El precio de confiar
POV LOLITA NAVARRO
Un sonido me arrancó del sueño profundo en el que me había sumergido.
Tres golpes secos en la puerta de mi habitación.
Toc. Toc. Toc.
Al alzar la vista hacia la ventana, descubrí que la noche había descendido en silencio.
—¿Lola… estás despierta?
Su voz era demasiado dulce que me resultaba empalagosa.
Una de esas voces que aprendí a asociar con el cariño… hasta hoy que descubrí que también podía ocultar veneno.
«Adriana». Mi prima.
Sentí ese presentimiento que nace en el estómago, ese que avisa peligro cuando el corazón todavía se niega a creerlo.
Me incorporé lentamente, abrazando la manta con fuerza, buscando protegerme de lo inevitable.
Ella estaba allí. Parada en el umbral de la puerta.
Su sonrisa era perfectamente cálida. La misma que durante años me hizo confiar, la misma que me convenció de que era más que mi prima: mi hermana, mi confidente, mi amiga.
Pero ahora… ahora aquella sonrisa tenía otro significado. Ya no podía verla sino como lo que era: la vulgar amante de mi esposo.
Era el símbolo de una promesa silenciosa de daño, una que nunca más la podría ver de consuelo.
Cada uno de sus gestos —el leve arqueo de los labios, el brillo calculado de sus ojos— me resultaba perturbador.
Por primera vez, la máscara había caído y me permitía ver el rostro auténtico que se ocultaba detrás: una mujer malvada además de desvergonzada.
Todo había sido una actuación.
Adriana tenía veintisiete años. La misma edad que Gabriel. Siempre creí que eran solo amigos, compañeros de instituto, dos caminos que coincidían sin tocarse realmente.
¡Qué ingenua fui.!
—Lola… —repitió mi nombre, inclinándose en el marco de la puerta—. Acabamos de llegar del trabajo. Gabriel y yo pensábamos cenar en familia. ¿No quieres unirte?
Preguntó cruzando sus brazos con una seguridad que antes admiraba… y que ahora me erizaba la piel.
Mis manos temblaban. El corazón me latía con un miedo antiguo, instintivo. Cada palabra suya era un recordatorio cruel de todo lo que había creído, de todo en lo que confié.
—Claro… —susurré, con la voz rota—. Claro que sí.
El camino hacia el comedor fue un desfile de recuerdos convertidos en traición. Cada paso me devolvía la imagen de la niña ingenua que aceptó todas las mentiras de quienes llamaba “familia”.
Al entrar, lo vi.
«Gabriel Salvatierra»
Sentado al extremo de la mesa.
Recto. Imponente. Frío. El mismo hombre que durante dos años ha sido mi esposo… y mi carcelero disfrazado de protector.
Mi tía Fabiola movía las manos con una dulzura impostada, un gesto aprendido para disfrazar también su crueldad. Ya no albergaba dudas: era seguro que también era parte del complot que tenían contra mí.
Adriana, al otro lado de la mesa, se mostraba perfecta, inmaculada, envuelta en una hipocresía tan refinada que me revolvía el estómago.
La mesa estaba puesta con una elegancia impecable.
Sonreí con disimulo; hoy entendí que nunca fueron mi familia.
Todo había sido una escenografía. Una obra cuidadosamente montada para arrebatarme absolutamente todo.
Gabriel me observó con atención.
Quizá notó mis ojos hinchados, la nariz inflamada.
—Lola, cariño… ¿te sucede algo? —preguntó—. ¿Has estado llorando?
Antes, esas palabras me habrían reconfortado, alimentando la ilusión de que su preocupación nacía del amor.
Durante mucho tiempo justifiqué su frialdad: el peso de un imperio, me decía, no dejaba espacio para la ternura. Yo lo comprendía, lo perdonaba… todo porque lo amaba.
Hoy… hoy todo lo que escuchaba carecía de importancia.
—No, Gabriel —mentí—. En la universidad está circulando un virus; debo haberme contagiado. Me siento indispuesta… quizá sea influenza.
Asintió y llamó a la sirvienta.
Ordenó que me prepararan un té.
Su forma de cuidar siempre fue esa: distante, eficiente, autoritaria.
Forcé una sonrisa.
Durante estos años sobreviví rodeada de engaños, farsas cuidadosamente construidas.
Hoy era nuestro aniversario.
Y él no lo recordó.
Solo recordaban mi cumpleaños.
Y yo ya sabía la razón por la cual para ellos también era importante.
—Lola querida —dijo mi tía—, el próximo mes cumples veintiún años. Queremos hacerte una gran celebración.
—Gracias… —murmuré—, pero estoy agotada por los exámenes. Preferiría no festejar.
Gabriel me estudió.
Sabía detectar grietas. En su mundo, el depredador siempre encontraba a la presa más débil.
—Es tu cumpleaños veintiuno —insistió Adriana—. Debemos celebrarlo.
Contuve el asco.
Antes de que pudiera dar mi opinión, Gabriel decidió por mí, como siempre.
—La fiesta se hará —sentenció, con voz baja y firme, sin mirarme—. No es una sugerencia, es una decisión para celebrarte, Lolita.
No hubo espacio para réplicas. Su voluntad, implacable y absoluta, se imponía sin esfuerzo, y todos a su alrededor la aceptábamos como una ley inapelable.
—Está bien —respondí con fingida sumisión—. Hagan la fiesta.
—Fabiola —ordenó Gabriel—, encárgate de todo. Y si necesitas dinero, avísame.
Así resolvía todo: con poder y dinero.
Yo bajé la cabeza.
Sumisa. Silenciosa.
¿Cuántas banderas rojas ignoré?
¿Cuánto me engañé?
No toqué ni un bocado de la cena.
Gabriel lo percibió de inmediato, con esa mirada analítica que parecía leer cada uno de mis pensamientos sin excepción.
—Cariño, no has comido —dijo, con voz suave, medida, casi condescendiente—. ¿Te encuentras bien?
Cada palabra suya llevaba un filo invisible: atención revestida de dominio, preocupación teñida de peligro.
No había manera de ocultarle nada.
La voz de mi tía irrumpió, dulce en apariencia, cruel en el fondo.
—Querida, no olvides tomar tus vitaminas —dijo—. Eso te ayudará a no enfermar.
Asentí sin discutir.
Era un gesto automático.
La imagen de la pastilla blanca cruzó mi mente. La tomaba todos los días, siempre a la misma hora.
Sin embargo, nada en mí reflejaba esa supuesta mejoría que mi tía Fabiola insistía en ver. Mi piel seguía grasa, mis uñas frágiles, mi cabello quebradizo.
«Tal vez… nunca habían sido vitaminas.» pensé.
Sacudí la cabeza, obligándome a dejar atrás ese pensamiento. No era el momento de sospechar.
Me giré hacia Gabriel. Su atención estaba ahora puesta en su teléfono.
—Gabriel… —mi voz tembló apenas, lo suficiente para que sonara frágil—. Si no es molestia, ¿me permitirías retirarme a descansar?
Fingí toser, llevando la mano a mis labios.
Él alzó la mirada con visible fastidio.
—Si, puedes retirarte. Descansa. Si sigues así, le pediré a Pedro que te lleve al médico.
Asentí y me retiré.
En mi habitación, la verdad me aplastó.
Gabriel siempre decía que no necesitaba amigos. Que todos se acercarían por interés.
Y yo… Maldita sea le creí.
Permití que me aislara.
Que me encerrara.
Que me hiciera dependiente de su dominio.
—Fuiste una tonta…Lola —me susurré entre lágrimas.
Ahora lo entendía.
Me había envuelto en su tela de araña con paciencia siniestra.
Hasta dejarme completamente sola.
¿A quién podía acudir?
¿Quién podría ayudarme?
Intente dormir un poco tratando de olvidar que el miedo no descansa.
A la mañana siguiente, Gabriel ya se había ido.
Algo que me hizo suspirar de alivio.
No fui a la universidad.
Nadie lo notó.
Quise bajar a comer algo, mientras camine despacio por el pasillo, escuché sus voces tras una puerta entreabierta. Eran Adriana y mi tía Fabiola.
—Mamá, no olvides darle el nuevo frasco de “vitaminas” a Lola.
La sangre se me congeló.
—Si hija lo he olvidado —respondió Fabiola—. Pero luego voy a verlas. ¿Has visto cómo está? El acné está destrozando su rostro, su cuerpo… cada vez más gorda.—soltó entre carcajadas crueles.
Todo encajó.
Mi peso. Mi piel. Mi cansancio.
Ellas lo estaban provocando.
—Solo queda un mes más mamá —dijo Adriana—. Cuando entregue sus acciones… la botaremos. Yo podré convertirme en la única esposa de Gabriel, apenas se divorcien.
Me tapé la boca.
—Quizá lo mejor sería que Gabrielito se convierta en viudo. ¿no crees? —añadió Fabiola.— Buscare a la curandera que nos ha estado ayudando. Quizá tenga un veneno que no deje rastro.
Ellas querían matarme.
Supe, con un dolor que me partió el alma, que Gabriel probablemente era parte de todo esto.
Él era cómplice y verdugo; me había entregado a las garras de esas mujeres.
Este era el precio que tenía que pagar por confiar en las personas equivocadas.