—Sr. Ricci su esposa —gesticulo a duras penas mi secretaria, siempre con esa mirada voraz que me come para lo cual ya tengo reemplazo. — ¡Ya le dije que no necesita anunciarla! —respondí con enfado. —Hola —su dulce voz se escuchó y lleno mis oídos. Me puse en pie con rapidez y me lance a abrazarla con efusión. —Muñeca hermosa —le dije al oído y la solté temía lastimarla, sonrió otra vez y se acercó lentamente para besarme… era nuevo o más bien no nos habíamos acostumbrado a tratarnos de esa manera. —No interrumpo —sonrió con dulzura. —No—conteste con suavidad. —Angelo te envía estos documentos —mostro la carpeta y la tome colocándola a un lado. — ¿No los revisaras? —me miro sorprendida. —No por ahora —voltee a verla y sonreí, ya me moría por ver su sonrisa encantadora. — ¿Viniste

