Rayra lo observó en la ventana, él llevaba puesta una sunga y estaba tenso. Ella se detuvo detrás de él. —Soy yo. —Lo sé... —¿Qué hacía ella con el látigo, Rudá? —No voy a contar sobre eso, no sobre eso. —¿Por qué? —Simplemente no puedo hablar sobre eso, especialmente contigo. Ella besó su espalda. Vio que él gemía. —Rayra. —Te amo. —Yo también, princesa. —Quédate como estás. —¿Qué vas a hacer? —Tocarte... —Rayra... —Sé los límites, Rudá. Él soltó su mano. Rayra pasó la lengua por su espalda, se arrodilló, bajó su sunga, pasó la lengua por la letra R que él tenía en su muslo. Lo escuchó gemir. Rudá masajeó su pene. —Rayra. —Aún no, espera. —Extraño estar dentro de ti, atrapado, como tú sabes hacerme sentir. Tenían que hacer la prueba de fertilidad, pero ella iba a

