Violines y sonrisas

2188 Words
El camino a mi empleo no era demasiado largo. Una hora y media en un autobús que por lo general iba vacío gracias a que el horario en que yo empezaba a laborar, la mayoría de gente lo tomaba para descansar. Cuando me sentaba y miraba a través de la ventada del vehículo solía mirar las calles de la ciudad, el comercio, la gente moviéndose de un lado para otro y la manera en la que el sol de la tarde hacía eco con las aceras y el pavimento. De algún modo, el “corre, corre” de la ciudad me hacían sentir bastante bien, era relajante la vida que se podía respirar tan solo mediante la observación. Aquella tarde, mientras atardecía miraba sin destino por la ventana como siempre lo había hecho. Cantantes, vendedores y limosneros se subían y bajaban del autobús en busca de un sustento que les permitiese pasar la noche con alguna mínima comodidad y escapando del frio de la noche. Si intentaba hacer cuentas, al menos una docena de personas se subían todas las tardes en la hora y media de recorrido. Aquellas cosas me hacían pensar que siempre detesté la atención sobre mí, algo bastante paradójico y estúpido si me ponía a pensar en mi profesión actual. En el transcurso, mientras continuaba mirando de forma vacía caer las gotas de lluvia por la ventana del autobús, una pareja, un hombre y una mujer, se subieron al transporte e iniciaron su presentación para los distraídos pasajeros. Ella tocaba un violín desafinado, pero que, con sus ganas y notable amor por el instrumento, hacía recitar una agradable melodía. La canción que su acompañante, un poco mayor, cantaba me recordaba mis días de infancia, cuando aún la música era una melodía vacía e incomprensible para mí. La chica, que no debía tener más de veinte años, me recordó a Zara. Las ganas con las que movía sus dedos por entre las cuerdas y la sonrisa que emitía ante cada sube y baja del arco, me recordaba a cuando la vi a ella en la universidad tratando de seguir las notas de la banda. El tiempo de la presentación se me hizo eterno, pero a la vez el sonido de unas cuerdas novatas y con poca experiencia me lograron atrapar por completo perdiéndome en una improvisada canción. Cuando logré retornar en mí mismo, estaba a punto de llegar a mi parada habitual, pero no tenía ganas de bajarme, quería continuar escuchando la melodía de las cuerdas. La chica no me parecía en lo absoluto atractiva, pero la música hacía que amara aquellos dedos, aquellos dientes desiguales y la cabellera desarreglada. No había remedio, tuve que bajarme del auto bus, consciente que jamás la volvería a ver. No sabía a ciencia cierta si lo que me enamoró de la melodía, era realmente la melodía como tal o a quién me recordaba. El bar aún no había comenzado a funcionar y mi tiempo musical estaba lejos de empezar, pero compensaba las horas sirviendo trago y preparando bebidas. De los años en que la monotonía del trabajo había logrado atraparme, conocí gente de todos los tipos, solitarios y con pareja, gente joven y ancianos, algunos agradables y otros sinceramente despreciables. De entre toda aquella gente que iba y venía, ninguna persona me había causado tanto detesto y pavor, como la administradora del bar. En contraste del dueño, un hombre anciano y millonario, aquella mujer materializaba todo aquello que pretendí dejar en el pasado, todo aquello a lo que huía continuamente, y la vida lo había puesto frente a mí ahora. Ella se llamaba Lorena, una mujer de mediana edad que por medio de cirugías, cremas, comida y ejercicio había logrado conservar bastante bien su atractivo de joven. Aunque estaba por doblarme la edad, cuando Zara me la presentó formalmente no pude evitar ver a través de su pronunciado escote y su piel de porcelana que la hacía ver realmente atractiva. Más tarde, comentando con mi amiga, no era capaz de creer que aquella mujer tuviese ya tres hijos mientras mantenía aquella figura. Mi admiración y atracción momentánea por aquella mujer madura desapareció a lo largo de los días mientras mis jornadas de trabajo se hacían aún más largas. Para mí, aquel empleo no era más que un paso temporal a algo más grande, sin embargo, entre copas, extensiones de horario y cuerdas de guitarra, me había consumido totalmente. En todo aquel tiempo la bella mujer sin estrías, piernas perfectas y un rostro perfecto, se fue convirtiendo en un demonio que atacó continuamente mi ansiedad. Al contrario de mi casera, esta mujer tenía una voz más profunda, un autoritarismo y un temperamento explosivo que estuvo a punto de obligarme a llorar en los baños del bar. Llegué al bar Las Centurias como un joven lleno de sueños y esperanzas. Consideré que aquel empleo que solo me consumiría unas cuantas horas de las noches, sería un gran paso para crecer como el artista que tanto deseaba convertirme. Zara me apoyaba desde el público todas las noches y su sonrisa cuando me escuchaba cantar se fue convirtiendo poco a poco en el único pago que realmente deseaba obtener de mis horas laborales. Todos notaban nuestra amistad y en ocasiones el dueño, en medio de sus visitas periódicas, nos invitaba a tocar juntos en medio de presentaciones improvisadas y privadas de público. Fueron días realmente felices. A pesar de los inoportunos comentarios de Lorena, de mis secretos con mis padres luego de dejar la facultad y de los sentimientos de confusión, frustración y miedo, Zara estuvo allí siempre para apoyarme. -Hasta que por fin llega. Por ser el último hoy le toca lavar los baños-. Lorena me sacó de mis sueños con la chica del violín. -Sonría que me va a espantar los clientes-. Lorena solía recriminarme mi falta de sonrisas a pesar de que me esforzaba al máximo por hacerlo y con su mano me apretaba las mejillas. Poco a poco, y con el paso del tiempo, se me fue haciendo más difícil sonreír y, aunque me esforzaba, trataba de colocar una buena cara. Después de un tiempo terminé por inferir que se trataba a mi personalidad y que los músculos se habían terminado tensando, dándome esa expresión tan apagada. Nadie solía creerme, pero realmente me esforzaba por sonreír y parecer feliz. Quise darle una contestación a mi jefa, pero era inútil discutir con tu jefe directo mientras tienes una renta por venir, un estomago que alimentar, un hígado que destruir y un cerebro que se va convirtiendo progresivamente en dependiente de pastillas de la felicidad. Faltaba muy poco para abrir y la música de la rocola se extendía fuertemente por el recinto. A pesar de las exigencias por la limpieza hacía los clientes, todos los días terminaba limpiando restos de orina, sangre o mierda con los que me terminé acostumbrando. Los pensamientos de mis días mejores se fueron reduciendo y en mí no quedó más que aceptación por mi destino. A pesar de ello, aquella tarde todo era distinto a las demás tardes pues una mezcla de emoción y vida estaban de nuevo en mí por la chica del violín. Nadie lo notaba, pero realmente estaba sonriendo y sentí ganas de volver a llamar a Zara. Ella había ignorado mis mensajes los primeros días desde nuestro rompimiento. Unos meses después, en medio de un viaje por las pastillas, volví a tratar de contactarme con ella. Respondió, pero su contestación y su voz me hicieron perder por completo la esperanza. Al final, no sé si por orgullo o dignidad la deje ir. No tuve tiempo de darle más vueltas al asunto de la llamada con Zara. Al cabo de la tarde los clientes fueron llegando, las luces se apagaron y las primeras bandas que tocaban y ambientaban el bar se fueron presentando. Pronto se aproximaba mi cita diaria con el hombre a las afueras del bar, vendedor las dichosas pastillas de la felicidad que me daban fuerza para tocar. - ¡Eh, Jonás! Vamos a fuera por sonrisitas-. Cristian, el bajista de la banda y compañero de mis experiencias espaciales me invitó a salir. -Ya casi nos toca, dale. En silencio y rehuyendo de mi jefa, salimos a las afueras del prestigioso bar donde la gente hacía fila para entrar. Como siempre el sujeto que nos vendía las pastillas de la felicidad nos esperaba a la sombra de un gran cartel de neón de un motel cercano y se acercó a nosotros con bastante confianza. Nos trató de amigos. -Pero miren a quien tenemos aquí, los dos rockstar. El viejo Cris y el Viejo Jonás-. El sujeto puso su mano sobre mi hombro y se acercó a mi rostro haciéndome sentir su aliento a m*******a. -pero sonría viejo, estamos entre amigos. -Sí, como sea. No tenemos mucho tiempo y ya casi toca empezar-. Respondí enfadado por las demostraciones innecesarias de amabilidad del tipo. -Si tienen tanta prisa no deberían ni comprar. Yo no hago tratos con amargados-. El hombre se molestó y realizó un amague para irse, al tiempo que permanecía con la mano en el bolsillo de su chaqueta. -No, viejo. No es eso, háganos el cruce, como siempre-. Me estaba desesperando llegar a la hora de mi presentación y no tener mis pastillas. -Eso, con amabilidad si se puede. Que sienta uno que en realidad sí le está haciendo un favor a los clientes por medio de su servicio-. El hombre se devolvió y nos miró con seriedad de nuevo. -Pero tienen las latas ¿No? - ¿Y entonces? Aquí están, nunca le hemos fallado cuando se habla de plata. -Cristian intervino pasándole lo de su parte y la mía. El hombre miro el dinero y en medio de risas trató de devolverlo mientras se negaba con la cabeza. -No, ahí sí no mi c***o-. Se rascó el cuero cabelludo y nos volvió a hablar. -Qué pena con ustedes, pero eso no les alcanza. -No pero cómo así, siempre le pagamos lo mismo y ahora nos sale con esto-. Comentó indignado mi amigo. -Subieron de precio, ustedes verán. -Pero por qué de esta manera. Esto ya es un robo, me las puedo conseguir más baratas en otro lado-. El bajista claramente se molestó y trato de armar pelea, pero el traficante se tornó violento y saco un arma apuntando a mi amigo. -A mí no me llama ladrón, imbécil. Esto es un trabajo honrado y no los estoy obligando, van a comprar o piérdanse-. Con furia el hombre apuntó el arma directamente en medio de los ojos de Cristian. -Eh tranquilo, no hay por qué molestarnos. díganos cuanto es y se acabó el problema-. Traté de sacar el dinero del bolsillo de mi pantalón, pero el traficante me apuntó esta vez a mí. -Bueno, vos te vas quedando quieto y con las manos arriba si no quieres un pepazo en la cabeza-. Me gritó con violencia el hombre al tiempo que sacaba el dinero de mis bolsillos -Ya, calmado viejo. -Yo estoy calmado, los alterados son ustedes-. El hombre gritó con violencia una vez más y contó el dinero que llevaba en mis bolsillos. -Con esto le da para lo de siempre. - ¿Todo eso? -. Pregunté indignado, pero con el cuidado de no volver a exaltar al tipo. -Con todo esto, papi, con todo esto-. El hombre bajó el arma y entregó el paquete a mi compañero mientras me besaba la frente. Se despidió como si nada hubiese ocurrido y desapareció en la oscuridad. No quise prestar atención a los comentarios de mi asustado compañero. La música del violín de la chica estaba en mi cabeza, pero hacía falta algo y mis pastillas de la felicidad me lo iban a dar ahora mismo. Quedaba poco para mi presentación y como hice todas las noches fui corriendo en compañía del bajista hasta el cuarto de baño para inyectarnos sonrisitas. Mirando al espejo vi un joven triste y aburrido. Bajé la mirada y besé a sonrisitas con mi lengua. Levanté de nuevo mi mirada y el espejo me mostraba a un rockstar. Mi mente se llenó por completo de música. Me sentía feliz, vivo y enamorado. No estaba enamorado de aquella chica, no pensaba en Zara, era aquel maldito violín que continuaba sonando en mi cabeza.  A medida que salía del baño la melodía en mi cabeza se organizó y ya no era solo un viejo instrumento de cuerda, era el piano, era la voz, era una guitarra y un chelo. Era una música que subía y bajaba como las olas, una música que terminaba chocando una contra otra en mi cabeza. Los colores se hicieron cada vez más vivos y las luces iluminaban mi rostro en medio de un concierto aclamado por miles de personas. No sabía si era yo, pero ahí estaba, parado frente a todos a punto de acompañar un violín. Mis manos pasaron por las cuerdas de la guitarra y mi boca se acercó al micrófono que me hacía sentir de nuevo imponente, de nuevo un adolescente. Mi voz cantó al igual que mi guitarra.
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