Después de la asamblea, las cosas en el pazo empezaron a mejorar de una manera que nunca hubiera anticipado. El apoyo de los aldeanos, sumado al inesperado dinero de mi bisabuelo, don Adolfo, fue el impulso que necesitábamos para arrancar las obras de restauración casi de inmediato. Sentía, por primera vez en mucho tiempo, que algo bueno estaba ocurriendo. El pazo, que durante años había estado sumido en el abandono, comenzaba a despertar. Los primeros días fueron un caos controlado. Los albañiles llegaron temprano para reparar los muros y los carpinteros no tardaron en devolverle vida a los viejos pisos de madera. Todo avanzaba a un ritmo que me impresionaba, pero lo que más me sorprendió fue la solidaridad de la gente del pueblo. Muchos venían a ayudar sin esperar nada a cambio, aunque

