Capitulo1
El amor lo soporta todo: la mentira más grande.
POV LOLITA NAVARRO
La risa de Adriana fue lo primero que escuché.
Demasiado familiar para no reconocerla.
Una risa… a la que estaba acostumbrada sin saber del veneno que escondía.
Me detuve frente a la puerta entreabierta de la oficina de mi esposo, con la mano suspendida en el aire.
Durante un segundo pensé en retirarme.
Pero entonces su voz volvió a sonar, algo en su tono me erizó la piel.
—Gabriel… en un mes Lola cumple veintiún años.
Mi nombre, pronunciado así, sin cariño, me atravesó.
—El testamento es claro —continuó Adriana—. Recién entonces puedes tomar control absoluto de la herencia de los Navarro. Solo así Atlantic Group será tuyo. Absolutamente tuyo.
Empujé la puerta apenas un poco más, pensando en que todo podría ser una broma.
Lo que vi me dejó sin aire.
La vi acomodarse en su regazo.
No cerca.
No inclinada hacia él.
«En el regazo de mi esposo.»
Sus piernas cruzadas con descaro, sus brazos rodeándole el cuello.
Gabriel no se movía. Ni la apartaba.
La sostenía con naturalidad, con una familiaridad que nunca tuvo conmigo.
—Un mes —respondió él, con voz serena—. Solo un mes más.
Ella sonrió, satisfecha.
—Y luego… ¿qué harás con ella?
Gabriel bajó la mirada hacia Adriana. En sus labios apareció una mueca fría, calculada.
—Lo que he debido hacer desde el primer día en que llegó a la mansión Salvatierra—dijo mientras hacía una pausa peligrosa— Arruinarla, aplastarla, alejarla de mi vida para siempre, ella solo ha sido un títere que necesito para apoderarme de todo esto.
Mi garganta ardió.
—¿Un títere? —repitió Adriana—. Pobrecita… creyendo que es “una esposa amada de verdad.”
—Nunca lo fue —sentenció él, con un desprecio que helaba—. Jamás podría serlo…Es solo un trámite… una obligación heredada. El único medio que tengo para cobrar venganza por la muerte de mis padres.
Ella apoyó la cabeza en su hombro.
—Tantos años fingiendo que la tolerabas… debes estar agotado, sobre todo en estos últimos dos, desde que se convirtió en tu esposa.
Gabriel soltó una risa breve, sin humor.
—No tienes idea de cuánto…
El aire dejó de entrar a mis pulmones.
—La odio —añadió—. La he odiado desde el día en que los Navarro destruyeron mi vida.
Adriana chasqueó la lengua, parecía complacida con cada palabra.
—Un patito feo con gafas, torpe, ingenua… jamás estuvo a tu altura “darling”
Su risa fue una cuchillada.
Yo era ese “patito feo.”
La esposa legal.
El estúpido títere que manejaba a su antojo.
Mis manos comenzaron a temblar.
La pequeña caja de galletas que había horneado para él —por nuestro segundo aniversario— resbaló entre mis dedos y golpeó mi muñeca. El aroma dulce, tibio, recién hecho, me revolvió el estómago.
Qué ironía.
Celebrar un matrimonio que nunca le importó.
—Pobre de ti —continuó Adriana—. Aguantarla tanto tiempo…
Ella era mi prima.
Mi amiga.
La misma que me decía que no necesitaba cambiar mi forma de vestir porque Gabriel “me amaba por quien yo era”.
La misma que me acompañaba a elegir mis lentes.
La que me abrazó el día de mi boda y me dijo que estaba hermosa.
Todo fue una mentira.
Sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies.
Mi respiración se hizo pequeña, filosa.
Intenté dar un paso atrás y me temblaron las piernas.
La voz se me llenó de nudos, los ojos de vidrio.
No podía seguir escuchando.
No podía respirar el mismo aire que ellos.
Retrocedí lentamente intentando no ser descubierta.
En uno de los basureros de la calle tiré las galletas que había horneado con cariño. No las merecía. No merecía nada de mí.
Huí con las lágrimas cayendo sin control, con el pecho apretado, con la certeza brutal de que mi vida entera había sido una farsa cuidadosamente diseñada por Gabriel Salvatierra.
Llegué a la mansión en la que vivíamos.
Mis pasos me llevaron allí por inercia, al único lugar que conocí como hogar desde los quince años.
Aquí viví tras el accidente que transformó nuestras vidas.
El día en que mis padres, Manuel y Rosaura, murieron.
El día en que mi tío Ramiro, y los padres de Gabriel —Diego y Elena—, también se fueron.
Cinco ataúdes.
Cinco vidas arrancadas de golpe.
Dos familias destrozadas.
Ellos construyeron Atlantic Group, juntos.
Diego Salvatierra, el estratega, el CEO, el cerebro del imperio.
Mi padre, Manuel Navarro, el ingeniero naval que creó la estructura, la fuerza.
Mi madre, Rosaura, la arquitecta que dio alma y belleza a cada diseño.
Elena, la voz impecable del marketing, la imagen del poder.
De una empresa familiar pasaron a dominar la industria naviera europea.
Yates de lujo.
Transporte marítimo.
Logística.
Ingeniería.
Puertos.
Éramos la élite.
Somos la cumbre de la industria.
Un legado construido con amor… uno que pensé que Gabriel y yo habíamos heredado para unirnos de por vida.
Crecimos juntos. Fuimos grandes amigos de infancia.
Mis padres confiaban en él ciegamente.
—Gabriel es familia, Lolita —me decía mi madre—. Siempre cuidará de ti.
Recuerdo la última conversación con mi padre.
—Si algo nos sucede, princesa, confío únicamente en Gabriel para protegerte. Nunca te fallará.
Qué cruel mentira….
Cuando yo me quedé sin nadie, tan sola como él, a los veintiún años, Gabriel se convirtió en mi tutor legal… y en el CEO del imperio que nuestros muertos dejaron atrás.
Me cuidó.
Me educó.
Me controló.
También cuidó de Adriana y de su madre, Fabiola. Cuando mi tío murió y ellas se quedaron sin nada, las acogimos bajo el mismo techo.
Yo las recibí con los brazos abiertos… sin saber que estaba dejando entrar a mis propias enemigas.
Entre en mi habitación, sentada en la cama pronuncié:
«Familia».
La palabra que más duele cuando se convierte en traición, porque casi siempre viene de quienes llevan tu misma sangre.
Me casé poco antes de cumplir diecinueve años.
Gabriel dijo que me amaba. Que era lo correcto.
Que así protegía mi futuro y consolidaba su posición en la junta.
El me ofreció un acuerdo por el amor que me tenía, no habría cercanía física hasta que alcanzara los veintiún años y estuviera plenamente segura de corresponderle.
Él lo impuso.
Por eso cada uno tenía su habitación.
Prometió esperar.
Prometió respeto.
Prometió amor.
Ahora entiendo que eso solo fue una maldita excusa, un escudo para mantenerse lejos de mí, del “patito feo” que seguramente le provoca repulsión.
No era paciencia.
¡Era rechazo.!
Lloré abrazando el retrato de mis padres hasta que mis brazos cedieron.
Sus miradas parecían atravesarme, cargadas de una decepción que me quemaba la piel.
Alguna vez escuché que: “el amor lo soporta todo.”
¡Qué mentira más grande.!
Amo a Gabriel… y al mismo tiempo, él me está matando desde adentro.
Su traición, su frialdad, su indiferencia… me arrancan pedazos de mí que nunca volveré a recuperar.
Esta es mi realidad:
Mi esposo me odia.
Mi prima me traicionó…ambos lo hiciero.
Y lo más probable es que en un mes… perderé todo.
¡Pero no.!
No les daré ese poder.
Porque si algo quedó claro hoy, es esto:
No puedo seguir siendo la esposa conveniente, sumisa.
La heredera dócil.
La tonta agradecida.
Si Gabriel Salvatierra cree que puede deshacerse de mí cuando cumpla veintiún años…
¡Se equivoca.!
Porque antes de que él me abandone, seré yo quien ponga fin a este matrimonio.