POV VALERIA
Ethan estaba completamente recuperado. Su padre también pensaba que sería lo mejor… Francia. Y, siendo honesta, estaba un poco asustada.
Estaba frente a mi cama, mirando la maleta con un poco de ansiedad y dudas. La observé con detenimiento, intentando recordar si lo había empacado todo.
—¿Valeria? —escuché de repente la voz de Ethan.
—Estoy aquí —respondí con rapidez.
Él apareció en la puerta de mi habitación, recargándose casualmente contra la pared.
—El vuelo está a punto de salir —anunció.
—¿Diego organizó un jet privado? —pregunté, irritada por lo absurdo que me parecía. Aunque admito que, en esta ocasión, era necesario.
Ethan sonrió con una pizca de diversión.
—Sí. ¿Todo bien? Pareces… desanimada.
—No pasa nada —mentí mientras cerraba la maleta.
—Oye, mírame —su voz se suavizó, llamando mi atención. Me giré hacia él.
—¿Qué? —repliqué, tratando de sonar más firme de lo que me sentía.
—Podemos con esto, ¿vale? Tú y yo contra Francia. Y vamos a ganar.
Mi corazón dio un vuelco.
Ethan tomó mi mano mientras decía esas palabras. Tragué saliva con fuerza; sentía un nudo en la garganta y mi pecho latía con tal intensidad que apenas podía pensar en qué responder.
Sin decir nada, lo abracé. Sus brazos me rodearon la cintura, y él apoyó su barbilla sobre mi cabeza. Cerré los ojos, buscando consuelo en su cercanía.
—Sabes… no quiero dejar Estados Unidos —confesé en voz baja. Aunque solo fueran unas semanas, tenía esta extraña sensación de inseguridad—. No me siento tranquila.
—Estoy contigo —respondió Ethan con calma—. Diego y Thomas llegarán más tarde, nos informarán sobre la situación. Todo estará bien. Te lo prometo.
—Eso espero.
Ethan se separó del abrazo y me sonrió con suavidad. Recogí mi maleta y juntos salimos de la habitación.
Abajo, Daniel ya nos estaba esperando. Nos saludó con un gesto de cabeza antes de ayudarnos a subir al coche que nos llevaría al aeropuerto.
*
El jet privado se veía majestuoso desde la distancia. En la pista de aterrizaje, papá hablaba con un viejo amigo que iba a pilotar el avión. Parecía relajado, como si esta fuera una simple rutina.
—Ya estás aquí —dijo con una sonrisa cuando bajamos del coche. Daniel se encargó de las maletas mientras yo me acercaba a papá.
Sin mediar palabra, me lancé a abrazarlo. Sentí cómo me acariciaba el cabello mientras yo luchaba por contener las lágrimas.
—Nos veremos pronto, hija mía —susurró con ternura.
Asentí sin poder responder de inmediato.
—Te quiero, papá —alcancé a decir en un murmullo.
—Y yo a ti.
Poco después, Ethan y yo subimos al avión. Me senté junto a la ventanilla, observando el mundo exterior con tristeza. Todo parecía tan distante, tan irreal. Ethan se levantó y, sin decir nada, se sentó a mi lado.
—Hola —dijo con voz baja, casi como un susurro.
—Hola —respondí, sin apartar la vista de la ventanilla.
—Volveremos pronto —me aseguró.
No respondí. En lugar de eso, apoyé la cabeza en su hombro. Cerré los ojos, y pronto el cansancio me venció.
*
Después de muchas, muchísimas horas, el avión finalmente aterrizó. Había dormido casi todo el vuelo, aunque todavía me sentía algo agotada. Ethan y yo bajamos del avión con nuestras maletas en mano.
—Esto es... muy diferente —comentó Ethan mientras observaba a su alrededor.
—Sí, es Francia —respondí con una pequeña sonrisa. —Tiene un ambiente más relajado, ¿no crees?
Un taxi llegó poco después, y subimos. Durante el trayecto, me dediqué a mirar por la ventana. La ciudad tenía su encanto, sin duda, pero era muy distinta a Los Ángeles. Las calles, la arquitectura, incluso el aire se sentía diferente.
—¿Dónde está exactamente el hotel? —pregunté, rompiendo el silencio.
—Creo que está por allí —respondió Ethan, señalando hacia una zona más céntrica.
—Eso parece.
El taxi se detuvo frente al hotel. Bajamos juntos, y ahí estaba Sebastian, esperándonos en la entrada.
Sebastian era un viejo amigo de mi padre, más o menos de la edad de Daniel. Aunque originalmente era italiano, había estado viviendo en Francia desde hacía algunos años.
—¡Valeria! —dijo con una sonrisa amplia mientras me abrazaba. — Cómo has crecido.
—Hola —respondí, sonriendo también.
—¿Cómo estás? ¿Y Diego? —preguntó mientras ayudaba con las maletas.
—Estoy bien, considerando las circunstancias. Diego… está trabajando —dije con un tono seco.
—Sí, estoy al tanto de su situación —asintió Sebastian. Luego dirigió su atención a Ethan, evaluándolo con curiosidad.
—¿Sebastian? Este es Ethan, él es… mi… marido —murmuré, sintiéndome un poco torpe al decirlo.
—Hola —dijo Sebastian con amabilidad, estrechando la mano de Ethan.
—Hola —respondió Ethan, aunque noté cierta suspicacia en su mirada.
—He visto las fotos de tu boda. Diego me envió algunas aquí —comentó Sebastian mientras nos conducía hacia el interior del hotel.
El vestíbulo era impresionante. Amplio, moderno y bellamente iluminado. Miré a mi alrededor, notando el silencio que lo envolvía.
—¿No hay otros visitantes aquí? —pregunté, extrañada.
—No. Este hotel está reservado exclusivamente para la mafia —respondió Sebastian con naturalidad. Asentí, aunque sentí un escalofrío recorrerme.
Ethan, por otro lado, parecía molesto. Cuando Sebastian fue a buscar la llave de nuestra habitación, aproveché para girarme hacia Ethan y agarrarle del brazo.
—¿Qué ocurre? —le pregunté en voz baja.
—No confío en este Sebastian —murmuró con seriedad. —La forma en que te mira… le voy a partir la cara.
—¡Por Dios, Ethan! ¡Es tan viejo como Daniel! Treinta y pocos años —protesté, intentando calmarlo.
—¿Y eso qué importa? Eso no lo detendrá —espetó Ethan, avanzando hacia Sebastian con pasos firmes.
Suspiré, frustrada, mientras Sebastian regresaba con la llave en mano y nos guiaba por el pasillo.
—¿Dónde está nuestra habitación? —pregunté para desviar la tensión.
—Es la última, en el piso de arriba.
Al entrar, quedé impresionada. La habitación estaba elegantemente decorada, con muebles modernos y un balcón que ofrecía una vista espectacular de Paris.
—Vaya… —musité, dejando la maleta a un lado.
—¿Te gusta? —preguntó Sebastian, dejando la llave sobre la mesa.
—Es preciosa —respondí con una sonrisa sincera.
—Sí, preciosa —murmuró Ethan, evidentemente sarcástico.
—Bueno, los dejo solos por ahora. Si necesitan algo, estaré abajo —dijo Sebastian antes de retirarse.
Recorrí la habitación, maravillada por cada detalle. Incluso el baño era increíble, con una ducha tipo lluvia que me hizo sonreír.
—Se está muy bien aquí —comenté, dirigiéndome a Ethan.
—Tienes razón —admitió él, aunque su expresión seguía tensa.