El Destino es Retorcido
El bar del hotel tenía un ambiente elegante y tenue, con luces doradas reflejándose en los cristales y una suave melodía de jazz llenando el aire. Ciara caminaba con cautela, explorando el lugar con una mezcla de curiosidad y fascinación. El lujo del hotel la envolvía, muy distinto a la rusticidad de su hogar en las montañas.
Como la última de su linaje, una cambiaformas de lobo blanco, era rara y poderosa. Su existencia era una mezcla de leyenda y realidad; los lobos blancos son considerados una bendición de Selene, la diosa de la luna y en su sangre corre un vestigio de magia feérica debido a su madre, algo que la hacía distinta incluso entre su propia especie.
El venir a la ciudad era casi un lujo ya que siempre estaba acompañada por su primo o el futuro beta, Brady quienes la cuidaban como hermanos mayores, demasiado sobreprotectores.
A sus diecisiete años, era una joven decidida, con una voluntad inquebrantable y un carácter ferozmente leal. No temía al sacrificio si es por la manada, pero odiaba la idea de ser tratada como una simple herramienta para fortalecer alianzas. La presión sobre sus hombros era inmensa: si no encontraba a su compañero antes de la luna llena, sería entregada al alfa de la manada Black River, un destino que no eligió y que rechazaba con todo su ser donde su última esperanza era el humano con el que acaba de reunirse su primo.
Sus padres murieron cuando era niña en un ataque a su manada original, un recuerdo que aún ardía en su pecho. Su tío, el alfa de Silver Moon, la acogió y la crió como suya, pero nunca dejó que olvidara quién era: la última heredera de un linaje poderoso. La última esperanza de su sangre.
Ciara trabajaba como asesora en el Cumming Nature Center del Museum & Science Center, donde su amor por la naturaleza y su profundo conocimiento del entorno florecían. Sabe leer el viento, seguir huellas, entender el equilibrio entre las criaturas del bosque y el impacto humano. Sus ideas frescas y su forma apasionada de ver el mundo la hacían destacar, aunque en la manada algunos aún la veían como una niña que no entiende su lugar e importancia.
Físicamente, su presencia es magnética. Su cabello es largo, de un rubio plateado que brilla bajo la luz de la luna, reflejando su herencia de lobo blanco. Sus ojos, de un azul gélido y profundo, parecen atravesar las mentiras y llegar al alma de quien la miraba. Aunque su constitución era delgada y ágil, su fuerza era sorprendente, como la de un depredador que aún no ha mostrado todo su poder.
Y ahora, ese magnetismo era observado por varios hombres que bebían en el bar.
Era impulsiva, actuaba antes de pensar cuando su instinto lo dictaba. No soportaba la injusticia y no temía desafiar a quienes intentan controlarla, incluso si eso significaba enfrentarse a su propio tío o al futuro alfa de la manada, Aksel. Sin embargo, su lealtad era absoluta; haría cualquier cosa por su familia y su gente.
Y ese era su conflicto. No quería ser entregada a Black River, pero sabía que era necesario para proteger la manada.
En ese momento no había planeado entrar al bar, pero la calidez del lugar y el aroma embriagador del vino la atrajeron antes de que pudiera pensarlo demasiado.
Se acercó al área del bar, recorriendo con la mirada las botellas alineadas en los estantes iluminados. No tenía intención de beber, pero algo en ese espacio sofisticado le despertaba una inquietud que no supo nombrar.
Fue entonces cuando chocó con alguien.
El golpe no fue fuerte, pero sí lo suficiente para que la copa de vino tinto que ese alguien sostenía inclinara su contenido justo sobre ella.
El líquido carmesí manchó el blanco inmaculado de su vestido, esparciéndose en un patrón irregular sobre la tela. Ciara dio un respingo, sintiendo el calor del líquido traspasar la tela fría y bajó la vista con una mezcla de incredulidad y frustración.
- Maldición… - murmuró entre dientes, tratando de apartar el vestido de su piel.
- Diablos.
La voz masculina y profunda la hizo alzar la cabeza.
Frente a ella estaba Sage Duncan, sujetando la copa vacía con una expresión tensa en su rostro. Sus ojos grises se deslizaron de la mancha en su vestido a su rostro, analizando la situación en cuestión de segundos.
- No fue mi intención.
Ciara inspiró hondo, intentando calmarse. No era como si lo hubiera hecho a propósito, pero la incomodidad del vestido húmedo la hizo fruncir el ceño.
- Eso ya lo sé. - respondió, con un deje de molestia.
Sage dejó la copa sobre la barra con un suspiro.
- Déjame compensarlo.
Ciara lo miró con cautela.
- No es necesario.
Pero antes de que pudiera moverse, Sage ya se estaba quitando la chaqueta de su traje. Sin decir nada más, la extendió y la colocó suavemente sobre sus hombros.
El contacto con la tela cálida y tibia la envolvió de inmediato en su esencia, una mezcla de madera, especias y algo más profundo que la hizo estremecerse sin poder evitarlo.
Fue un instante extraño, donde el ruido del bar pareció desvanecerse.
Ciara sintió un escalofrío recorrer su piel. No era solo por la chaqueta.
Era por él.
Y en el momento en que sus ojos se encontraron de nuevo, un instinto primitivo despertó en ella. El lobo en su interior, Freya, reaccionó de forma abrupta, como si acabara de encontrar algo que llevaba toda su vida buscando.
Su pulso se aceleró, su piel hormigueó y una oleada de calor se encendió en su vientre con una fuerza que la dejó sin aliento.
El aire entre ellos se volvió denso, cargado de algo que Sage no podía identificar, pero que se abrió paso en su piel como un fuego abrasador.
Los ojos de la joven cambiaron. Pasaron del azul a un magenta brillante, resplandeciente como una joya a la luz de la luna. Sage parpadeó, desconcertado.
- ¿Qué demonios…? - murmuró, pero su voz se cortó cuando algo más lo golpeó con la misma intensidad de un puñetazo en el pecho.
Su olor.
No era solo el aroma dulce con notas frescas a bosque que había notado antes. Era más fuerte. Más profundo. Una fragancia que lo envolvió en una espiral intoxicante, una esencia que su cuerpo reconoció antes que su mente.
Su temperatura subió de golpe. Un calor febril lo recorrió desde la base de su cuello hasta la parte baja de su abdomen, extendiéndose como brasas encendidas por sus venas.
Excitación.
Brusca. Absurda.
Irracional.
Sage no entendía qué demonios le estaba pasando.
¿Cómo podía reaccionar así solo porque había mojado el vestido de una mujer?
Ni siquiera cuando su antigua fraternidad organizaba esas estúpidas competencias de camisetas mojadas en la universidad, sintió el más mínimo interés. Le habían parecido ridículas, una forma barata de entretenimiento.
Y, sin embargo, en ese momento, todo en él ardía.
Su mandíbula se tensó cuando el deseo lo golpeó con una crudeza casi animal.
No era normal. No podía ser normal.
Su mirada descendió a Ciara, todavía envuelta en su chaqueta. Sus labios entreabiertos, la forma en que su pecho subía y bajaba más rápido de lo normal. Ella lo sentía también.
Algo en su expresión cambió, como si estuviera luchando contra una necesidad visceral que la dominaba por completo.
- ¿Qué me hiciste? - preguntó en voz baja, con un tono más ronco del que pretendía.
Ciara tembló. Sus pupilas brillaron con más intensidad y entonces él escuchó el más leve susurro salir de sus labios.
- Compañero.
Sage frunció el ceño.
La palabra resonó en su mente como una sentencia.
Un escalofrío recorrió su espalda, su cuerpo reaccionando antes de que su lógica pudiera alcanzarlo.
Su autocontrol, siempre impecable, se resquebrajaba.
La necesitaba.
La quería.
La deseaba.
Y eso lo aterraba más que cualquier otra cosa en su vida.
Con una decisión impulsiva, la tomó de la muñeca y la llevó consigo hacia el exterior. El pasillo estaba desierto, iluminado solo por las luces tenues del hotel. Sage respiraba con dificultad, su pecho subiendo y bajando con violencia, como si acabara de correr una maratón.
Pero no era esfuerzo. Era ella.
Con un gesto brusco, la tuvo con las muñecas atrapadas contra la pared, su cuerpo apenas separado del de ella, por sólo unos centímetros que le parecían insufribles.
- ¿Qué me hiciste? - gruñó, su voz cargada de algo oscuro y primitivo.
Ciara jadeó, su piel perlada de sudor, su respiración entrecortada. Ojos vidriosos, pupilas dilatadas.
- Nada… - susurró, pero su voz era apenas un hilo.
Sage no le creyó. No podía estar reaccionando así sin una jodida explicación.
- Mentirosa.
Su agarre en su muñeca se afianzó, aunque no con violencia. La piel de ella ardía bajo su tacto.
- Dime qué demonios hiciste. ¿Me drogaste?
Ciara negó débilmente con la cabeza, pero en lugar de responder, se inclinó hacia él, hasta que sus labios quedaron peligrosamente cerca de su cuello.
Sage contuvo el aliento.
Un jadeo bajo y gutural escapó de su garganta cuando la sintió inhalar su aroma.
- Mierda.
Su mandíbula se tensó al máximo, sus dedos clavándose en la piel de ella.
Ella también lo sentía.
Algo primitivo en su interior rugió de satisfacción. Como si su instinto supiera lo que su mente aún no entendía.
Ciara tembló, su cuerpo estremeciéndose contra el suyo, su calor envolviéndolo, haciéndolo perder el control.
No podía pensar. No podía resistirse.
No quería.
Su mirada descendió a sus labios entreabiertos, la forma en que jadeaba como si le costara respirar.
Sage sonrió de lado, oscuro, peligroso.
- Te lo buscaste.
Y la besó.
No con delicadeza.
No con paciencia.
La besó con hambre.
Con furia.
Con la intensidad de un hombre que nunca había deseado algo tanto en su vida.