Capítulo 4

1306 Words
Relator omnisciente La mujer estaba sentada en una silla con sus manos atadas detrás y puesta en los ojos una venda que evitaría que mirara a su interlocutor. Aún estaba inconsciente, a juzgar por la posición de la cabeza, que colgaba hacia un costado. Volvió en sí lentamente, con la cabeza pesada, se asustó mucho cuando descubrió que no podía ver, solo llegaba a ella los reflejos de una luz encendida y algunas sombras, nada más. Quiso quitarse la venda pero algo le impidió mover las manos, éstas empezaban a dolerle por la presión de las cuerdas que las apretujaban. Se quejó levemente ya que al moverse palpitó el costado de su ojo, lo que le recordó el terrible puñetazo que recibió al resistirse. Al instante supo que no estaba sola. Había una presencia allí, aunque no pudiera verla. La presentía a pesar de estar en el más absoluto silencio. Había un olor particular pero estaba mezclado con otros así que se difuminó rápidamente y no llegaba a convencer del todo a sus fosas nasales. —Al fin despiertas —una voz distorsionada seguramente lograda gracias a un aparato habló. Se sobresaltó. Recién en ese momento recordó a su hermano y a su hija. "Dios, ¿qué hora es? Douglas estará extrañado porque no regresé. Si algo me pasa, ¿qué será de ellos?", decenas de estas preguntas surgían en su mente embotada. —Señorita Miller...¿es ese su nombre? —no entendía cual era el interés. Ella no era nadie, no tenía importancia. —S-si. Soy Danna Miller —trató de pronunciar bien las palabras, necesitaba ser clara. Así le había enseñado alguien una vez, cuando tuvo que enfrentar un interrogatorio. —¿Qué hace en la ciudad, señorita Miller?¿ Por qué está usted aquí? ¿Desde cuándo está aquí? —le sorprendió las preguntas. ¿Por qué alguien estaría interesado en ella y en lo que hacía?  —Y-yo...no entiendo. ¿Por qué necesita saber esas cosas de mi? Y-yo...simplemente soy...—empezó a excusarse cuando fue interrumpida. —Yo soy el que hace las preguntas y usted solo responde. Entiende la situación en la que está, ¿verdad?  —podía sentir como la voz se impacientaba de a poco. —S-si. Perdón. —¡Responda! —Yo vine aquí porque necesitaba trabajar, acabo de mudarme. Sólo llegué aquí hace una semana, conseguí trabajo con un señor que hace servicio de catering. —¿Dónde estaba antes?  —Y-yo...no sé si usted va a entender.... —no sabía como decirle de aquel lugar del que casi nadie sabía. —Pruébame.  —Yo estuve viviendo en la comunidad de Los Catsuitas. Y por una situación familiar tuve que venir aquí, al otro lado para poder trabajar. —Señorita Miller, voy a ser claro con usted. Mi cliente me contrató porque necesita saber ciertas cosas que le interesan, hay algo que usted se llevó cuando se fue de aquí hace casi tres años... —N-no entiendo...yo hace tres años volví a mi comunidad. —¿Y antes de eso? —Estuve casada... —Tengo entendido que con...Jason Connor, un policía que tenía la misión de custodiarla... —Así es... —¿Y qué pasó luego?  —Yo...me dijeron que él se había marchado a una misión en África y que no regresaría jamás. Me preguntaron si tenía un lugar adonde ir ya que nunca había estado sola fuera de mi comunidad. Les pedí que me dejaran afuera de la aldea, en la que estuve viviendo hasta hace poco más de una semana. —¿Por qué regresó aquí, señorita?  Las lágrimas surgen a torrentes por su rostro. Un silencio se hace presente. Puede sentir la impaciencia del que la interroga. Bufa, suspira, silba... —Porque mi abuela falleció y debo alimentar a mis hermanos.—algo le impidió declarar el verdadero origen de Lucille, quizá un sentido antiquísimo de supervivencia. Otro silencio incómodo. —Como le decía, hace tres años usted se marchó llevando algo que no era suyo....—ella frunce el ceño para intentar recordar. Pero nada. Llegó a la aldea sin nada, solo con lo puesto...y con algo más que lo material, con un recuerdo latente de lo que había tenido con Jason Connor. No entendía porque lo recordaba en estos momentos, él tenía la capacidad de filtrarse en sus pensamientos cuando menos lo pensaba o esperaba. —No entiendo...yo no me llevé nada. —Hay cierta persona que declaró que usted le robó dinero...mucho dinero, el que casualmente desapareció con usted, el mismo día en el que se marchó. Hay testigos que declaran haberla visto a usted retirando del banco un monto bastante elevado. La sorpresa es mayúscula. Ella ni siquiera sabía para que servían los bancos. —No sé de que habla. De lo único que estoy segura es que yo llegué a mi aldea sin nada, con las manos vacías, así como me fui, regresé. Mi esposo me había abandonado, se había ido del país y no regresaría nunca. Me mandó a firmar el divorcio antes de hacerlo así que yo no tenía nada. La voz carraspeó. Era extraño que hiciera esto pues no sonaba humana. —¿Quién le dijo esto? Lo de su esposo... —El jefe Jhonson y Luke Clarke...ellos, son policías y eran compañeros de trabajo de mi esposo. Se sobresaltó al escuchar un violento ruido. alguien había roto algo. Empezó a sollozar fuerte del miedo. —Por favor...necesito ir al baño —le dio tanta vergüenza expresar esta necesidad a un extraño pero peor era orinarse encima. —Tiene prohibido quitarse la venda. Si esto ocurre, no sabe lo que le espera. ¿Estamos claros?. —Asintió con la cabeza. Unas manos la levantaron del brazo y la guiaron por un trecho, escuchó una puerta cerrarse y con una de sus piernas, tocó lo que parecía ser un inodoro. Sus manos estaban libres pero aun no podía sentirlas del todo, los brazos le hormigueaban. Se sentó un buen rato sintiendo al fin la liberación de su vejiga. Salió aun sin poder ver nada, nuevamente la condujeron y la sentaron en la silla. Esta vez resopló aliviada al ver que sus manos continuaban libres. De todas maneras consideró que era inútil tenerla atada, no sabría adonde ir de todas maneras, no sabía donde estaba ni quienes estaban allí. Podía percibir la presencia de varias personas que permanecían en silencio.  —Entonces, usted dice que le hicieron firmar un documento en el cual usted y el señor Connor estaban divorciados. —Así es, pero esto no quise decirlo porque me hubieran echado de mi comunidad. Tuve que mentir que continuaba casada para que aceptaran que me quede. No tenía adonde más ir. —nuevamente el llanto se hace presente, odiándose por no tener nada de orgullo. Luego de una pausa que pareció eterna, vibró la mecánica voz. —Vamos a investigar todo esto que nos dice, señorita. Mientras, le voy a pedir que no salga de la ciudad, consiga un trabajo digno, múdese a otro barrio en cuanto pueda o volverá aquí. La seguiremos investigando. La dejaremos cerca de su casa. Andando —ordenó y en el acto nuevamente varios pares de manos la condujeron por un camino que no podía vislumbrar. Ella no podía creer. ¿La dejarían ir? Una brisa de alivio le hizo secar el sudor y las lágrimas. No quiso decir nada para evitar que cambiaran de opinión. Caminó por donde la guiaban, la subieron en un vehículo y luego escuchó cuando éste se marchó a toda prisa mientras ella permanecía temblando de miedo en medio de la calle. Hizo un esfuerzo por escuchar si había alguien, al darse cuenta que estaba sola, recién se atrevió a quitarse la venda. Caminó un par de calles y corrió llorando hacia el departamento.
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