eres una distracción pasajera, y nada más. —Su majestad, yo… —intenté hablar, pero su mirada me atravesó como una espada. —Silencio. —dijo seca—. No te atrevas a replicarme. El aire se volvió pesado. Podía sentir mi corazón golpeando en mis oídos. —Caspian es el heredero al trono —prosiguió con la voz firme, cruel—. Su destino es unir reinos, no revolcarse con una muchacha de campo. Así que escucha bien, y escúchame solo una vez: será mejor que lo rechaces. Tanto, que pierda el interés, que ni siquiera quiera volver a verte. —Yo no busco dañarlo, su majestad… —susurré, las lágrimas subiendo a mis ojos. Ella soltó una risa seca. —Oh, claro. Las de tu tipo nunca “buscan” nada. Solo se dejan querer hasta que ya es tarde. Pero yo no permitiré que una sucia campesina arruine el futuro de mi hijo. Sus palabras eran cuchillos. —Si no lo haces, si no te apartas, me temo que tendré que tomar medidas más drásticas. ¿Me has entendido? No pude hablar. Solo asentí, con la garganta cerrada. —Bien. —su voz sonó triunfante, helada—. Mi hijo está destinado a grandes cosas. Y tú, Aveline… eres solo una sombra que pronto se desvanecerá. Se volvió hacia la puerta, pero antes de marcharse, se detuvo. —Y un consejo. —dijo sin mirarme—. No confundas amabilidad con amor zorra. Los hombres de mi sangre saben usar las palabras como armas. Y con eso, salió, dejando un silencio que dolía. El aire parecía más frío, más oscuro. Me quedé allí, de pie, con las lágrimas cayendo sin control. “Campesina sucia.” “Maldita oportunista.” “Zorra.” Sus palabras resonaban en mi cabeza una y otra vez. Y dolían. Dolían como si cada sílaba se clavara en mi pecho. —Yo… no pedí estar aquí —murmuré, ahogada entre sollozos—. Yo no quise nada de esto… Me dejé caer en el suelo, abrazando mis rodillas. Mi cuerpo temblaba. Nunca me había sentido tan humillada, tan pequeña. ¿De verdad era tan malo amar a alguien como él? ¿Tan prohibido sentir lo que siento? Las lágrimas seguían cayendo cuando escuché pasos afuera. La puerta se abrió y entraron las doncellas. Sus rostros se llenaron de sorpresa al verme así, pero no preguntaron. Solo se acercaron con cuidado. —Mi lady… ¿está bien? —preguntó Lily con voz suave. Negué con la cabeza, sin poder hablar. —Venga, déjenos ayudarla a cambiar —dijo otra, con delicadeza. No resistí. No tenía fuerzas. Dejé que me quitaran el vestido, que soltaran mi cabello, que me prepararan para dormir. No escuchaba nada. Solo el eco de esa voz fría repitiéndome que no era suficiente. Cuando por fin me dejaron sola, me tumbé en la cama. El techo del cuarto se movía con la luz temblorosa de las velas, y mis lágrimas manchaban la almohada. Lloré por mí. Por Caspian. Por mi familia. Por todo lo que había perdido y por lo que nunca tendría. Quise gritar, pero el sonido murió en mi garganta. Quise dormir, pero cada vez que cerraba los ojos, veía su rostro. Su sonrisa,sus hermosos ojos. El hombre que me hacía sentir viva, ahora era la razón de mi dolor. Pero aun así… entre tanto llanto, entre tanto vacío, una parte de mí se sentía en casa. No podía explicarlo. Era como si, pese a todo, el destino me hubiese traído hasta él por una razón. Aunque me doliera. Aunque el mundo entero me odiara. —Caspian… —susurré en la oscuridad—. ¿Por qué siento que, aunque me rompan, seguiría eligiéndote? El silencio fue mi única respuesta. Y en ese silencio, me quedé dormida. Con el corazón hecho trizas, y con la certeza de que nada volvería a ser igual. No dormí. La noche se volvió interminable, cada palabra de la reina resonaba una y otra vez en mi mente como un eco que me ahogaba. Cada vez que cerraba los ojos veía su mirada fría, su porte altivo, y esa voz… esa voz que me dijo todo lo que no quería escuchar, todo lo que temía desde el primer momento en que supe que Caspian era el príncipe heredero. Lloré, hasta que ya no supe si mis lágrimas eran de tristeza, de impotencia o de miedo. El amanecer me encontró sentada al borde de la cama, con el cabello desordenado y los ojos hinchados. No tenía fuerzas para moverme, ni deseos de enfrentar otro día en este lugar que no sentía mío. Las doncellas entraron temprano, con su amabilidad de costumbre, trajeron agua caliente, esencias florales, toallas suaves. —Mi lady, el baño está listo, le ayudará a relajarse —dijo una de ellas con una sonrisa tenue. Asentí sin decir palabra, me levanté con lentitud, cada paso se sentía pesado, como si arrastrara todo el peso de la noche en los hombros. El agua me envolvió con su calor y por un momento pensé que quizá podría lavar de mí todo lo que sentía, pero no… el agua solo me recordaba la fragilidad de mi cuerpo, y la impotencia de mi alma. Cuando terminé, las doncellas me ayudaron a vestirme con un vestido sencillo, azul claro, casi del color del cielo. Trajeron el desayuno, pero apenas pude probar bocado. Un poco de pan, una fruta, nada más. Todo me sabía amargo, incluso lo dulce. El resto de la mañana pasó entre silencios, las horas se arrastraban sin sentido, y yo seguía mirando por la ventana hacia los jardines donde solíamos pasear. El almuerzo llegó y con él, Lily. —Mi lady —dijo con voz suave—, el príncipe desea dar un paseo con usted más tarde, me pidió que le avisara y que fuera con ropa cómoda. La miré unos segundos, tratando de procesar lo que me decía. Caspian… él quería verme, después de todo. Pero el recuerdo de su madre volvió a mí como una daga en el pecho. —No tengo ganas, Lily —susurré al fin—, dile que estoy indispuesta, que no podré ir. Ella bajó la cabeza. —Así lo haré, mi lady —respondió con tristeza. Comí un poco, solo porque insistió, pero el alimento no me traía consuelo. Regresé a la cama, me acurruqué entre las sábanas y, sin poder contenerme, empecé a llorar otra vez. Lloré por mí, por Caspian, por mi familia, por todo lo que me estaba pasando sin haberlo pedido. Con todo lo que lloré, podría haber formado un río, uno que arrastrará todas mis penas hasta el mar. No sé cuántas horas pasaron, pero la tarde se volvió gris, y la habitación se llenó de una penumbra melancólica. El silencio era absoluto, hasta que la puerta se abrió. —Aveline —una voz profunda rompió el aire, esa voz que conocía tan bien—, ¿qué te sucede? Me quedé quieta, con la espalda hacia él, sin poder moverme. —Lily me dijo que estabas descompuesta, vine enseguida. Mi corazón dio un salto, lo sentí acercarse, y mi cuerpo tembló sin poder evitarlo. No quería que me viera así, con los ojos hinchados, la piel pálida, el alma rota. —Sí… me siento mal —alcancé a decir, pero mi voz sonó débil, quebrada, como si se deshiciera en el aire. Sentí su presencia más cerca, tan cerca que podía oler su perfume, una mezcla de madera y aire fresco. Sus manos se posaron con suavidad en mis hombros y me giró hacia él. —Mírame —pidió en un susurro. Lo hice, aunque me dolía. Y su expresión cambió de inmediato, sus ojos se abrieron con una tristeza que me partió el alma. —O dioses, Aveline, ¿qué te sucede? Ayer estabas tan bien. —Nada —mentí—, solo… estoy un poco deprimida, eso es todo. Pasa, a veces, con las mujeres. Él frunció el ceño, negó con la cabeza. —No me mientas, si fuera eso, lo sabría. Tengo una hermana, y la he visto así con cambios de humor, pero tú… esto es distinto. Tragué saliva, bajé la mirada, mis manos temblaban. —No todas somos iguales, Caspian, hay quienes… no tienen la vida resuelta, quienes sienten que no pertenecen, ¿sabes? Tú no tienes que preocuparte por nada, eres libre. Yo, en cambio… —¿Libre? —me interrumpió—. ¿Cómo puedes pensar eso? Tú también eres libre, Aveline, puedes hacer lo que desees. “Lo que quiero se me está prohibido”, pensé, pero no lo dije. Él me miraba con esa mezcla de ternura y desesperación que solo él podía tener. Su mano rozó mi mejilla, despacio, como si temiera romperme. Su piel estaba tibia, y el roce fue tan suave que sentí que mi corazón se detenía por un segundo. —Eres hermosa... —susurró. Mi aliento se quedó atrapado en el pecho, mi piel ardió. Su rostro se acercó, milímetro a milímetro, hasta que pude sentir su respiración rozando la mía, cálida, dulce, temblorosa. Mis ojos se cerraron sin querer, y entonces ocurrió lo que jamas crei que pasaria. Sus labios tocaron los míos, despacio, con una delicadeza que me desarmó por completo. Era como si el mundo entero se detuviera para dejarnos respirar el uno al otro. El beso se volvió más profundo, más necesitado. No era solo un roce, era una confesión, un grito contenido, un “te necesito” sin palabras. Mis manos temblorosas se aferraron a su camisa, sentí su pecho fuerte, el ritmo acelerado de su corazón contra el mío. Él me rodeó la cintura con suavidad, como si temiera que desapareciera, y sin darme cuenta mis lágrimas empezaron a caer, pero ya no de tristeza, sino de algo nuevo, algo que no podía explicar. El beso se rompió apenas un instante, y nuestros ojos se encontraron. No hizo falta decir nada. En sus pupilas vi todo lo que su voz no podía pronunciar: la confusión, el deseo, el miedo, el amor. Y antes de que pudiera pensar, volvió a besarme. Esta vez con más intensidad, con más alma, con más de todo. Sentí mis piernas flaquear, el mundo girar, mi mente perderse. Era como si la razón me abandonara y solo quedara él, su boca, su respiración, su cuerpo tan cerca del mío. El peso de su presencia me envolvía, y sin querer terminé cayendo de espaldas sobre la cama, él me siguió, sosteniéndose con cuidado, sin romper el beso. Podía sentirlo temblar, podía sentir su lucha interior entre la razón y lo que su corazón gritaba. Yo también la sentía. Su mano subió por mi brazo hasta rozar mi cuello, su pulgar acarició mi piel con una ternura desesperada. Y yo… yo solo podía pensar que si esto era un pecado, era el más hermoso de todos. Mis labios se abrieron buscando aire, pero en lugar de eso encontré de nuevo los suyos. El beso se volvió una danza, una locura contenida. Cuando sus dedos se deslizaron apenas por mi brazo, el calor recorrió todo mi cuerpo, y un temblor me sacudió el alma. Era tanto lo que sentía que tuve miedo, miedo de lo que ese amor podría hacer conmigo, miedo de perderme en él para siempre. En medio de esa tormenta de emociones, un pequeño gemido escapó de mis labios, involuntario, suave, y él se separó un poco, sonriendo con ternura, sus mejillas encendidas, su respiración agitada. —Eres… increíble —dijo entre risas nerviosas—, y aunque me gusté tenerte así, tan cerca, tan dispuesta a mí... aún no puedo seguir más adelante que esto. Su voz sonaba sincera, dolida, contenida. —Perdón si te hice sentir incómoda, no era mi intención, Aveline. Pero antes de que pudiera terminar, lo callé. Lo abracé con fuerza, hundiendo mi rostro en su cuello, y susurré: —No me incomodé… me gustó, Caspian. Yo también lo deseaba. Me separé apenas para mirarlo y, sin pensarlo, le di otro beso, corto, tierno, pero lleno de significado. —Y tienes razón —añadí, con la voz temblorosa—, aún no estoy lista para más. Él sonrió, y en su mirada vi algo que me hizo sentir a salvo, una promesa muda de respeto, de paciencia. Se recostó a mi lado, sin dejar de mirarme, y con el dorso de su mano acarició mi cabello. El silencio que siguió fue tan profundo que podía escuchar el sonido de nuestras respiraciones mezcladas. Yo cerré los ojos, intentando memorizar cada detalle, su olor, su voz, la calidez de su cercanía. —No volveré a dejarte sola —murmuró al fin—, no importa quién se oponga, ni lo que digan, te lo juro. —No digas eso —susurré, conteniendo el llanto—, tu madre me odia, y con razón. No soy nadie, Caspian, tú mereces algo más. —¿Más? —repitió él con una sonrisa triste—, no existe “más”, Aveline, porque no hay nadie como tú. Quise creerle. Quise hacerlo con todo mi ser, pero el miedo seguía allí, oculto en algún rincón de mi alma, recordándome las palabras de la reina. Y aun así, cuando su mano se entrelazó con la mía, algo dentro de mí se encendió, una llama pequeña, pero firme. Quizá el amor, si era verdadero, podía ser más fuerte que todo. Pasaron algunos minutos, o tal vez horas, no lo sé. El tiempo dejó de tener sentido. Cuando él se levantó, me miró una última vez con esa mezcla de dulzura y deseo que me dejaba sin aire. —Descansa —me dijo—, y si necesitas algo, cualquier cosa, solo mándame a llamar. Asentí, incapaz de decir palabra, solo lo seguí con la mirada hasta que cerró la puerta. Cuando me quedé sola, todo lo vivido me golpeó de golpe. Toqué mis labios, aún ardían, mi corazón seguía latiendo tan rápido que dolía. Y aunque estaba completamente confundida, sentí algo nuevo, algo que me devolvía el aliento que la reina me había robado. Caspian me amaba, o al menos eso creía, y yo… ya no podía negarlo, lo amaba también, sin remedio. —Dioses —murmuré, con una mezcla de risa y llanto—, me voy a volver loca pensando en él. El atardecer entraba por la ventana, tiñendo la habitación de un color dorado. Por primera vez en mucho tiempo, sonreí. Y mientras el cielo se teñía de rojo, juré en silencio que no dejaría que nadie me arrebatara lo que empezaba a sentir.
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