El viaje no duro demasiado en mi mente, pero como siempre tardó lo suficiente. Cuando mi emoción fue decayendo, y al igual que todas las noches, los efectos de las risitas pasaron, me di cuenta de que no me encontraba en ningún concierto, tan solo en el centro de una sala de bar y la gente distraídamente me aplaudía. Sin embargo, el sonido del violín seguía resonando con violencia en mi cabeza como reprochándome por tratar de ahogarla en medio de las drogas.
Por algún motivo que al momento no llegué a recordar, aquella presentación parecía haber sido distinta a la de los demás días. Lorena me miraba con una emoción que no era capaz de ocultar y mis compañeros de la banda, a parte del bajista que permanecía igual de ido a mí, me felicitaron por la gran presentación. Yo solamente me encontraba cansado y triste ante el bajonazo emocional que causaban las pastillas en mi cuerpo. No tenía demasiadas ganas de hablar con nadie, pero la gente del bar se hacía a mi alrededor para felicitarme por mi magnifica interpretación final de “Push in to the limit”, canción que había llegado a crear una emoción y euforia indescriptible entre los clientes.
-Jonás, cómo es que estuviste ocultado todo ese talento todo este tiempo-. Lorena me abrazaba emocionadamente, pero su olor a sudor y cremas caras me mareaba. -Dios mío, si tan solo todos los días tuviera la actitud de hoy estoy segura de que este bar sería una sensación.
No fui capaz de reaccionar ante aquel comentario entre bueno y malo. Solo lograba guardar pedazos de recuerdo de lo que apenas había hecho hacía unos cuantos minutos. Realmente quería recordar, pero no era capaz. Risitas me había robado aquel gran regalo que el violín me había dado, los ácidos fueron mas fuertes esta vez y me mantuve inexpresivo.
-Pero sonría hombre-. Insistió lorena al darse cuenta de que mi rostro no cambiaba. -Qué jartera con usted que pareciera que siempre tuviera cólicos, eso ni yo.
Lorena se mostró más amistosa que de lo común, pero yo seguía sin comprender lo que estaba pasando. Solo tenia ganas de echarme en una silla y dormir, pero aquella molesta mujer no paraba de acosarme con comentarios que en realidad no me creía ¿Y si me había vuelto al final dependiente? ¿Y si solo lo decían por lastima o porque fue la banda la que lo hizo todo? Cientos de preguntas, el efecto de las drogas que se apagaba y los comentarios sumados a la gente que no paraba de rodearme y acosarme me causaron un ataque de pánico que no sería capaz de controlar por mucho tiempo.
Entre risas y toqueteos el tiempo se me pasó más lento. Mi visión se puso borrosa y los colores más opacos, tenía una sensación de mareo, pero no un mareo como el que risitas me daba, este era un mareo desagradable y repulsivo.
No pude controlarme y el mareo me obligó a salir de la barra y en medio de empujones a la gente sonriente que me rodeaba, salí corriendo entre retumbos al sanitario. La puerta del baño estaba tan lejos y mi mente no podía medir las profundidades de los objetos. Los segundos de sufrimiento se me hacían eternos, quise pedir ayuda, pero todos me miraban con sonrisas atontadas que solo me producían más miedo. Quería llegar y vomitar, pero todo se interponía en mi camino, el pánico se apoderó de mí y sin darme cuenta comencé a llorar de la desesperación.
Cuando estuve a punto de llegar a la puerta una mujer joven me interceptó y trató de hablarme. No pude escuchar sus palabras que resonaban entre intervalos altos y bajos de velocidad. La oscuridad y las luces artificiales la convirtieron en un demonio frente a mí, pero el paladar de mi boca no me permitía hablar, siquiera respirar y tenía que vomitar ahora. Quise golpearla, pero no tenía fuerzas. Dios, si hubiera tenido fuerzas le habría partido la cara demoniaca con la que me sonreía.
Mi cuerpo no aguantaba un segundo más y resistí mis tentaciones de hostilidad contra aquella figura espectral que me hablaba con amabilidad. Terminé empujándola y metiéndome con velocidad al baño de damas donde cerré la puerta con violencia y descargué la comida que me había sido brindada al atardecer. Todo el esfuerzo de aquella buena mujer y su esposo quedaron en el cuarto de baño mientras mi mente se fue aclarado poco a poco. Entre lágrimas, bilis y saliva el mareo se fue yendo y quede por completo sin energías sentado mirando como el agua de la cadena se llevaba el contenido del inodoro.
Afuera del baño las voces curiosas y de preocupación se fueron aclarando. Aún así, tan solo quise ignorarlos a todos. Si todo lo que viví hace unos segundo era una alucinación no importaba ya. Mis lagrimas bajaron hasta mi garganta y lo lloriqueos eran tan fuertes que creí que mi cabeza explotaría en cualquier momento. El violín continuaba resonando en mi cabeza y recordé aquel día, cuando las cosas no eran tan complicadas, aquel día en que conocí el amor. El día en que la encontré, guardada en el cuarto abandonado de una casa campestre y el día en que mi vida cambió por completo. El día en que conocí la música.
Ella llegó a mi vida una tarde lluviosa, particularmente difícil y en la que mi mente de adolescente se sentía cansada y frustrada. Me encontraba en una visita donde los padres de mi madre en una granja muy lejos de la ciudad. La hacienda de mis familiares no era particularmente extensa, a pesar de ello, no era fácil encontrar otras casas alrededor pues el antiguo municipio poco a poco se iba encontrando en una situación de abandono y, a parte de gente vieja, era muy poca la población.
La llegada a ese sitio se dio en medio de un viaje de vacaciones donde creían mis padres que me encontraría más seguro que en la ciudad en época de receso de clases, pues el aislamiento les haría bien a mis estudios. Mis abuelos no eran particularmente conversadores y, por más que lo intenté con el paso de los años, nunca llegué a crear un vinculo emocional que me permitiera sentir todo a aquello que los demás niños decían que sentían por sus abuelos. Mi abuela, una mujer que por aquel entonces no era muy vieja, era una mujer amargada y que continuamente me recordaba la actitud fría y distante de mi madre, actitud que se intensificaba cuando llegaba mi abuelo luego de un largo día en el pueblo. Por su parte, este hombre trataba continuamente de acercarse más a mí, pero desistía al momento ante la falta de conversación de su aburrido nieto.
Mis días en la finca fueron cambiando a medida que iba creciendo. En un principio no podía esperar para que llegasen los recesos y pasarme la totalidad de las vacaciones con mis abuelos, sin embargo, a medida que fui creciendo leí más fácil las actitudes de los adultos. Con el paso del tiempo me sentía como una carga que perturbaba su vida aburrida. Cada vez fueron más pocas mis preguntas hacia ellos cada vez fueron menos mis salidas por el campo y cada vez menos las veces en las que participaba en la cocina junto a mi abuela. Amaba la cocina, pero luego de un tiempo terminé fastidiándome y en efecto pasaban días sin salir de la habitación de visitantes de aquella antigua casa de barro y tablas.
Aquella tarde llovía como nunca y mi abuela se preocupaba por la subida del rio y la manera en la que esta podría tumbar el puente de manera, como lo había hecho antes. En lo personal, aquel razonamiento carecía de fundamento, pues el viejo puente se encontraba en una zona elevada y el rio en una zona bastante baja donde las faldas de dos lomas se encontraban. Mi abuelo no regresaba hacía un buen tiempo y la vieja mujer empezaba a impacientarse al tiempo que las gotas de agua caían como balas sobre el techo.
Pasó la tarde y la lluvia continuaba cayendo con gran violencia, hasta que la inestable electricidad termino cortándose por completo. Mi abuela terminó de perder la cordura y comenzó en medio de gritos a maldecir a mi abuelo, a dios, a la lluvia y la vida que había tenido que vivir. Ella, salida de sus casillas, me sorprendió al colocarse su gruesa ruana, un sombrero realmente grande y una mochila y salir por la puerta con una furia tan indescriptible como incomprensible. Allí quedé yo en aquella casa solo y a oscuras con una tormenta que parecía tumbar la casa y donde el único sonido que resonaba era el de la lluvia y los perros que a la lejanía no terminaban de ladrar. Mi confusión se convirtió luego en aburrimiento, y el aburrimiento se convirtió en terror para dar antesala al pánico. Un niño de ciudad esperaba en una tarde oscura y a solas en una casa que, a mí parecer, se encontraba en medio de la nada.
La violenta tormenta no había terminado y la oscuridad fue tomando por completo la casa. Las historias que continuamente contaban mis abuelos sobre las brujas, las animas y los demonios en el campo se vinieron a mi mente y me sentí acechado por mis propios pecados los que harían que alguna de esas cosas me llevara para siempre. En medio de la paranoia y el terror comencé a escuchar ruidos extraños, sombras que se movían con sigilo en mi capo visual y puertas que se azotaban con violencia. Todo esto era, probablemente, tan solo el producto de mi imaginación y a medida que la noche empezaba a caer me sentía más solo y triste.
En algún momento, el viento terminó por golpear con violencia la puerta de uno de los cuartos que mis abuelos mantenían siempre cerrada y la que me habían prohibido expresamente entrar. A pesar del terror de la oscuridad y la falta de luz, no pude disuadir a mi propia curiosidad por ver aquello tan valioso que escondían en aquel cuarto que yacía ahora entreabierto luego de que el viento y el oxido terminaran por romper las bisagras. Constantemente en mis sueños aquella puerta escondía desde una fabrica de embutidos de carne de niños, hasta un gran tesoro lleno de chocolate. En su lugar no encontré más que muebles cubiertos con mantas, platos empacados en cajas y un desván lleno de discos de vinilo.
Me encontraba decepcionado, si era una fabrica de embutidos o de chocolates la deseaba ver con todas mis fuerzas, pero ahora aquellos ancianos me parecían más aburridos. Saqué las mantas que cubrían los muebles y distinguí antiguos diseños de tapices, grabados de madera y todo tipo de cosas antiguas que me encantaba ver en los libros de historia. A pesar del poco asombro que esto me produjo, un viejo tocadiscos sí terminó por fascinarme. Se paraba sobre una mesa igual de cuidada que lo demás y su campana pintada de azul con flores terminó por cautivarme.
Tanto la tormenta como las brujas y los duendes fueron olvidados por mí, y en su lugar la fascinación por lo desconocido se apoderó del adolescente. Quería saber cómo era el funcionamiento de aquel artefacto y terminé tomando uno de los discos de vinilo de la repisa sin ser capaz de leer su titulo dada la oscuridad de la tarde. Examiné con mis dedos el disco y los relieves que este marcaba, así como lo gigantesco y pesado que era. Lo coloqué en el eje acompañado de la aguja y giré la manivela unas cuantas veces hasta que el disco empezó a girar y de la bocina salieron las notas de una canción de música clásica.
Tal y como lo harían casi catorce años después las notas del violín de una joven en el servicio público, “fate” de la 5ta sinfonía de Beethoven llegaron a mis oídos para jamás volverse a ir. Las primeras notas me aterrorizaron, las canción abría violentamente para luego pasar a algo que terminó iluminando el cuarto oscuro. Era inexplicable, pero el sol fue entrando por la ventana y los muebles tomaron poco a poco vida. Los muros hacían azules, amarillos, rojos, blancos y verdes a medida que avanzaba la canción. Mi mente se llenó de alegría, de esperanza, de sueños y del amor que nunca logré sentir por otra cosa u otra persona a parte de Zara. Eran como ondas que subían y bajaban, como una presencia alterna a mí que me guiaba entre pasos de baile aquí y allá.
Las notas subían y bajaban, los violines cantaban y la orquesta llenaba por completo el sonido de la copa del tocadiscos. Olvidé por completo mis temores, olvidé a mis padres, mis abuelos, a los abusones y la lluvia del exterior. Cada rechinar de mis botas con el piso entablado se hicieron uno con el disco y bailaba entre saltos, caminatas y asomes ocasionales a la ventana que continuaba húmeda por el caer de las gotas. Pero era verano, era otoño, era invierno y primavera, para luego regresar al verano. Perdí la noción del tiempo entre subidas y bajadas musicales, entre notas que iban y venían y que parecían perderse de nuevo entre las ondas del disco de vinilo y la bocina del tocadiscos. Era como si el dios en que creía por aquel entonces me hubiera hablado por fin, como si me hubiera dado una señal. Continué toda la noche, disco tras disco, sinfonía tras sinfonía y las horas pasaron sin que me diera cuenta.
Una mano me agarró de la camisa y otra levantó con violencia la aguja del tocadiscos apartándome del cuarto donde continuaba bailando despreocupadamente. Mi abuelo me sacó por fin del sueño musical y me aterrizó a la realizad en medio de gritos. Me dolía la cabeza, me dolían los pies y mi rostro estaba hinchado tan vez por las lágrimas, la garganta me dolía y estaba cansado, pero no me importó, a pesar de todo estaba feliz y ningún reproche logró borrarme aquella revelación divina.
Las ventanas estaban llenas de luz, pero esta vez no era la luz mágica de la música, era el amanecer y mi abuelo no se molestó en decírmelo amablemente.
- ¿Qué está haciendo? ¿Se atontó que tiene que madrugar a j***r con esa mierda? -. Mi abuelo no solo parecía estar molesto, también tenía un tufo a trago que la cebolla no era capaz de esconder.
-Yo solo entré porque la puerta se cayó y encontré esto para distraerme-. Respondí tímidamente y evitando que la luz de la mañana iluminase mis mejillas. -Que música tan bonita, nunca la había escuchado y…
-Hace tiempo clausuré este cuarto porque no hace más que pervertir a su abuela, por algo se los tenía prohibido-. Respondió violentamente en medio de su embriaguez. -Por cierto, a dónde se fue que no me ha hecho el desayuno.
Me decepcioné de la respuesta de aquel hombre que no disfrutaba aquella obra de arte como yo lo había hecho durante toda la noche sin darme cuenta. Le conté la historia de cómo mi abuela había desaparecido y terminó por irse a su cuarto a dormir. A lo largo de casi cuatro horas pude escuchar como el anciano se despertaba entre maldiciones y vomitaba para luego volver a dormirse y despertar a los treinta minutos a repetir el proceso.
-Qué asco, jamás seré como él-. Me dije al tiempo que hacía mi desayuno.
La vida da tantas vueltas y ahora era yo el vago que vomitaba en el baño de un bar donde a saber cuanta gente había puesto su culo en toda la noche. Me repuse ante tal ironía y me levanté para ir al espejo a verme de nuevo. No lo podía creer, seguía estando el rostro de aquel hombre con melena y barba, de alguien que una vez estuvo gordo y lo confundían con una ballena, pero ahora parecía un no muerto carcomido por alguna maldición de los libros de fantasía.
Los golpes en la puerta interrumpieron mis pensamientos de nuevo y la voz de Lorena se filtró por la puerta.
-Jonathan ¿estás bien? Si no respondes voy a terminar por hacer que tumben la puerta-. La mujer parecía realmente preocupada, pero no fui capaz de responder más que con un tajante “sí”
-Bien, Jonás, aquí hay una chica que quiere hablarte, parece que es algo importante. Por favor date prisa.
No sabía quien podría estarme buscando en un lugar como ese. Desee con todas mis fuerzas que fuera ella, pero no me haría ilusiones y me lavé el rostro para entrevistarme con aquella mujer misteriosa.