El tono de mi celular volvió a cantar. Esta vez no se trataba de un amistoso mensaje para hacer menor ruido, se trataba del despertador del aparato. Mi celular era nuevo, luego de que en medio de un ataque de ira y frustración terminara por romper el anterior en mil pedazos. Fui capaz de permanecer un buen tiempo sin el aparato, al fin y al cabo, no tenía a quién hablar y ella ya se había distanciado de mí hacía unas semanas. Luego de la presión de mi jefe y los vagos acercamientos de mi hermana menor, terminé por comprar uno con los ahorros que guardaba y que habían esperado meses por tener alguna destinación que valiese la pena.
El tono de la alarma de mi celular continuaba siendo la de defecto. No había tenido el tiempo ni las ganas de darle un cambio y personalizar el aparato a lo que el vendedor llamó “personalidad”. No entendía a que se refería con aquella palabra y cómo podría aplicarlo a un equipo digital al cuál no pretendía darle el mayor uso.
Podía poner alguna canción de tono, alguna de despertador y hasta algún fondo de un tema que me gustase. Todo esto me lo explicó el vendedor con gran emoción como si aquellas características realmente llegasen a importarme. Hacía ya mucho tiempo que había perdido el interés por ese tipo de cosas, tan solo necesitaba el celular como un elemento de uso básico. Así que después de pagarlo y obtener de nuevo mi antiguo número terminé dejándolo relegado a un reloj.
Si me detenía lo suficiente a pensar, ya había pasado demasiado tiempo desde la ultima vez que alguna cosa me producía algún tipo de placer. Intenté reavivar mi amor por la música, pero simplemente Beethoven, Mozart, Chopin y Wagner me habían abandonado. El hecho que no sintiera mayor placer por la música no era algo, que, al fin y al cabo, terminara por sorprenderme demasiado. Mi trabajo como un simple guitarrista en el bar terminó desgastándome por completo.
De niño creía que iría a grandes conciertos, que la gente se emocionaría por completo al escuchar mis canciones y que con el sonido de las 5 cuerdas de mi guitarra y las otras tantas en mi voz inspirarían sentimientos y emociones. Pero ahora, después de tantos años, tan poco dinero en mi cartera y mi carencia de amigos terminé comprendiendo que mi vida musical se limitaría a ser ignorada por una gran cantidad de gente que me vería de reojo sin escucharme mientras tomaba alcohol. Si iba a estar en ese empleo para toda la vida no lo sabía, y no me importaba demasiado, mis sueño terminaron por esfumarse y terminé conformándome con despertar un día más. De cualquier forma, aquella tarde no tenía yo demasiado tiempo para pensar, pues en la noche debería regresar de nuevo a mi empleo.
Al salir de la habitación el hambre terminó por estrujarme las tripas de nuevo, pero no había tiempo ni ganas de cocinar, además me encontraba ya semi desnudo rumbo a la ducha. Deseé con todas mis fuerzas terminar por no encontrarme con nadie, pero allá estaba la casera que siempre se escandalizaba con el tatuaje que portaba en uno de mis flácidos pectorales. Un recuerdo de las pocas locuras que cometí siendo más joven y por las cuales aún podía sacarme de vez en cuando una sonrisa.
Fue una tarde de mis primeros días en la facultad de medicina. Conocí a unos tipos que me cayeron bastante bien y con los cuales tuvimos una corta y efímera amistad. Salía del salón de clases luego de un duro día hablando de anatomía humana y uno de ellos se me acercó por la espalda y me hizo gancho mientras me colocaba los auriculares para tomar el autobús.
-Eh Jonás-. No podía liberarme del apodo. Ya no era un niño obeso, pero ahora me lo decían como diminutivo de Jonathan y me terminó gustando. -Vamos a ir a tomarnos unas ¿te nos unes?
-No creo, no soy mucho de tomar. Además, tengo mucho que hacer en mi casa-. Le respondí tratando de ocultar que la verdadera razón eran las recriminaciones de mis padres que con el paso de los años se habían vuelto más devotos.
-Es solamente una, nunca te unes a nosotros. A veces es bueno tener amigos-. Sus palabras eran bastantes sinceras y las pude identificar. Después de años de acoso escolar es fácil ser desconfiado.
-Además no tengo mucho dinero, la próxima semana que tenga con qué, voy-. Traté de zafarme, pero las insistencias aumentaron con mi vaga excusa.
-Jonás, eso es lo de menos, nosotros invitamos-. Dijo otro de los amigos con los que terminé cediendo y saliendo por la dichosa cerveza.
“Una sola” terminó convirtiéndose en ronda tras ronda. “Una hora” terminó convirtiéndose en el resto de la tarde y casi hasta la media noche. Me había encerrado tanto en mí mismo que jamás fui capaz de captar a las personas que tenia alrededor. Entre botella y botella se fueron conversaciones acaloradas sobre filosofía, política, amores, desamores y literatura. Yo no tenía mucho que aportar, y cuando lo tenía mi vergüenza para con aquellos jóvenes más ilustrados, me impedía articular por completo palabra.
No noté hasta que punto había llegado dicha conversación, la cual fue mas enriquecedora para mí que un año completo en la facultad. Aprendí tantas cosas y comuniqué tantas otras que mi yo de ahora no era capaz siquiera de emular. El licor fue alimentando cada vez más la conversación como la subida de tono de alguna sinfonía y me hizo sentir cómodo. Hasta que al final no logré ocultarme en mí mismo por más tiempo y fui incluido en la tertulia sin que pudiera escapar.
-Dinos, Jonás, que nos cuentas, alguna experiencia graciosa o triste. Vamos ¿Por qué no te integras? -. Me invitó uno de ellos a hablar.
-La verdad-. Estaba yo bastante ebrio en ese momento y tenia dificultad con ponerme de pie. -La verdad no tengo mucho que decir de mi parte, a diferencia de ustedes mi vida parece bastante aburrida y poco emocionante.
-No lo creo, los callados generalmente siempre tienen las mejores historias-. Todos me miraron detenidamente para escuchar alguna contestación ingeniosa como las que había utilizado hasta el momento para evitar ser el centro de atención. En cambio, terminé por quedarme callado al tiempo que bajaba la mirada.
-Tengo historias-. Rompí el silencio al cabo de un rato de incomodidad -Pero no son tan felices y digeribles como las de ustedes… Lamento dañarles el parche con esto. Es mejor que me vaya.
En el momento en que me levanté mi equilibrio, debido al alcohol, me jugó una mala pasada y fui a tropezar con la mesa, lo que produjo que terminara cayendo al suelo. Esperé por unos momentos las risas y las burlas en mi contra, pero para mi sorpresa, solo hubo silencio y una mano que me ayudó a levantar. Nadie dijo nada, todos me miraban desconcertados.
-perdona, no queríamos incomodarte de esa manera. No tienes la confianza necesaria con nosotros y lo entendemos-. Me contestó el compañero que me había ayudado a levantar. -No tienes que irte aún, espéranos y así no saldrás dando tumbos por la calle.
Es gracioso la reacción que podemos tener cuando al fin, después de tanto tiempo, nos sentimos por completo respetados. Para cuando entré a la facultad no había logrado experimentar esa empatía por el otro, pues para mí siempre fueron las burlas, los reproches y los regaños.
-Lo siento, no es eso-. Respondí al reponerme. -Solo pretendía ir al baño, no se preocupen ya regreso.
La conversación se reavivó en la mesa y yo, en medio de un mareo extraño, pero placentero, logré llegar al sanitario. Cuando me vi en el espejo miré mi rostro detenidamente. En medio de la multitud de colores y luces, acompañadas de chispas que veía producto de la borrachera, encontré a un niño. Ahora, años después mirándome al espejo del baño de un inquilinato, vi a un hombre con la cabellera larga, la barba desaliñada, ojeras y el rostro propio de alguien que consume sustancias no muy legales.
Lo que veía ahora no solo era un hombre, sino veía a alguien que estaba envejeciendo antes de llegar a los 30 años. Alguien cansado y sin esperanza que terminaba de tomarse una ducha y envuelto en la toalla volví a salir del cuarto de baño rumbo a mi habitación.
En el camino me encontré de nuevo a la mujer de la comida. Ella parecía esperarme fuera del baño vestida, como siempre, de una ropa bastante sencilla y humilde, lo poco que su marido era capaz de darle con su salario.
-Perdona que te intercepte justo cuando estás saliendo, pero es que si no es ahora te escondes en esa cueva y es difícil encontrarte. -La mujer parecía no esperar encontrarme en toalla y me miraba directamente a los ojos.
-Sí, dígame, qué sería-. Contesté con seriedad al tiempo que estaba abochornado e incómodo por la situación.
-Nada, pues que hoy he cocinado bastante y ha sobrado. Me he dado cuenta de que no ha comido nada en todo el día, venga y come conmigo algo de sal-. La mujer abochornada dejo de tutearme y me trató más solemnemente ante mi seriedad.
-No tranquila, estoy bien así. Pero muchas gracias-. En realidad, me moría del hambre, pero me avergonzaba andar de gorrón con las personas.
-No joven, cómo cree. Es muy grosero rechazar una comida que ya está hecha-. Dando por sentado que yo asistiría a comer, se giró y volvió a la cocina mientras me continuaba hablando. -Por fa, se viste y lo espero a comer antes de que se vaya a trabajar.
Siempre terminaba por sorprenderme la amabilidad de aquella mujer. Se notaba en su rostro que a pesar de lo poco que tenía y las muchas dificultades que debió vivir, era alguien feliz. Su marido, unos cuantos años mayor que yo, trabajaba de albañil y no contaba con un trabajo fijo. De vez en cuando acompañaba a don Gilberto como ayudante, en otras trabajaba con contratistas arreglando calles u otras encontraba pequeños trabajos temporales. Ambos siempre muy amables conmigo, en especial la mujer.
Por decencia o tal vez por la presión a la que me había sometido, terminé por vestirme con velocidad, y después de preparar mi guitarra, asistí a comer en compañía de la mujer en la cocina. Su rostro me transmitía siempre una sonoridad y musicalidad hermosa pues, a pesar de la oscuridad de la cocina, ella resplandecía y su cabello suelto, a pesar de la horquilla, recordaba el viento en los días calurosos. Era hermosa, pero los años y el cansancio terminan por hacer estragos en cualquiera.
-Ve lo bueno que es comer antes de irse a trabajar. Como espera dejar de estar en los huesos si casi ni come. - La mujer me miro fijamente mientras yo continuaba devorando la comida que me supo a gloria.
- ¿Por qué nunca acepta las invitaciones de comer de nosotros? No me diga que es como esos gomelitos que se creen de mejor estrato. -Ella me dedicó una amplia sonrisa, mostrando sus dientes torcidos y amarillentos.
-No es eso, es que no tengo mucho tiempo, y la verdad me da mucha pena comer a expensas de ustedes.
-No tiene por que sentir pena por eso. Tenemos que ayudarnos entre nosotros. -cuando tomó una pausa para hablar puso su mano sobre la mía y me miro fijamente. -Si tienes algún problema, no dudes en contárnoslo, carecemos de dinero, pero algo se podrá hacer.
A mi mente volvió de nuevo aquellos amigos de copas que tuve alguna vez. Cuando me volví a sentar en la mesa, uno de ellos, el más alto, se sentó a mi lado y me dedico las mismas palabras que la mujer de la comida me diría años después.
-Si tienes algún problema no dudes en contárnoslo. No somos profesionales, pero nos puedes contar lo que sea-. Todos me miraban con una gran sonrisa a la que no fui capaz de corresponder, solo bajar la mirada.
Salimos del bar pasada la medianoche. Las calles de la ciudad se veían realmente hermosas, nunca las había visto con detenimiento. Las luces de los edificios iluminaban las avenidas, los faros daban colores amarillos a las aceras y el silencio era bastante placentero. Caminamos, los siete, juntos por en medio de la ciudad nocturna haciendo bromas, cantando, tatareando melodías y comentando los modelos de los vehículos que encontrábamos estacionados.
La conversación no tenía el mínimo sentido, eran comentarios estúpidos entre gente ebria que caminaba por la ciudad.
La magia de la oscuridad y las luces artificiales continuó a lo largo de dos kilómetros de caminata y casi tres horas más de conversaciones vacías. Al final, uno de ellos se plantó frente a nosotros y nos habló.
-Bueno muchachos, esta noche ha sido una noche increíble-. El alto joven trataba de mantenerse en pie y con la botella en la mano. -Yo digo que inmortalicemos esta salida, más que estamos en compañía de nuestro amigo… Acosta, sí Acosta.
-Vos calla que estás ebrio-. Contestó mi amigo más cercano que se apoyaba a mí con dificultad.
-No. Es decir, sí estoy ebrio, pero sé lo que les digo. Aquí a la cuadra hay un tatuador amigo mío, deberíamos ir y rayarnos una nalga todos-. Todos reímos ante la propuesta, porque era un chiste.
Un chiste, eso pensé. Era completamente descabellado hacer eso en el estado en que nos encontrábamos y estudiando medicina. Sin embargo, ante mi sorpresa me encontré más tarde a mí mismo en la camilla de un tatuador a más de las tres de la madrugada haciéndome un tatuaje de una estrella con aquellos fugases amigos.
No me importó en lo más mínimo las llamadas de mi madre y el posterior castigo que recibí de mi padre al llegar borracho a mi casa en la madrugada. No me importó nada, todo fue mágico aquella noche y después de mucho tiempo mi confianza en el mundo creí que retornaría progresivamente. No existieron fotografías de esa noche, pero se inmortalizó para siempre en mi pecho en forma de estrella. Nunca los volví a ver, al menos no juntos.
Varios de ellos dejaron la facultad después de muchos esfuerzos, otros terminaron por irse del país a continuar sus estudios y al final me quede completamente sólo de nuevo. No había pasado mucho tiempo y las cosas como iniciaron, terminaron. No volví a rodearme de gente como lo había hecho en esos días. Por lo menos no hasta que entré en la academia de música de la universidad.
-No pasa nada. Estoy muy bien-. Le respondí a la mujer mientras me levantaba para lavar los platos de nuestro improvisado banquete.
-Deja ahí hombre, yo me encargo de lavar eso-. La mujer me detuvo y me arrebató el plato. -Más bien vaya que ya tiene que irse a trabajar. Pero piense, eso sí, en lo que le dije. Usted es un buen muchacho y me da tristeza verlo solo todos los días.
Le dedique una sonrisa a la mujer sin responderle nada. Luego tomé mi guitarra rumbo a mi empleo nocturno.