Freya Toma el Control
El ascensor se abrió con un suave ‘ding’, pero Sage apenas lo notó.
Su mente estaba nublada, su cuerpo en llamas.
Ciara estaba en sus brazos, suave, temblorosa, ardiente. Su aroma lo envolvía, haciéndolo perder cualquier rastro de control.
Caminó por el pasillo sin soltarla, su boca devorándola sin tregua, sus dedos deslizándose por su espalda desnuda mientras tiraba del cierre de su vestido sin importarle que estaban en medio del corredor.
No podía detenerse.
No quería.
Su cuerpo lo exigía, como si fuera lo único que podía calmar esa necesidad insaciable que latía en su interior.
La puerta de la suite se cerró con un golpe tras ellos.
- Compañero… - la voz de Ciara era un susurro ahogado, una súplica y una provocación al mismo tiempo.
Sage la besó con más desesperación, su lengua deslizándose en su boca, robándole cada jadeo, cada gemido. Sus manos encontraron el dobladillo de su vestido y lo subieron, deslizándolo por su cuerpo hasta dejarlo caer al suelo.
Mierda.
Era perfecta.
Su piel blanca parecía casi etérea bajo la luz tenue de la habitación. Sus ojos brillaban en un azul irreal, sobrenatural.
Pero no era solo eso.
Algo más cambió.
Cuando ella levantó el rostro para buscar su boca de nuevo, un resplandor intenso apareció en su frente.
Sage se detuvo, sus pupilas dilatadas en pura incredulidad.
Un símbolo.
Un tatuaje resplandeciente, etéreo, con la forma de una flor intrincada, palpitando como si tuviera vida propia.
Su mente trató de aferrarse a la lógica.
Eso no es normal.
- ¿Quién eres? - preguntó con la respiración entrecortada, su voz ronca y oscura por el deseo.
Pero Ciara no respondió.
Solo lo miró con esos ojos brillantes y llenos de necesidad.
Y él se perdió.
La empujó contra la cama, su cuerpo cubriendo el de ella, su boca reclamándola sin más preguntas.
La necesitaba.
Demonios, la necesitaba para respirar.
La habitación estaba en penumbras.
Sage no recordaba exactamente cómo había llegado allí con ella en brazos. Su cuerpo se movía por impulso, como si no le perteneciera, como si una fuerza más antigua que él, más primitiva, lo guiara con absoluta determinación. Sus pensamientos estaban nublados, confusos, como si estuviera bajo el efecto de una droga suave y ardiente que se arrastraba por su sangre.
La dejó sobre la cama, con cuidado, pero sin detenerse.
No podía.
No quería.
Su pecho subía y bajaba con rapidez. El aire en la habitación estaba cargado de algo eléctrico, denso, animal.
Y ella... ella era fuego bajo su piel. Su aroma, tan familiar ya, tan peligroso, se adhería a su garganta, a sus dedos, a su pecho.
- Dios... - murmuró, apenas consciente de sus propias palabras.
La deseaba tanto que le dolía.
La miró. Ciara lo observaba con los ojos abiertos, brillando como estrellas azules en la oscuridad, respirando al mismo ritmo que él. Su pecho desnudo se alzaba suave, vulnerable y aún así, feroz.
No era sólo deseo. Era necesidad.
Como si algo en él gritara que no estaría completo hasta tocarla. Hasta hundirse en ella. Hasta que su cuerpo y el de ella fueran uno.
“¿Qué me estás haciendo?", pensó, pero la pregunta no fue dirigida a ella. Era para el universo, para ese instinto que lo desbordaba.
Le acarició la mejilla con los dedos temblorosos y sintió cómo ella ladeaba el rostro hacia su palma, buscándolo. La calidez de su piel, la presión leve, la forma en que su cuerpo se acomodaba al suyo como si hubiese sido creado para él, lo hizo gemir bajo.
Su boca encontró la de ella y fue como caer.
Como si el mundo se quebrara en mil fragmentos y sólo quedaran sus labios, sus cuerpos y ese silencio cargado de deseo.
Se deshizo de la ropa casi sin notarlo arrojándola al suelo, igual que la de ella. No hubo palabras. No hacían falta. El lenguaje era otro ahora. El roce de las pieles, los suspiros entrecortados, los ojos que no se apartaban, incluso cuando él se posicionó sobre ella, temblando de necesidad.
- Eres Mía.
La frase fue un rugido interno. Brutal. Definitivo.
El mundo desapareció cuando se hundió en ella.
Su mente quedó en blanco. No existía nada más.
Ni nombres.
Ni lógica humana.
Solo el calor de su cuerpo, el temblor de sus muslos, el jadeo contra su oído cuando la penetró.
Solo el vértigo de pertenecerle.
De estar dentro de ella como si por fin hubiese llegado a casa.
- Mierda, mujer... - susurró entre dientes, aferrándose a su cintura sin dejar de embestirla como si pudiera perderla.
Ella lo abrazó fuerte. Lo sostuvo.
Y algo más se rompió en él. Algo que nunca había sabido que tenía: una g****a en su alma que ella acababa de llenar.
No era solo pasión.
Era posesión.
Era magia.
Era un destino sellado con cada latido, con cada impulso, con cada respiración que compartían.
Y Sage, perdido en ella, lo supo.
Ya no había vuelta atrás.
Las paredes, el techo, incluso el aire, desaparecieron. Solo quedaba ella.
La mujer frente a él.
Porque él estaba ahí.
Encima de ella.
Dentro de ella.
Y todo su ser ardía.
Su olor estaba en todas partes.
Y eso trajo a la loba a la superficie.
La loba blanca que vivía en el interior de Ciara. La Magia y la representación de Selene, la parte animal de la mujer tomó el control.
Ese aroma a bosque tras la lluvia, a fuego contenido, a piel humana bañada en deseo. Desde el primer segundo en que lo había olido, algo en Freya se había encendido con violencia.
Una chispa que no dejaba de crecer.
Una necesidad que no entendía el tiempo ni la lógica.
Él era humano.
Pero era suyo.
Su compañero.
Desde el instante en que Ciara olió el aroma de Sage, Freya se apoderó del cuerpo que compartían, desplazando suavemente a Ciara hacia el fondo, donde solo podía observar, confundida, temblorosa, estremecida.
Pero no asustada.
Porque ambas lo deseaban.
Ambas lo necesitaban.
La primera vez que Ciara lo tocó, lo supo.
La manera en que la miró sin comprender lo que despertaba en él, cómo sus dedos rozaron su piel con una ternura reverente la hizo entrar en frenesí…
Freya rugió por dentro.
Lo reconoció.
No había palabra para esa certeza ancestral. Solo fuego en las venas. Solo hambre.
Y ahora lo tenía sobre ella. Dentro. Golpeando su interior en cada embestida aumentando el roce llevándola a un mundo de placer.
Ambas lo tenían.
Ella, la loba y Ciara, la mujer, compartiendo un mismo deseo primitivo. Un mismo grito silencioso que decía:
“Nuestro. Nuestro. Nuestro.”
Sus caderas se movían para encontrarse con las de él como si cada embestida reforzara ese lazo invisible que unía sus almas.
Sage no lo sabía. Pero su cuerpo sí.
Respondía como un Alfa. Dominante. Protector.
Y ella, una Omega poderosa, marcada por la tragedia, por la sangre por la pérdida… se rendía solo ante él.
Porque el vínculo no podía ser negado.
Porque Freya lo eligió.
El destino los unió.
Aunque él no supiera lo que era.
Aunque no pudiera transformarse ni sentir la Luna.
El alma lo reconocía.
- Más… - jadeó entre susurros, sin saber si fue su voz o la de Ciara.
Él la obedeció sin dudar. La tomó con más fuerza. Con más hambre chocando piel con piel.
Su cuerpo se arqueó para recibirlo sin pensar, sin temores, sin restricciones humanas.
El mundo exterior desapareció.
Solo quedaban él y el instinto.
Sage no sabía lo que estaba haciendo. No del todo. Su mirada era la de un hombre poseído, como si algo más fuerte que él lo empujara a hundirse en ella una y otra vez.
Y Freya lo entendió y dejó fluir la Magia.
El vínculo estaba reclamando su lugar.
La conexión mágica entre un cambiaformas y su pareja elegida estaba tejiéndose en tiempo real, con cada caricia, con cada gemido.
Freya lo guio.
Lo envolvió con sus piernas, con su olor, con la energía ancestral que brotaba de su piel sudada y palpitante.
Ciara ya no pensaba.
Solo sentía.
Freya tenía el control.
Sentía cómo Sage se volvía suyo.
Cómo la magia del lazo se escribía en sus cuerpos con calor y deseo.
Cómo su alma rugía de placer y de certeza.
Un humano.
Su Alfa.
Aunque no tuviera garras, ni colmillos, ni una forma alternativa…
Su alma era fuerte. Dominante. La correspondía.
Y eso bastaba.
Freya aulló por dentro. No con voz, sino con un latido profundo que atravesó el pecho de Ciara y la hizo estremecer bajo él.
No necesitaba morderlo.
Él la estaba marcando a su manera.
Con manos firmes. Con jadeos roncos. Con la promesa muda de no dejarla jamás.
Freya lo había marcado con su esencia, con su cuerpo, con cada roce y gemido. No necesitaba morderlo para reclamarlo. Ya lo había hecho.
En cada caricia. En cada orgasmo. En cada mirada en trance.
Y, aunque la marca mágica algún día se desvaneciera, el lazo era eterno.
Tatuado en la magia más antigua de todas: la del instinto.
Y la loba aulló dentro de ella.
Su Alfa.
Su compañero.
Su todo.
Y cuando Sage gimió de placer con el rostro enterrado en su cuello cuando llegó al orgasmo y se derramó en su interior, Freya cerró los ojos y se entregó del todo.
Porque lo había encontrado.
Porque no importaba nada más.
Ni Garret.
Ni su manada.
Ni el mundo.
Y jamás lo dejaría ir.
Freya gimió.
Ambas lo hicieron.
Porque ya no había marcha atrás.
El vínculo estaba completo sellado con la magia del linaje de Ciara.
Era su compañero. Su igual. Su destino.
No importaba si el mundo no lo entendía.
Si Garret reclamaba o el Consejo se oponía.
Ciara ya tenía a su alfa.
Freya ya había elegido.
Y nadie podía arrancarla de sus brazos ahora.