Capítulo 15 - Encuentros Inesperados

1224 Words
Al llegar la noche, no pude contener mi emoción y le conté a mi mamá cada detalle de mi primer día. Hablé sin parar, describiendo cómo casi todos quedaron asombrados con mi voz. Estaba tan feliz que incluso le mencioné que la señorita Lucre se ofreció a ser mi representante. —Claro que le dije que tenía un representante, pero omití mencionar que era Richard. Quizás habría pensado más de lo que debería si le hubiera dado su nombre... Así que, mejor así. Mi mamá, lavando los trastes, me escuchaba con una sonrisa. Estaba igual de emocionada por mí. —Se nota que estás feliz, hija. Pero lo que te preguntó no me parece correcto. Es imprudente de su parte, apenas te conoce... —dijo, frunciendo el ceño. —Lo sé. Necesito hablar con Richard y contarle cómo me fue. Me había dicho que regresaríamos juntos, pero me vine antes. Mi mamá levantó una ceja, su expresión cambiando a una mezcla de preocupación y curiosidad. —Gail, recuerda lo que hablamos. Ten cuidado y no seas tan ingenua. No te pases de los límites. Ignoré su advertencia, mi mente aún atrapada en lo que mis compañeros habían comentado sobre mi falta de teléfono. —Mamá, necesito un teléfono urgentemente. Ella suspiró. —Lo sé, pero pronto lo tendrás. Ya verás. Subí a mi habitación y, sentada cerca de la ventana, hojeé un libro de Paulo Coelho que mi madre había tomado prestado de mi tía. Tenía un deseo inmenso de ver a Richard, de contarle cómo había sido mi día. Pero, por un largo rato, me quedé ahí, perdida en mis pensamientos, hasta que mi mamá apareció. —Gail, prepárate. Es hora de dormir. Tienes que despegarte de la ventana. «¿A dónde habrá ido...? ¿Y si le pasó algo? Ay Dios... Mejor dejo de pensar. ¿Estará con alguien? Al fin y al cabo, está soltero, nada lo detiene... ¡Okay, okay, basta, Gail!» Me acosté, pero el sueño no llegaba. Mi mente divagaba, llena de imágenes e ilusiones infantiles sobre lo que podría suceder. Mirando el techo, reflexioné sobre mis sentimientos por Richard. ¿Debería decírselo? Sería muy estúpido, apenas estábamos conociéndonos como amigos. Además, la diferencia de edad de dieciséis años me atormentaba. Mi mamá siempre decía que era un gran obstáculo, pero para mí no era tanto. Lo que realmente importaba era cómo me hacía sentir. «Richard Anderson... ¿Qué tipo de relación tiene con la coach? ¿Habrá sido un romance fallido? No quiero quedarme con esa idea. Por otro lado... ¿Podría gustarle a Richard? Lo dudo. Aunque sea tan caballeroso y encantador, creo que solo es así por su personalidad, y yo estoy ilusionándome como una tonta». Quería verlo, pero no lo vi pasar a su anexo. ¿Y si lo hizo y no me di cuenta? Era poco probable. «Me pregunto si... ¿habrá pensado en mí después de que le dijeron que me fui con la coach?». Cuando amaneció, desperté un poco tarde. Mi clase sería en la tarde, y deseaba que alguien tocara la puerta, que fuera él. Mi madre me había advertido que tuviera cuidado, pero incluso si él me hiciera daño, nada podría compararse con todo lo que había hecho por mí. Nadie había sido tan amable. Estoy loca, tal vez. Pero no podía dejar de pensar en él. Involuntariamente, su imagen aparecía en mi mente. Antes ponía excusas, pero ahora sabía que me gustaba Richard Anderson. —Mamá, ¿por casualidad viste si Richard ya salió? Quiero saber si me iría sola o con él... —Era una excusa tonta, pero en parte era verdad. —No, no lo he visto, Gail —me miró con una de esas miradas acusadoras—. Sería mejor que te vayas sola. —Supongo que no tengo más opción... —respondí con un suspiro. Ella se fue a trabajar y Melina a su clase. Yo me quedé sola, limpiando la casa mientras escuchaba música a un volumen más alto de lo normal. Con mi camisón fresco y un short, me sentía completamente libre. Sin nadie en casa, podía limpiar y cantar a gusto. —Oh, I wanna dance with somebody. I wanna feel the heat with somebody. Yeah, I wanna dance with somebody, with somebody who loves me... Me asomé por la puerta para asegurarme de que no hubiera nadie y salir con la poca ropa que llevaba puesta. No quería perder tiempo cambiándome. Al ver que no había ni una mosca, salí a botar la basura y luego fui a la parte trasera, a la batea, para recoger algunas cosas que mamá había lavado, como paños de cocina y del baño. En mi completa soledad, fui dando pasitos de baile mientras cantaba, disfrutando de la libertad y la falta de miedos. Esos momentos eran los que más valoraba en la vida. Una vez que terminé de recoger las cosas, me quedé helada. No sé de dónde apareció, pero Richard Anderson estaba viéndome, riéndose descaradamente. No dije nada. Me volví una estatua. —Uno, dos, tres... —comenzó a contar, apuntándome con el dedo. —¿Qué haces? —pregunté, titubeante. Olvidé cómo respirar en ese instante. —Cuatro y cinco. Contaba cómo te conviertes en la tierna manzana. Abrí la boca, indignada. Pero al recordar cómo estaba vestida, solo salí corriendo. —¡Gail, espera...! —¡Borra de tu memoria todo lo que viste! —exclamé, entrando a la casa. Solté un suspiro y me tapé la cara. «¡Por qué tiene que verme en estas fachas! Me quiero morir... Quiero teletransportarme a la luna». Di unos pataleos y me cambié rápidamente de ropa, tomé agua y volví a salir para ver si aún estaba afuera. —Aquí estoy —dijo de repente, haciéndome sobresaltar. —¿Cómo es que nunca te veo? Por favor, olvida lo que viste, bórralo de tu cerebro —le dije casi en ruegos, sin atreverme a mirarlo a la cara. —Si te hace sentir bien, está bien. Fingiré demencia —respondió, riéndose. Qué molesto era... —Cómo te burlas... —le lancé una mirada entrecerrada. —Es que eres un show, lo siento. «Te salvas solo porque esa sonrisa me fascina». Sin darme cuenta, también me estaba riendo. —Okay, okay. Ya basta de risas. ¿Qué hacías que no te vi? —Estaba poniendo unos zapatos de aquel lado para que se sequen, los había lavado —me hizo un guiño. —Ajá. Después de la explicación, caminamos hasta los anexos y nos quedamos hablando sobre el día anterior. —¿Entonces sí te avisó que me había ido con la señorita Lucre? Asintió. —Y ¿ella te hizo muchas preguntas? ¿Se ofreció como tu representante? —¿Cómo lo sabes...? —le pregunté, sorprendida. —Ella y yo somos cercanos. «Oh, dice lo mismo que ella. Sin duda tuvieron algún tipo de relación». Resoplé, disgustada por la respuesta. —Qué gracioso, ella también dijo eso. Richard sonrió y bajó la mirada. —Pero era antes. Ahora solo somos compañeros de trabajo. ¿Le dijiste que soy tu representante, verdad? —me miró fijamente, y mi mente se centró en lo que había dicho. Esa situación me molestaba y no podía evitar sentir celos. ¿Celos? No estoy segura.
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