Cuando despierto estoy sola en mi cama. Anoche, después de eso, fingí tener sueño y bostecé, bajando mi pierna y dándome la vuelta para dormir. Fue horrible, porque su mano me arropó el estómago, pero cuidó no pegarse a mí y yo solo deseaba que lo hiciera.
Moría de ganas de que me restregaba su polla para seducirlo, frotandome contra ella hasta que lo volviera loco de deseo y bajara el short de mi pijama y me follara duro desde atrás.
Ni siquiera me hubiera importado si no me besaba, solo quería que me follara duro y me otorgara mi primer orgasmo no dado por mí.
Realmente no pido mucho, ¿cierto? Solo quiero que un hombre me dé un orgasmo.
Y quiero que ese hombre sea él, pero eso es culpa de las chicas, no mía.
No soy la enferma.
Al menos, no la única enferma.
Hoy es sábado, por lo que no tengo trabajo, cosa que agradezco. Me levanto más tarde y al llegar a la cocina, encuentro a Matheus de espalda, sin camisa, preparando algo en la estufa.
Su espalda es una maldita obra de arte, lo juro. Podría besarla toda la noche y no me quejaría.
—Hola —saludo, pasando por su lado para bucar la leche en el refrigerador.
—No de la jarra, Babe, coge un vaso —me riñe cuando llevo la jara directamente a mi boca. Giro los ojos, pero obedezco, sacando un vaso de vidrio de su lugar para servirme—. ¿Cómo dormiste? —pregunta al volver a guardar la leche en el refrigerador.
—Bien —miento. Fue una tortura dormir con él, espero que haya sido igual para él.
—Me alegra.
—¿Y tú? —pregunto, bebiendo de mi vaso cuando me mira.
—¿Yo qué?
—¿Cómo dormiste? —insisto. Sonríe, negando con la ceabeza.
—Estás volviéndome loco, Babe —admite. Río, pero enseguida me caliento.
—¿Por qué? ¿Qué hice? —me hago la desentendida.
—Tú sabes lo que haces, me estás haciendo todas esas preguntas de la nada, dices que tus amigas se imaginan que las cojo, es claro que lo que quieres es convencerme de que me coja a alguna de ellas. Y puedo apostar que es Paula —suelta. Parpadeo como idiota.
—¡No quiero que te cojas a mis amigas! —chillo fuera de mí y él me mira, apagando la estufa.
—Entonces, ¿qué quieres? —pregunta. Bufo.
—Créeme, papá, lo que quiero es muy lejos a lo que acabas de decir —aseguro, llamando papá para recordarme a mí misma que está mal lo que quiero.
—Dímelo. Sabes que puedes confiar en mí. Siempre te he respondido con la verdad y creo que me he mostrado como un amigo más que como un padre para ti, ¿no? —insiste. Suspiro hondo.
—Ya te lo dije anoche —musito, pero no le sostengo la mirada porque hoy no tengo con qué esconderme si me vuelve a hacer esa pregunta.
—¿Quieres que te vea como mujer? —cuestiona, dejando el sartén en la encimera para mirarme a la cara. Puedo sentir mis mejillas ardiendo.
—Es lo que soy, ¿no? —me defiendo.
—Sí, pero no es eso lo que quieres. No soy idiota, en algún momento tuve tu edad y también quería que las mujeres mayores me desearan. ¿Es lo que quieres? ¿Quieres que los hombres de mi edad te vean como una mujer? ¿Te deseen como una? —interroga. La respuesta sale sola de mis labios.
—Sí.
Coge aire con fuerza y empieza a servir los platos.
—Eres preciosa, Babe. Tienes un cuerpo hermoso y podrías enamorar a cualquier hombre con solo tu sonrisa —promete. Sonrío—. Si lo que quieres saber es si eres atractiva para los hombres de mi edad, claro que lo eres. Eres el tipo de chica que cualquier hombre de mi edad quisiera follarse —admite—, y por eso no quiero que estés con ellos. No quiero que seas vista solo como una follada más. No es lo que mereces. Deberías enamorarte de un chico de tu edad, vivir un romance con él y experimentar con él todas las cosas que te gustan.
Bufo fuerte, haciendo que me mire.
—Por favor, Matheus, los chicos de mi edad creen que coger es solo meter sus pollas y listo, pero no saben ni darme orgasmos. ¿Para qué vivir un romance con ellos si no saben hacerme jadear de verdad mientras me follan? —replico, abriendo mis brazos para enfatizar mi punto.
Matheus me mira parpadeando.
—¿Has tenido orgasmos? —suelta y eso me hace abrir los ojos de par en par—. Lo siento —dice, negando con su cabeza cuando procesa su pregunta, supongo. Suspiro hondo y tomo mi plato.
—Ninguno dado por otro hombre, solo por mí —admito bajito, pero no lo veo porque es vergonzoso reconocerlo en voz alta. Las chicas lo saben porque tampoco han tenido tantos orgasmos dados por chicos. La mayoría ni siquiera se preocupan en que ellas lleguen.
Conmigo nunca lo hacen.
—Babe, ¿por qué demonios dejas que te cojan entonces? —pregunta. Me adelanto, caminando delante suyo hasta el sofá. Los sábados son días de comer frente al TV, es regla.
—Una chica necesita tener sexo, papá —me defiendo, pero cuando llega al sofá a mi lado y enciende el TV, dejo caer el vaso de leche y se derrama en la alfombra.
Jugando con papá
—¡¿Qué mierda?! —chilla al ver que lo que aparece en la pantalla es un hombre haciéndole sexo anal a una chica que lo cabalga de frente a la pantalla.
Matheus cambia el canal de inmediato y yo comienzo a reír como loca sin poder evitarlo. Me mira confundido mientras me toca dejar el plato en la mesa ratonera para torcerse de la risa por lo que vi y porque él tiene la cara toda roja.
—¿Tú lo pusiste? —pregunta, eliminando mi risa de inmediato. Paso saliva—. Ante noche, ¿estabas viendo eso cuando llegué? —insiste. Me enderezo.
—Se puso solo —miento y él coge aire.
—Así que solo con tus dedos, ¿no? —pregunta, cambiando la conversación. Parpadeo a lo loco—. Voy a ayudarte. Voy a enseñarte cómo llegar con un hombre —promete, terminando de fundir mi cabeza por completo.
—¿Cómo? —musito.
—Debes saber lo que quieres que te hagan, Babe. Debes conocer cómo te gusta que te cojan. Toma tú las riendas si el idiota que te está follando no sabe hacerlo. Follalo tú y entonces podrás conseguir tu orgasmo cuando quieras —zanja.