A nuestro regreso llegamos al lugar que rente solo para nosotros, nuestra “cita”, estaba un kiosko adornado con lirios blancos y rosa, velas blancas aromáticas iluminaban el lugar, una mesa para dos, una botella de champagne fría y la vista que daba a lo lejos el hermoso lago con esas olas calmadas. La tome de la mano y la guie hasta su silla para retirarla y hacer que tomara asiento. Admiraba el lugar, el aire fresco estaba a nuestro favor junto con la luna llena y cielo despejado. — ¿Celebramos algo? —pregunto extrañada, no sabía el por qué exactamente la había traído hasta acá. —Si —serví la copa de champagne y brindamos antes de comenzar. —Espero te guste la velada —dije aunque por dentro moría por decirle todo de prisa. —No es mi cumpleaños pero gracias —juega conmigo. Los meseros

