El si podía escuchar sus chillidos, también sus quejas, podía sentir la sangre írsele a la cabeza y la respiración faltarle, aun así nadie más que él podía verla al perecer, pues nadie lo detenía, nadie le hacía caso y era una mujer a la que se llevaban como un saco de papas, como simplemente un objeto. Ya Ever no miraba más que a su novia, ya no visualizaba a nadie más que el animal que se la arrebató de las manos, su sudor ya no era de la pelea, ni tampoco su respiración, mucho menos su disparada frecuencia cardíaca. Justo allí, justo cuando aquel individuo estaba a punto de salir con Eleonor victorioso quien sabe para hacer qué con ella, Ever estrelló su cuerpo contra el mismo hierro de la puerta, de tal manera que Eleonor estuvo a punto de caer de cabezas sino es porque el boxe

