—Sí, claro que le dije que tenía a mi representante —respondí, sintiéndome un poco marchita al ver cómo cambiaba de tema. Richard iba a decir algo, pero lo interrumpí—. Bueno, debo ir a terminar algo que dejé... Nos vemos después.
—Pero, Gail... —solo escuché su voz mientras me apresuraba a entrar en casa.
Era como si alguien hubiera herido mis expectativas, aunque solo un poco. La frustración y la molestia hacia Richard me acompañaron mientras pasaba las horas en casa, esperando para ir a la academia. Si venía para irnos juntos o no, ya no me importaba.
«Sí, Gail, claro que te da igual... ¡Te mueres si no viene!» Mi subconsciente se burlaba de mí, y tenía razón.
Cuando llegó el momento de arreglarme, ya estaba más que lista. Tomé mi mochila y salí. Abrí la puerta y solté un suspiro al no verlo ahí.
—¿Qué esperabas...? —murmuré entre dientes.
Resignada, caminé hacia la salida.
—¡Hey, Gail! —escuché su voz detrás de mí—. ¡Espérame!
Me detuve, viéndolo acercarse algo alterado.
—¿Te ibas a ir sin tu mánager? Eso es inaceptable, señorita.
—No sabía que debíamos irnos juntos todos los días. El mánager también tiene sus ocupaciones, ¿no? —le respondí, tratando de ocultar mi malestar.
Me lanzó una mirada seria, como si supiera que estaba molesta. Así que solo sonreí falsamente y me subí al auto. El trayecto transcurrió en silencio, con solo la música de la radio de fondo. Empecé a tararear, intentando romper la tensión.
—¿Tuviste algún problema con tu familia? —preguntó de repente.
Volteé a mirarlo con desaprobación. —No.
—¿Entonces es algún problema con la academia? ¿No querías venir?
—No.
Asintió y noté que algo en su comportamiento me resultaba extraño.
—Estás raro —le dije.
—No, creo que el problema lo tienes tú conmigo.
Me reí, dándome cuenta de que ya estábamos cerca. Así que decidí cambiar de tema.
—¿Cuánto cuesta un teléfono bueno, de gama media y no tan caro? Me hace falta uno. La clase pasada me lo pidieron y pasé mucha vergüenza delante de esa tal Verónika... No me agrada para nada.
Richard guardó silencio, y vi que parecía molesto por mi comentario.
«Aquí la molesta soy yo, que deje su show».
Apenas se estacionó, salí sin esperar a que me abriera la puerta.
—Bien, nos vemos más tarde. Me voy a la clase —dije, caminando como si nada.
—¡Ahora soy un paranoico! —exclamó dramático, haciéndome reír a pesar de mí misma.
Entré directo a nuestro salón. Dentro había unas diez personas. Aún no había socializado con nadie, excepto con dos: una chica y un chico. No recordaba sus nombres, pero sí sus caras. La chica llevaba mechas moradas y el chico usaba gafas redondas al estilo de Harry Potter. Se veían muy cool, aunque ellos se conocieron ese primer día.
Fui directamente a sentarme y me asusté cuando alguien gritó mi nombre.
—¡Llegaste, Gail!
Al voltear, vi a un chico moreno que había estado en la clase anterior con Verónika.
—Hola —saludé con pocas ganas.
—¿Gail, para qué vienes a clases cuando tienes una súper voz? Deberías dar clases, más bien —dijo, riéndose con sus amigos.
No sabía si lo decía en tono de burla o en tono amigable.
—Porque nadie nace aprendido. Gail tiene una excelente voz, pero le falta aprender muchas cosas que la harán una profesional, ¿cierto? —dijo la señorita Lucre, sonriendo con apoyo.
Asentí agradecida, y ella se sentó mientras decía que esperaríamos unos minutos por los demás.
La siguiente en llegar fue Verónika, quien solo saludó a la coach y a su grupo de amigos, ignorando al resto hasta que llegó Vicent.
—¡Buenas tardes, chicos! Hola, señorita Lucre —saludó a todos con una encantadora sonrisa, luciendo muy amigable.
—Vicent es muy lindo, ¿no crees? —me susurró la chica de mechas moradas, cuyo nombre ahora recordaba: Merrie.
—Sí, lo es —respondí, tratando de sonar casual.
—¡Vicent! ¿Cómo estás? Estaba esperando a que llegaras para enseñarte algo —gritó Verónika, claramente buscando llamar la atención.
Merrie manipulaba su teléfono y me mostró una nota que decía: "Ya sabemos quién es la pesada de la clase". Nos reímos hasta que llegó nuestro otro compañero, el de las gafas de Harry Potter.
—¡Derain! —saludó Merrie primero.
—¡Hola, chicas!
Me levanté y lo saludé, no con la misma intensidad que Merrie, pero sí con más emoción por haberlos conocido.
Con todos los alumnos presentes, la coach comenzó la clase. Durante sus charlas y ejercicios, traté de ignorar a Verónika, aunque era difícil debido a sus constantes interrupciones y su deseo de llamar la atención de Vicent.
Merrie, siempre encantadora, nos sacó fotos a los tres. Me hacía sentir cómoda. Si seguíamos así, pronto seríamos grandes amigos.
—¡Hagan grupos de cuatro! Haremos una dinámica llamada "Sintonía de voz" —anunció la coach.
Explicó lo que debíamos hacer y fue muy divertido, aunque hubo un momento en el que la coach se ausentó y me sentí mal.
Todo comenzó cuando Verónika sacó su teléfono, presumiendo que había comprado el modelo más nuevo de iPhone.
—Chicos, reúnanse para sacar la foto y subirla a mi cuenta de i********: —dijo, con una sonrisa de suficiencia.
Así lo hicimos, pero luego empezaron a pedir más fotos y Verónika tuvo la brillante idea de crear un grupo de w******p para enviarlas. Fue entonces cuando me miró y dijo: "Uhh, cierto que no tienes teléfono. Ya te iba a decir que la pusieras en tu cuenta, sorry".
Entre risas, la mayoría también empezó a reírse. Me limité a sonreír con los labios cerrados, pero Merrie notó mi incomodidad y me dio una palmadita en el hombro.
Es increíble que, siendo jóvenes adultas, se comporten de esta manera. Verónika era tan cruel e infantil. Lo peor es que lograba molestarme.
—No te preocupes, Gail. Cuando saque mi primer álbum, que será dentro de uno o dos meses, prometo ayudar a todas las personas de bajos recursos que no tienen acceso a las nuevas tecnologías, incluyéndote. Así que no te desesperes —dijo Verónika, con una sonrisa arrogante.
¿Es en serio? ¿Se pondría así conmigo? Tiene veintitrés años, no quince... Se comporta de manera tan infantil. Me hacía sentir inferior y ridícula.
La tensión en el aire era palpable, y sabía que debía encontrar una forma de manejar esto. No podía dejar que Verónika me afectara así.
Con la determinación renovada, me preparé para enfrentar el resto de la clase. Tenía que concentrarme en lo que realmente importaba: mi música y mis sueños.