Introducción
—Creo que están olvidando de quién están hablando —espeto de mal humor por la conversación de las chicas. Paula y Fernanda comienzan a reír, ignorando por completo mi molestia. Bufo y me levanto justo cuando se escuchan toques en mi puerta. Ambas callan.
—Babe, ¿estás ahí? —pregunta papá del otro lado y las fulmino con la mirada cuando ambas se muerden los labios.
Camino hasta la puerta y la abro un poco para verlo.
—¡Hola, señor Matheus! —chillan las dos, moviendo sus rostros para asomarse por un lado. Termino abriendo la puerta completamente y mi padre nos mira a las tres.
—Hola, chicas, ¿cómo están? —pregunta con tono amable, curvando sus labios aún lado mientras se apoya del marco de mi puerta y cruza sus brazos. Casi puedo escuchar el jadeo sincronizado de las dos cuando el buzo manga largas que está usando, se adhiere bien a sus brazos al cruzarlos por enfrente de su pecho.
—Muy bien —responden al unísono y yo giro los ojos. Mi padre ríe al verme.
—¿Qué necesitas? —cuestiono, queriendo que ya se vaya para que mis amigas dejen de babear por él en mi cara.
Parece recordar algo serio, porque se endereza de inmediato, descruzando su brazo e imponiendo su metro noventa y cuatro, haciendo que las tres tengamos que alzar mucho la cabeza para poder verlo a los ojos.
—La camioneta del viejo Steven se dañó. Pasaré la noche arreglándola para que pueda buscar sus cosas a las cuatro de la mañana. Si necesitas algo, estaré en su casa, pero puedes llamarme y vendré, ¿de acuerdo? —pregunta y como si estuviera hablando con las chicas en vez de conmigo, las veo asentir como idiotas. Mi padre ríe y yo gruño ante el suspiro enamorado que sueltan las dos.
—De acuerdo, me quedaré solas. Las chicas ya se van —declaro y las dos me miran.
—¡Pero si acabamos de llegar! —se queja Paula como nena chiquita, como si hace un momento no estuviera diciendo las cosas que desea que le haga mi padre. Entrecierro los ojos en su dirección y parece recordar lo que decía, porque se sonroja de inmediato—. Bien, nos vamos —acepta y regresa a la cama para tomar su mochila. Fernanda la imita y las dos salen de mi habitación, levantando sus manos para despedirse de mi padre y de mí.
—Podías decirles para que te hicieran compañía en la noche. Yo no creo llegar antes de las cuatro, parece que se le han fundido varios cables —admite. Respiro hondo.
—Prefiero quedarme sola. ¿Puedo ordenar pizza? —pregunto, batiendo mis pestañas como sé que funciona con él y mi padre gira los ojos, pero saca la billetera de su bolsillo y me entrega un billete de veinte—. Gracias —lo acepto y salgo de mi habitación para darle un abrazo. Deja un beso en la cima de mi cabeza y luego me suelta, bajando las escaleras.
Me encierro de nuevo en mi habitación y busco mi celular cuando suena. Es un mensaje de Fernanda en el grupo que tenemos las tres:
19:48 horas: Llevo la tanga empapada.
Seguido de eso, manda un sticker de un fuego abanicándose.
Yo.
19:49 horas: Zorra.
Como si no hubiera escrito nada, Paula envía un montón de caritas riéndose y luego pone algo que me hace rabiar:
Pau.
19:51 horas: 100 dolares a que le como la polla antes de fin de mes.
Fer.
19:51 horas: Te daré 500 si consigues que él te coma el coño a ti antes de fin de mes.
Yo.
19:51 horas: Y yo les daré con una silla a cada una si siguen apostando sobre mi padre!!!
De nuevo me ignoran.
Pau.
19:52 horas: Hecho.
Voy a matarlas.
Decido silenciar el celular para no volver a hablar con ellas y gruño furiosa, lanzandolo lejos.
¿Cómo se les ocurre hacer semejante apuesta sobre mi padre? ¿Quiénes se creen? Él, jamás de los jamases se fijaría en ellas o dejaría que Paula le coma la polla. Es que, de solo pensarlo, de solo imaginarlos, la sangre se me vuelve lava.
Matheus jamás haría eso.
No compartimos sangre de por medio, pero es mi padre y jamás se metería con mis amigas. Jamás.