A la mañana siguiente, Wolfgang despertó por los múltiples golpes de la manilla contra la puerta de madera de su habitación. Sus ojos se entreabrieron, tratando de preguntarse qué hora podía ser, o si tenía algo pendiente para ese día. Con echarle un vistazo al sol desde su balcón pudo percatarse de que ya iba siendo hora de partir en su misión.
—Rayos —Dijo quejándose. Para así levantarse y dar unos cuantos pasos hasta la puerta, cubriendo su parte íntima con las sábanas de su cama. Pues la noche anterior había estado muy movida.
Al abrir se encontró con uno de los múltiples soldados del castillo, un hombre alto con armadura y casco.
—Un mensaje para usted —. Mencionó el soldado entregando una carta, para inclinarse un poco como señal de respeto y retirarse por el pasillo de piedra.
La carta se encontraba cerrada por la cera de una vela roja. Al abrirla leyó el siguiente mensaje:
“Caballero del Rey, Wolfgang Firklous. He encontrado un grupo de soldados que podrán ayudarnos en este extenso viaje. Estoy seguro de que estos hombres no te decepcionaran, algunos son excepcionales en el arte de la espada, y otros en el manejo del arco y flechas. Sugiero, si me permite, partamos en el sol de la tarde. Estaremos reunidos a las puertas de Agzafrzul Atentamente:
—Barry Firklous, Maestro de la Academia de Armas, del Rey Klaus Gardgren, Reino de Nordiha.”
Wolfgang Firklous realizó los preparativos para la llegada de la tarde, se dirigió hasta los establos en búsqueda de su caballo pues intuía que su tío Barry y todos los demás estarían preparados a las puertas de la ciudad para partir al Bosque de las Hadas. Al llegar todos se encontraban armados con espadas, arcos, flechas y provisiones.
—Entonces ¿Estamos listos para partir? —pregunto Wolfgang.
Sus soldados le asistieron y los hombres montaron sus caballos para comenzar a cabalgar hasta adentrarse al denso bosque del reino de Nordiha. Pinos altos dibujaban un hermoso paisaje por el camino destino al Bosque Gardelumino se adentraron por el bosque lo más que pudieron hasta la caída de la noche, la luz de plata que la luna les otorgaba iluminaba su anochecer. Se encendieron algunas fogatas y algunos hombres se mantuvieron despiertos a lo largo de la noche, recorriendo el área para evitar un ataque sorpresivo.
Los hombres comían carne de venado recién cazado y lo combinaban con algunas provisiones llevadas para el viaje. Se preparaban para una noche, que sin saberlo. Sería una muy larga, las tiendas de campaña se habían montado, pero solo serían utilizadas por ese día. Ya que al siguiente, tendrían que continuar con su viaje hasta el bosque Gardelumino.
Cuatro jóvenes soldados se encargaban de vigilar mientras el resto de los hombres dormían profundamente. El calor de la fogata los mantenía calientes, por la hora hacía mucho frio. Pero su tranquilidad fue interrumpida cuando un ruido parecido a la fractura de una rama dentro el bosque de pinos, los hizo entrar en alerta.
Los soldados vieron sus rostros unos a otros, pero el más valiente decidió levantarse del tronco donde se sentaba y fue a echar un vistazo, no sin antes encender con el fuego de la fogata, una antorcha para iluminar la en la oscuridad.
—Quédense donde están —murmuró el hombre, haciendo con su dedo y sus labios una señal de silencio, mientras con una mirada de intriga se acercaba hasta el área donde el ruido había sido emitido.
Los otros guardias se quedaron en su puesto, pero uno en especial estaba despavorido. Como si en algún momento fuera a morir, esperando a que su compañero informará de lo sucedido. El hombre avanzo poco a poco, iluminando con la luz que proporcionaba la antorcha.
Hasta que vio un pequeño conejo salir de los arbustos correr lejos. El sujeto suspiro y regreso a su puesto.
—Era solo un conejo —comento a su compañero. Aliviado los nervios de los soldados y por supuesto, del más asustadizo.
—Parecías temeroso —contestó el soldado, quien se burlaba de este último.
—Iré a orinar, ya vuelvo —dijo el hombre que había estado sentado con miedo en el tronco.
El hombre se adentro la bosque y llegó hasta uno de los pinos, donde comenzó a cantar mientras trataba de evacuar todo aquel miedo que sentía.
~Soy solo un hombre… desesperado… Una bella Ninfa que me ame es lo que quiero… ~
~Con tu bello canto, tú mi corazón podrás aliviar, oh aliviar… ~
~Si tu amor me pudieras dar, yo feliz podría estar… Oh bella Ninfa yo feliz podría estar… ~
Cantaba haciendo que su voz pudiera escucharse hasta donde sus compañeros, quiénes disfrutaban de escucharlo cantar pues él en especial, tenía una hermosa voz cuando cantaba. Pero repentinamente, su voz se esfumó. Su antorcha se encontraba apagada también. Los soldados sentados observaron la ubicación a la que el hombre había ido sin poder observarlo. Pronto, los nervios en todos afloraron. Milo, era un simple soldado pero era querido por todos.
—¿Milo? —Soltó uno de ellos mientras se levantaba de su puesto, para dirigirse hasta el lugar donde se suponía debía estar él.
—¿Milo? —Pregunto con miedo, y tembloroso.
«¿Dónde estará?»
Preguntaba a sus adentros, aquel soldado.
Acerco su cabeza hacia la zona más oscura esperando poder ver a Milo, su mirada era intrigante y el frío del bosque de pinos solo aceleraba sus nervios. cuando repentinamente Milo apareció de golpe, con unas astas de venado que recién habían cazado para comer, asustado a su compañero. Y riéndose por su cometido.
—¡¿Te caíste cuando naciste verdad?! — preguntó a gritos el soldado asustado.
—¡JA, JA, JA! Debiste ver tu cara —dijo burlándose el soldado, mientras movía su cabeza con las astas de venado de aquí allá.
Ambos regresaron a sus puestos, Milo aún reía pero su compañero parecía no querer dirigirle la palabra de lo molesto que estaba.
—Cuando me vuelvas a hacer otra broma así yo te matar… —Pero, su habla fue interrumpida, cuando una flecha salida de la nada atravesó su cabeza de lado a lado. Los hombres se levantaron de sus troncos de madera y blandieron sus espadas en un instante.
—¡NOS ATACAN! —. Exclamó Milo. Desenvainando la espada que guardaba en su funda aún lado de la cintura, los hombres surgían de sus carpas armados con sus espadas preparados para morir peleando y bañar sus aceros de sangre enemiga.
De las sombras que proporcionaba el bosque de pinos, surgían hombres vestidos con capaz negras y capuchas de igual color. Se camuflaban con la oscuridad que todo el bosque les otorgaba, eran rápidos y utilizaban cuchillos para pelear. Sus ropas de cuero n***o y piel, era lo que llevaban bajo los mantos del mismo color. Su protección era ligera, pero era una combinación mortal, agregado a su velocidad, que no parecía normal para un ser humano.
Wolfgang y Barry surgieron de su tienda y observaron como uno de sus hombres se encontraba en el suelo con una flecha que atravesaba su cabeza. Lo que los hizo enfurecer más.
—Se van a arrepentir de eso —. Murmuró el caballero del rey.
Acto seguido, uno de los hombres dio unos cuantos pasos y se dispuso a hablar
—No es necesario un derroche de sangre, no queremos violencia. —explicó un hombre, que parecía ser el líder de todos, con una sonrisa, que era lo único visible de su cuerpo. Pues absolutamente sus ropajes les cubrían.
—Solo queremos la cabeza del maestro de armas y el caballero del rey —continuo, manteniendo la misma expresión facial.
Todas las fuerzas de Agzafrzul voltearon a mirarse los unos a los otros mientras Barry Firklous, con su distinguida mirada y su ceja arqueada se dispuso a contestarle al hombre de n***o.
—Elegimos la violencia —. Pronto iniciaron una lucha y la danza de espadas contra cuchillos parecía sería inminente, los encapuchados eran buenos en el arte del manejo de los cuchillos. Algunos hombres recién despertaban del alboroto que se formaba afuera. Algunos con simples ropajes y otros incluso con simples pantalones.
En la lucha Wolfgang y Barry se cuidaban las espaldas. Ninguno de los encapuchados tenía oportunidad contra ellos. Wolfgang blandía la espada contra estos sujetos vestidos de n***o, mientras que Barry ya había logrado acabar con tres de estos malnacidos.
—Barry —Pronunció Wolfgang.
—Me estas haciendo quedar en ridículo — explicó el caballero del rey, con una sonrisa que podía quemar incluso al enemigo, podía hacer surgir molestias en ellos con ella. Haciendo sus movimientos más torpes y más fáciles de derrotar. Al ellos realizar estos ataques más desesperados producidos por el enojo.
Los hombres de n***o habían logrado acabar con algunos de los soldados, pero sus bajas habían sido mayores. Después de todo, parecían más una facción de asesinato. No estaban hechos para el combate cuerpo a cuerpo.
—Sombras Nocturnas, ya le dejamos un mensaje al Caballero del Rey y su Maestro de Armas. —Mencionó el líder de las sombras nocturnas. Un hombre de capa larga con capucha, ropajes de cuero y piel de lobo como abrigo para el frío.
Acto seguido, los hombres desaparecieron en la oscuridad de la noche, como su mismo nombre lo decía, como si de Sombras Nocturnas se tratasen.