Amor en peligro

1299 Words
POV VALERIA Llevábamos ya mucho tiempo en la enfermería. La noche había caído hacía rato. Me pasé todo el tiempo encogida delante del quirófano, incapaz de apartarme de allí. —Hola, pequeña —me saludó Daniel mientras se acercaba—. ¿Cómo estás? —Bien —respondí en un susurro, acariciándome el cabello. —Llevas aquí sentada desde el mediodía —comentó, notándolo al fin. Me encogí de hombros. —Ethan lleva horas ahí —murmuré, señalando la puerta cerrada del quirófano. —Vamos... deberías irte a casa. Estás débil y muy inestable, Valeria —dijo mientras se ponía en cuclillas frente a mí. Sus ojos reflejaban preocupación. Me entregó una botella de agua. —Estoy esperando a Ethan —susurré de nuevo, tomando un trago de agua que sabía a poco, pero calmó mi garganta seca. —¿Estás segura? Ni siquiera tu padre podría convencerte de salir de aquí, ¿verdad? —preguntó con cierta resignación. —No... yo... me quedo aquí —afirmé con voz temblorosa. Daniel suspiró, asintió con suavidad y volvió a dejarme sola. Sus pasos se alejaron lentamente, pero yo no aparté la mirada de la puerta. Finalmente, el cansancio me venció y me quedé dormida en aquella incómoda posición. * —¿Valeria? —una voz femenina me despertó de golpe—. Hola, Valeria... Sobresaltada, abrí los ojos rápidamente. Era una doctora del pabellón, alguien que conocía desde hacía mucho tiempo. Al reconocerla, mi pecho se calmó un poco. —¿Sí? —respondí con rapidez, intentando parecer más despierta de lo que realmente estaba. —Hemos terminado. Ethan ya está en una habitación —me sonrió con amabilidad. Me levanté de inmediato, casi sin pensar. —¿Cómo está? —pregunté, la ansiedad aún marcando mis palabras. —Todavía duerme, pero está bien. Un suspiro de alivio escapó de mis labios. La doctora me acompañó hasta la habitación. Abrí la puerta con cuidado y entré lentamente. Mis ojos se fijaron en Ethan al instante. Estaba tumbado en la cama, su rostro había recuperado el color. Me acerqué y me senté a su lado, tomando su mano con delicadeza. —Gracias, Ethan... —susurré mientras acariciaba su mano—. Gracias... por sobrevivir. El alivio llenó mi pecho, apaciguando la tormenta que había sentido durante todo el día. Lágrimas silenciosas comenzaron a rodar por mis mejillas mientras miraba a Ethan, dormido, respirando. Un rato después, me levanté con cuidado. Era medianoche y, aunque no quería separarme de él, sabía que necesitaba descansar. Decidí regresar a casa. * Mi piso estaba en completo silencio, demasiado. Encendí todas las luces al entrar, como si eso pudiera ahuyentar el peso de las emociones que llevaba conmigo. Me quité la chaqueta y, casi automáticamente, encendí la chimenea. El calor comenzó a llenar el espacio, pero mi pecho aún se sentía frío. Subí a darme una ducha. Dejé que el agua tibia se llevara un poco del cansancio acumulado. Luego, me lavé los dientes y me puse el pijama. Bajé de nuevo, con el cabello aún húmedo, y me dejé caer en el sofá. Encendí una serie cualquiera, sin prestarle mucha atención. Hoy tuve tanto miedo... demasiado miedo por Ethan. ¿Por qué? ¿Por qué me había sentido tan aterrorizada? Los recuerdos comenzaron a abrumarme. Primero los enemigos, después Ethan... todo había sido demasiado. Mi cuerpo y mi mente estaban agotados, y finalmente lo acepté. —Quiero dormir —murmuré para mí misma. Y, con ese pensamiento, me quedé dormida en el sofá, mientras el sonido de la chimenea me envolvía en su calor. * A la mañana siguiente Me despertó el sonido del móvil. Con los ojos aún cerrados, alargué la mano para cogerlo y lo acerqué a mi oído. —¿Diga? —murmuré con voz adormilada. —Buenos días, cariño —la voz de papá sonó al otro lado—. Ethan está despierto. Me incorporé de inmediato, con el corazón acelerado. —¿De verdad? —pregunté, ya más alerta. —Sí, hace media hora que despertó —confirmó. —Voy a prepararme y voy para allá —respondí rápidamente antes de colgar. Salté de la cama y corrí al baño. Me vestí, me lavé los dientes y me peiné a toda prisa. Cuando estuve lista, cogí las llaves y salí de casa sin perder un segundo. Eran las 9:28 de la mañana. Me senté al volante y me concentré en la carretera mientras conducía. Mi mente iba a mil por hora, repasando lo sucedido el día anterior. Todo estaba pasando demasiado rápido. Cuando llegué a la enfermería, bajé del coche apresuradamente y entré al edificio. Daniel estaba allí y se acercó a recibirme. —¿Puedo verle? —pregunté con urgencia. Daniel asintió sin decir nada. No esperé más. Corrí por el pasillo mientras sentía cómo mi corazón latía con fuerza. Al llegar a la habitación, abrí la puerta lentamente. Ethan estaba sentado en la cama. Su rostro, aunque pálido, lucía una débil sonrisa. —Hola —dijo con voz suave. —Hola —susurré mientras me acercaba y me sentaba a su lado—. ¿Cómo estás? —Me siento mejor —respondió, asintiendo despacio. —Pensé que te estabas muriendo —le dije con una risa nerviosa mientras tomaba su mano. —No... aún no es hora —bromeó, esbozando una sonrisa. Reímos juntos por un instante, aunque mi alivio aún era demasiado fresco. —Ethan, nos has dado un buen susto —dije, apretando suavemente su mano. La puerta de la habitación se abrió de nuevo. Esta vez era papá quien entraba. Su expresión era seria. Tanto Ethan como yo nos volvimos hacia él. —Valeria, tengo que hablar contigo —dijo con firmeza. —Vale —respondí en voz baja, soltando la mano de Ethan antes de levantarme. Seguí a papá fuera de la habitación. El pasillo estaba desierto, lo cual era inusual. Papá parecía abatido, su postura transmitía cansancio y preocupación. Me apoyé ligeramente en la pared, esperando a que hablara. —¿Qué pasa? —le pregunté, observándolo con atención. —Cariño, esto se está volviendo demasiado peligroso —comenzó, con el peso de las palabras reflejado en su voz—. Tenemos demasiados enemigos. Todo se está intensificando rápidamente. —Lo sé, papá, pero ¿qué intentas decirme? —pregunté, sintiendo una punzada de ansiedad. —Lo he estado pensando mucho tiempo, pero confío en ti, Valeria. ¿Recuerdas mi escondite en Francia? —dijo, y su tono sugería que ya había tomado una decisión. Mi estómago se revolvió. Oh, no... —¿Te refieres al gran hotel que está cerrado al público? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta. —Exactamente. Sebastián está allí, esperando hasta que podamos reunirnos con ustedes —asintió, confirmando mis temores. —¿Quieres que nos escondamos allí por ahora? —le pregunté, aunque la respuesta era obvia. —¿Nosotros? No. Sólo tú y Ethan. Nosotros nos reuniremos con ustedes más tarde, cariño —dijo, intentando sonar tranquilizador. Suspiré con tristeza. Aunque entendía sus razones, la idea de separarme de él, incluso temporalmente, me llenaba de inquietud. Pero tenía que admitirlo: era una buena idea. —Tienes razón —murmuré, dejando caer mi espalda contra la pared. —Ethan ya lo sabe —añadió papá, rompiendo el silencio. Lo miré sorprendida. —¿Ya lo has hablado con Ethan? —pregunté, confundida. —Sí. Lo hablamos antes de que despertaras. Sin decir más, regresé a la habitación. Ethan me miró en cuanto crucé la puerta. Me acerqué y me senté lentamente a su lado. —Eso sería lo mejor, Valeria —dijo con una mirada tranquila, pero firme. Me quedé callada, mordiéndome el labio mientras intentaba procesar todo. Aunque doliera, sabía que tenía razón.
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