3. Perfecta
POV Sylar
La cafetería del Instituto Lacroix no parecía una cafetería. Tenía mesas de madera rústica, paredes cubiertas de bocetos, esculturas en progreso y pizarras escritas con tizas de colores. El aire olía a café recién molido, tinta y conversación no dicha. La iluminación era tenue, cálida, casi íntima. Como si el arte también tuviera hambre y se sirviera en platos de porcelana blanca.
A esa hora —entre clase y clase— el lugar estaba en silencio relativo. Solo un par de estudiantes dispersos, rostros que aún no conocía. Entre ellos, el chico que siempre llevaba un cuaderno y dibujaba su propia sombra.
Yo necesitaba café. Y silencio.
Después de todo, ya no era invisible. Haber posado para una clase entera, con Ian Lacroix mirándome como si pudiera desnudarme
con la mirada, no estaba en condiciones de procesar mucho más.
Caminé hasta la barra, pedí un capuccino doble y me refugié en una mesa junto a la ventana. Desde ahí, podía ver los jardines húmedos por la llovizna de Londres, y fingir que nada se estaba moviendo dentro de mí.
Cinco minutos. Solo eso me hacía falta para recomponerme.
—¿Te importa si me siento? —preguntó una voz grave, profunda. Con ese acento inglés un poco extraño para mí.
Levanté la vista.
Y por un segundo… me olvidé de cómo respirar.
Él no sonreía. Pero tampoco era hostil. Solo estaba ahí. Alto. Presente. Con una traje perfectamente hecho a medida, con un abrigo largo que estilizaba más su figura con una perfección insultante. Tenía el cabello oscuro, con ondas suaves que caían con naturalidad sobre la frente, y una mirada… Una mirada que no pedía permiso.
Tomaba.
—N-no lo sé —murmuré, con la garganta seca. — No nos conocemos.
Él ladeó la cabeza con interés.
—Todavía no. Pero eso puede cambiar.
Su voz era suave. Pero debajo… había una corriente subterránea. Algo peligroso. Algo que vibró dentro de mí sin mi consentimiento.
Me quedé quieta. No por miedo. Por otra cosa. Algo que no venía de afuera, sino de dentro. Como si una parte de mí supiera que ese hombre no era un extraño cualquiera.
—Skylar —me presenté, aunque no lo había pedido.
Sus labios se curvaron, casi imperceptibles.
—Léon. Lacroix.
El apellido me cortó el aliento.
Lacroix. Otro. Claro. Ahora entendía de dónde venía esa energía, ese magnetismo caótico.
—Hermano de Ian —dije, más como afirmación que como pregunta.
—El mayor —corrigió con una ceja arqueada mientras se sentaba sin esperar invitación.
Pidió un café n***o, sin azúcar. Y pude ver cómo la mesera se derretía con una sonrisa más amplia de lo necesario. Una punzada desconocida me recorrió el estómago. Bajé la mirada, disimulando con un sorbo a mi capuccino.
—¿De qué parte de Estados Unidos eres? —preguntó después de unos segundos.
Su tono era relajado, pero su mirada no. Él me estaba leyendo. Desnudando sin tocarme.
—Florida —respondí, volviendo a mirarlo.
—Cálido, brillante. ¿Qué hace alguien como tú en un lugar gris y frío como Londres?
Escapar, pensé. Huir, casi dije.
—Vine a estudiar —contesté en voz baja.
Él asintió como si ya lo supiera. O como si no le bastara.
Un silencio se instaló entre nosotros. Pero no fue incómodo. Fue denso. Lleno de cosas no dichas.
—Dime una cosa, Skylar… —su voz acarició mi nombre como si probara cómo sonaba en su lengua. —¿Te gusta seguir las reglas?
Sentí que algo en mi pecho vibraba. No era el corazón. Era otra cosa. Más visceral.
El calor subió a mis mejillas. Pero esta vez, no desvié la mirada.
—Depende de quién las pone.
Él soltó una risa suave. No burlona. Genuina. Como si acabara de encontrar algo que llevaba tiempo buscando.
—Cautelosa… —murmuró. —Me gusta eso. Aunque no creo que te dure mucho.
—¿Por qué?
Sus ojos brillaron con una chispa peligrosa.
—Porque hay algo en ti que pide romperse. Y yo soy muy bueno con eso.
Mis labios se entreabrieron, pero ninguna palabra salió.
¿Me estaba provocando? ¿Desafiando? ¿Advirtiendo?
Y lo más desconcertante… ¿Por qué no quería alejarme?
Me reí, más por nervios que por otra cosa.
—Tal vez no eres tan peligroso como crees.
Él apoyó un codo sobre la mesa, inclinándose apenas hacia mí. El movimiento fue mínimo. Pero el efecto fue devastador.
—Skylar… —susurró, con esa voz áspera y elegante. —No tengo que creérmelo. Solo tengo que serlo.
Mi cuerpo entero se tensó. Pero no me aparté.
Y justo cuando iba a responder algo —o tal vez a rendirme—, su teléfono vibró.
Una llamada.
Léon miró la pantalla con desgano, y se puso de pie con un suspiro breve.
—Una lástima. La conversación apenas comenzaba.
Se detuvo un segundo, como si memorizara el lugar donde yo estaba sentada. O la forma en que lo miraba.
—Un placer conocerte, Skylar.
La forma en que pronunció mi nombre fue un roce en la piel. Un roce que duraría horas.
Y cuando se dio la vuelta y se alejó, supe que algo había cambiado.
El aire. Mi cuerpo. La dirección de mi historia.
*****
POV Ian
La noche había caído sobre el Instituto como un suspiro. Yo estaba en mi estudio, revisando trazos inconclusos, cuando escuché pasos.
—¿Puedo entrar? —preguntó Léon, asomando la cabeza.
Asentí.
Él entró, se dejó caer en el sofá como si fuera su casa.
—La conocí —dijo, casual.
Me tensé. Antes de que pudiera decir algo más, lo soltó.
—Me gusta.
—¿Crees que ella...?
—No lo sé…pero podemos intentar.
No supe qué decir, aunque desde el primer momento, algo me decía que ella cambiaría nuestro mundo.
Léon se puso de pie. Caminó hasta uno de los retratos que había hecho de Skylar. Lo miró con detenimiento.
Y entonces, con la voz más seria que le había escuchado en años, dijo:
—Es perfecta.