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1648 Words
El Tiempo Corre El viaje de regreso a Silver Moon se llevó a cabo en un silencio espeso, cargado de pensamientos que nadie se atrevía a pronunciar. La certeza de que el destino de Ciara estaba sellado pesaba sobre cada uno de ellos. Aksel miraba por la ventana del auto, con el ceño fruncido, mientras Brady, sentado a su lado, mantenía los brazos cruzados, conteniendo su frustración. Pero era Ferris quien llevaba la carga más pesada. Sus ojos se perdían en la carretera mientras su mente vagaba a un pasado que pocos recordaban. Su hermano. El único nacido como lobo blanco en la familia, un milagro dentro de su linaje, un lobo bendecido por Selene. Cuando le confesó que su destinada era un hada poderosa, el clan casi colapsó. Un hada y un lobo… una unión que iba en contra de la tradición. Hubo rechazo, hubo ira, pero su hermano se mantuvo firme. La diosa lo había decidido. Y cuando nació Ciara, la esperanza regresó. Una hija mestiza, pero un lobo blanco como su padre. Un prodigio. Desde su nacimiento, los ancianos susurraban sobre su destino, sobre el poder que corría por su sangre. Y ahora, ese mismo destino la obligaba a una unión que podía destruirla. Ferris apretó los puños hasta que se pusieron blancos. Se sentía impotente. Como lobo, como alfa, como hermano. Sentía que había fallado a su hermano y compañera. Él prometió proteger a Ciara como si fuese su propia hija. Ferris O’Brien el alfa de la manada Silver Moon, un cambiaformas con el peso de más de un siglo y medio de liderazgo sobre sus hombros no podía faltar a su palabra. Tampoco su lobo, Axel, de un imponente pelaje gris, refleja la sabiduría y la fuerza de un alfa curtido por los años. Aunque físicamente aparenta unos cuarenta y cinco años, su verdadera edad rondaba los ciento cincuenta, un testimonio de la longevidad de los cambiaformas y de la resistencia que ha construido a lo largo del tiempo. Era un hombre de presencia imponente y mirada penetrante, pero no gobernaba con b********d, sino con estrategia y control. Su manada era su prioridad absoluta y había pasado décadas asegurándose de su estabilidad. Sin embargo, los tiempos habían cambiado. Los negocios que antes sostenían a Silver Moon han comenzado a tambalearse y aunque él es un alfa fuerte, no puede ignorar la presión que se cierne sobre ellos debido a la modernidad y la tecnología. Su esposa murió al dar a luz a Aksel, un golpe que marcó su vida y lo obligó a endurecerse aún más. Crió a su hijo con la esperanza de que algún día fuera un alfa digno, pero sin permitirle olvidar que la manada siempre iba primero y en eso no había cambiado. Cuando Ciara llegó a sus vidas, huérfana y vulnerable tras el ataque que acabó con sus padres, Ferris la acogió con la misma determinación con la que había guiado a Silver Moon. No porque la viera como una carga, sino porque entendía la importancia de su linaje y porque era la hija de su hermano menor y su sobrina. Su sangre. Pero ahora, su legado estaba en peligro. Si no lograba asegurar los negocios de la manada, no tendría más opción que unir Silver Moon con la manada Black River a través de un vínculo entre Ciara y su alfa. Y eso es lo último que deseaba. Black River era una manada más agresiva, menos dispuesta a trabajar con humanos, con una visión del mundo que no encajaba con la de Silver Moon y menos con su sobrina que adoraba su espacio y libertad. Si esa unión se llevaba a cabo, sabía que no sólo Ciara sería controlada también lo sería su gente y él mismo. Por eso, antes de rendirse a esa opción, su hijo Aksel había buscado una alternativa: Sage Duncan, un inversionista humano con poder y dinero en Nueva York, alguien que podría ayudar a Silver Moon a mantenerse independiente. Duncan no era un lobo, no era parte del mundo de los cambiaformas y eso lo convertía en una apuesta arriesgada… pero también en la mejor oportunidad que tenían. ¿De verdad no había otra salida? La conversación con Garret resonaba en su cabeza. “Si ese fuera el caso, ese lobo tendrá que reclamarla antes de la luna llena. Porque después de eso, será mía.” Sus manos se crisparon sobre sus muslos. El tiempo corría. Dos semanas. Dos semanas para encontrar una solución. Dos semanas para evitar que su sobrina fuera marcada por un alfa que no la veía como su igual, sino como un premio. Dos semanas antes de perderla para siempre. Lo que Ferris no esperaba era que el plan de su hijo para salvar a la manada se complicaría de una manera completamente distinta. Porque lo que debía ser una simple reunión de negocios, sin saberlo, se había convertido en algo mucho más profundo, mucho más instintivo. Y ahora, todo pendía de un hilo… incluyendo el destino de Ciara. La Llegada de Sage El jet privado aterrizó con suavidad en la pista del aeropuerto de Rochester, deslizándose con la eficiencia impecable que Sage exigía en todos los aspectos de su vida. Desde la ventanilla, observó como la ciudad se extendía bajo el cielo nublado, una mezcla de arquitectura histórica y modernidad discreta. El aeropuerto no era particularmente grande, pero tenía la elegancia funcional que caracterizaba a una ciudad con un pasado industrial sólido y una creciente modernización. La primavera apenas comenzaba a despertar en el norte y el paisaje reflejaba esa transición: los árboles aún mostraban ramas desnudas, pero con brotes verdes anunciando el cambio de estación. Al bajar del avión, el aire era fresco y cargado de humedad, con un leve aroma a tierra mojada y el lejano rastro de gasolina de los aviones en movimiento. Rochester no era Nueva York. No había un bullicio incesante, ni el ritmo caótico de la gran ciudad, pero había una calma estratégica en sus calles. Era el tipo de lugar que no llamaba la atención a simple vista, pero donde los negocios florecían en silencio, lejos del ojo público. Ford ya lo esperaba al pie de la escalinata, siempre impecable, con un teléfono en mano y una carpeta bajo el brazo. - El hotel está listo. - informó, con su eficiencia habitual - Suite presidencial, vista a la ciudad. Sage asintió sin detenerse. Algo en él estaba inquieto, aunque no podía precisar qué. Se subió al SUV n***o de vidrios polarizados que lo esperaba en la pista privada y mientras el chofer conducía hacia el hotel, dejó que su mirada se perdiera en la ciudad. Rochester tenía un aire sobrio, edificios de ladrillo rojo y calles amplias, donde el pasado se mezclaba con el presente. Antiguas fábricas convertidas en lofts, cafeterías con letreros vintage y al fondo, el río Genesee avanzando con su corriente constante. Pero no era la ciudad lo que lo mantenía alerta. Era una sensación extraña, un presentimiento inquietante, como si algo en este lugar estuviera esperando por él. O más bien, alguien. Todo su cuerpo vibraba con anticipación. Era extraño. Con un suspiro miró hacia mountain Bristol. Más tarde, después de instalarse, los vehículos polarizados de Silver Moon se detuvieron frente a la entrada del hotel con la precisión de un convoy militar. Sage y Ford estaban de pie en la escalinata de entrada vestidos semi formales para la visita al resort, observando con expresión neutra mientras las puertas se abrían y Aksel O’Brian bajaba del asiento delantero. El joven alfa de Silver Moon avanzó con la confianza de alguien acostumbrado a liderar, su porte relajado, pero con la mirada afilada, escaneando el entorno con el instinto de un depredador nato. Sage notó el sutil cambio en su postura cuando sus ojos se posaron en él. Un análisis, un juicio silencioso. - Puntuales. - comentó Aksel, cruzando los brazos sobre su pecho. - Gracias por eso. - Siempre lo somos. - respondió Sage con frialdad. Ford, siempre atento a los detalles, inclinó la cabeza levemente, notando que Aksel no estaba solo. Brady, su Beta, se mantenía a unos pasos detrás, con una postura alerta, como si esperara problemas. - ¿Nos vamos? - preguntó Ford, impaciente. Aksel asintió, pero no se movió de inmediato. - Primero iremos a mi casa. - dijo con naturalidad - Mi padre quiere conocerlos antes de que lleguen al resort. Sage frunció el ceño. - Pensé que íbamos directo al resort. - Lo haremos. - respondió Aksel, sin cambiar su tono - Pero primero deben conocer a quien firmará el acuerdo. Es costumbre. Sage no respondió de inmediato. No le gustaba que cambiaran los planes sobre la marcha, mucho menos cuando se trataba de una inversión de esta magnitud. Sin embargo, Aksel no parecía dispuesto a negociar ese punto. - Si es necesario, lo haremos rápido. - cedió finalmente. Aksel sonrió de lado, satisfecho. - Entonces, suban al auto. Ford y Sage intercambiaron una mirada. No les estaban dando opción. Se acomodaron en los asientos traseros del SUV de Aksel, mientras Brady tomaba el volante y otro vehículo con hombres de la manada los seguía de cerca. El camino hacia la casa de la manada fue largo y serpenteante, alejándolos del paisaje urbano para adentrarse en zonas boscosas. Los árboles altos parecían cerrarse sobre el camino, bloqueando la luz del sol y creando una sensación de aislamiento. Era un territorio diferente, uno que no pertenecía a los humanos. Sage observó a Aksel de reojo. - ¿Siempre reciben a sus inversionistas de esta forma? El alfa sonrió levemente. - Solo cuando los inversionistas son importantes. La advertencia no era sutil. Sage sintió cómo Ford tensaba la mandíbula a su lado, pero se mantuvo en silencio. Algo le decía que este viaje iba a ser mucho más complicado de lo que imaginaba.
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