Capítulo3

1661 Words
Del miedo nace la determinación POV LOLITA NAVARRO Tenía que huir. Salir de esa casa antes de que su maldad se cerrara sobre mí como un ataúd. Pero, ¿A dónde iba a ir si no tenía a nadie? Toda mi vida, toda mi confianza, toda mi inocencia la había depositado en personas que ahora querían matarme.. Un frío paralizante recorrió mi espalda, y con él, un miedo que me dejó inmóvil por un instante. No podía acudir a un abogado. No podía confiar en nadie dentro de la empresa; todos eran fieles a Gabriel. Esta era mi verdad, cruda e implacable: estaba sola. El peso de esa soledad me aplastaba mientras bajaba las escaleras con pasos silenciosos, midiendo cada movimiento, sintiendo cómo el miedo se enroscaba en mi pecho y amenazaba con ahogarme. Cada sombra parecía acecharme, cada silencio retumbaba en mis oídos, y aun así, me exigí avanzar. La puerta se cerró a mis espaldas con un golpe seco. Necesitaba alejarme un momento, tomar aire, ordenar mis pensamientos lejos de todo lo que me estaba asfixiando. Caminé con pasos lentos, avanzando sin un rumbo fijo, buscando en mis propios pasos la fuerza que nadie podía darme. Las calles se volvieron ajenas. Los recuerdos, implacables haciendo que todo comenzará a encajar. Su ausencia se volvió constante. Los viajes se acumulaban, siempre con excusas que sonaban vacías, y la mayor parte de ellos los hacía acompañado de Adriana, como si yo no existiera. Cada vez que le pedía ir a uno de sus viajes, él sonreía y negaba con suavidad: —No querrías venir… es de trabajo y estoy seguro que te aburrirás. Yo insistía, deseando formar parte de su mundo, y él siempre encontraba la manera de convencerme de que mi lugar estaba en la mansión esperándolo como una buena esposa, además de recordarme que mi deber era también concentrarme en mis estudios. Cada partida dejaba un vacío imposible de llenar, y cada regreso parecía consolarme, haciéndome creer que los regalos que traía eran porque en verdad me amaba. ¡Yo le creía!. Quise convencerme de que era por cuidado, pero ahora lo veo con claridad: no me faltaron pruebas de su indiferencia, lo que me sobró fue amor. Amor que di con todo, que no esperó nada a cambio, y que me dejó sola frente a la verdad que antes no quise ver. Mis pasos me llevaron al único lugar donde el silencio no juzga: el cementerio. Allí, donde descansaban mis padres… y los suyos. «La muerte fingiendo una unión que la vida había corrompido.» pensé con ironía. Me arrodillé frente a la lápida, tocando aquella piedra fría. —Mamá… papá… —mi voz se quebró—. Me llamaron María Dolores… y nunca entendí su peso hasta ahora. María, por el amor que creí recibir; Dolores, por todo el sufrimiento que cargaría al confiar… Y hoy, cada lágrima, cada traición, cada ausencia, me recuerda que ese nombre no fue un regalo, sino una profecía de mi dolor. Lloré…Por la niña que fui. Por la mujer rota que ahora era. —Creí que el amor protegía —susurré—, que la familia era un refugio… pero para mí no ha sido más que una jaula disfrazada de flores. Apoyé la frente contra la lápida. —Ellos quieren quitarme todo. El legado. El nombre… incluso mi propia vida. De un momento a otro sentí que ya no estaba sola. Levanté la mirada y vi a un hombre acercarse a pocos metros, observándome. No con curiosidad, sino con esa atención incómoda de quien entiende el dolor porque ha vivido demasiado. Se acercó despacio y extendió la mano. Ofreciéndome un pañuelo de tela, oscuro, elegante. —No debería llorar sola —comentó —. Nadie debería hacerlo. —Gracias… —murmuré con educación. No pregunté quién era. Solo tomé el pañuelo. Al rozar sus dedos, algo se tensó en el aire, breve, imperceptible… pero real. Asintió apenas y se quedó a mi lado, sin invadir mi espacio, sin hacer preguntas incómodas. Solo compartiendo el silencio. Eso, curiosamente, fue suficiente para dejar de sentirme tan desdichada. —El duelo no necesita testigos —añadió—. Pero tampoco debería vivirse en soledad. Tragué saliva, no respondí . Sentí que sus palabras eran mucho más que consuelo. Pasaron unos segundos. Tal vez minutos, en silencio absoluto. Luego metió la mano en el bolsillo de su abrigo y sacó una tarjeta. Me la ofreció con el mismo gesto sereno con el que me había dado el pañuelo. —No suelo hacer esto —dijo con voz pausada—, pero si en algún momento necesita ayuda…puede buscarme. Tomé la tarjeta sin leerla y la guardé. —No suelo aceptar ayuda de desconocidos —murmuré con desconfianza. Sus labios se curvaron apenas. No fue una sonrisa amable. —Entonces no la use, si no lo cree necesario —respondió haciendo una pausa—Algunas personas llegan antes de que sepas que las necesitas. Se marchó sin despedirse. Me quedé con el pañuelo entre los dedos y una certeza inquietante de que, de algún modo inexplicable, su presencia generó alivio a mi respiración agitada. Fue entonces cuando comprendí algo vital: no podía huir. Eso era exactamente lo que ellos esperaban. «No voy a desaparecer» murmuré para mí misma, sintiendo que cada palabra me daba fuerza. Apreté la tarjeta que todavía estaba en mi bolsillo. Sentí su peso, y con él, una chispa de esperanza. «Yo misma me daré las herramientas para hacerlos caer» prometí, apretando los dientes. «No permitiré que me quiten lo que me pertenece » me dije en voz baja, aferrándome a esa frase como a un salvavidas.« Ni siquiera las ganas de vivir.» El miedo seguía ahí, oprimiéndome el pecho, pero debajo de él empezó a arder algo distinto: determinación. Podían haberme arrebatado certezas, ilusiones, incluso la paz, pero no mi voluntad. Mientras esa convicción tomaba forma dentro de mí, comprendí que seguir respirando también era un acto de resistencia. Sentí una especie de poder que crecía en mi interior, silencioso, calculador. Regresé a la mansión, pero esta vez con un propósito que me daba fuerza. Al acercarme, me detuve un instante: el auto de Gabriel estaba en la entrada. Era extraño; a esa hora casi nunca estaba en casa, y ese detalle hizo que mi corazón se acelerara. Abrí la puerta principal con sigilo. No quería encontrarme con él. Pero fue inútil. Gabriel descendía las escaleras con un esmoquin oscuro, perfectamente ajustado, tan elegante que dolía mirarlo. Su presencia llenó el vestíbulo antes que su voz. —¿Dónde demonios estabas, Lola? —espetó—. ¿Has visto la hora que es? Te llamé al maldit0 celular y no contestaste. Mi corazón se desbocó. Nunca me había hablado así. —Lo siento, Gabriel… —intenté mantener la voz firme—. Se me hizo tarde por un proyecto de la universidad. Pues en un par de…— No pude terminar. Adriana bajaba las escaleras. Llevaba un vestido rojo que abrazaba su cuerpo sin pudor, resaltando cada curva. Estaba impecable, perfumada, dejando al aire sus enormes pechos. —Ya estoy lista, Gabriel —dijo con una sonrisa empalagosa. La expresión de él cambió al instante. Su dureza se desvaneció. Su voz se suavizó. Ese gesto… ¿Me dolió? Sí. Porque mi estúpido corazón aún se negaba a aceptar la verdad: seguir amando a ese hombre era la forma más refinada de destruirme. Tragué saliva, intentando no derrumbarme. —Lolita, querida… —intervinó Adriana con una cortesía envenenada—. Gabriel tiene una cena importante. Espero que no te moleste que sea yo quien lo acompañe. Te llamamos, pero no tuvimos señales de vida. Su tono era dulce al oído de todos, pero en mi mente, no. Yo ya sabía leer la malicia escondida detrás de cada palabra. —No te preocupes, Adriana —respondí con una sonrisa que me quemó por dentro—. Entiendo que para eso eres su asistente.—Hice una pausa breve—. Agradezco que lo acompañes yo aún me siento indispuesta. No dije nada más; no podía hacerlo, no debía hacerlo, porque en ese silencio se sostenía todo lo que aún intentaba proteger dentro de mí. —Con permiso —añadí—. Iré a descansar. Aún me duele la cabeza. Comencé a subir los escalones, sosteniéndome de la baranda fingiendo indiferencia. —¿Y no vas a despedirte cariñosamente de tu esposo, Lolita? —preguntó Gabriel con voz gruesa. Me detuve en seco. Giré lentamente y le regalé la misma sonrisa frágil, casi dócil que ya conocía de memoria. —Que tengan una buena noche —solté al final—. Perdona si no me acerco. No quisiera contagiarte…. Sus ojos se endurecieron. Me observó con atención, buscando la verdad. Pero Adriana lo tomó del brazo. —Vamos, querido —susurró—. No creo que sea apropiado llegar tarde. Él solo asintió, y los observé salir juntos, del brazo. Subí a mi habitación. Tomé mi celular y la tarjeta negra de aquel hombre misterioso, en ella con letras doradas resaltaba: Diego Serrano. El nombre pesaba más de lo que aparentaba, y al recordarlo claramente, decidí buscarlo en internet. No me costó mucho encontrarlo; la información estaba allí, expuesta. Su nombre apareció acompañado de titulares, era el CEO de la naviera que competía de forma directa con la de Gabriel. Una sonrisa se dibujo en mis labios. Esta oportunidad podía ser mi puerta hacia la independencia… Sin titubeos, con una determinación que no sabía que tenía hasta hoy, escribí el mensaje: «Acepto su ayuda. Atentamente, Lola Navarro.» Era un texto breve,directo. «Te espero el lunes en mi oficina». La respuesta fue inmediata. Junto a la ubicación de su empresa. No cabía duda: hay hombres que salvan con promesas… y otros que lo hacen con silencio. Diego parecía pertenecer al segundo grupo, y en ese silencio había algo que me llegaba más profundo que cualquier palabra.
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