4. La Venus de Milo

1443 Words
4. La Venus de Milo POV Skylar Camino por los pasillos del Instituto Lacroix con los auriculares desconectados, fingiendo que escucho música solo para evitar conversaciones innecesarias. La verdad es que mi mente está demasiado ocupada… aunque no precisamente con arte. Sin quererlo, los hermanos Lacroix se cuelan en mis pensamientos. Sí… ambos. Ian, con su voz calma que me arrastra como corriente subterránea. Léon, con su fuego indomable que deja marcas aunque no me toque. Y eso… es raro. Porque los últimos meses, mis pensamientos solo estaban llenos de gritos. Puertas cerradas. Susurros crueles. Nombres que no quiero repetir. Ellos son lo contrario. No representan lo que viví, sino algo nuevo. Tal vez peligroso. Pero nuevo. Voy tan absorta que ni siquiera noto que alguien viene en dirección contraria. Solo siento el impacto y me tambaleo. —¡Hey, cuidado Venus! —exclama una voz femenina, mientras trato de recuperar el equilibrio. Parpadeo, aturdida, y levanto la vista. Una chica de trenzas color café, gafas grandes y una carpeta llena de papeles desordenados me observa con una mezcla de susto y risa. —Lo siento, no te vi. —Me apresuro a disculparme. —¿Me llamaste… Venus? Ella se ríe, abiertamente. —Sí. Es tu nuevo apodo. Lo dicen por ahí… parece que eres el sueño de todos los chicos del campus. La Venus de Milo del Instituto Lacroix. Mis mejillas se incendian al instante. No por vanidad. Por incomodidad. Yo no vine aquí para destacar. De hecho, deseaba lo contrario. Ser invisible. Pasar desapercibida. No llamar la atención de nadie. Pero todo lo que soy parece resistirse a eso. —¿Estás molesta? —pregunta ella, frunciendo el ceño. Niego de inmediato. —No… solo… no sé. Me siento… extraña. Ella inclina la cabeza, como intentando entender. Pero no lo hará. ¿Cómo explicarle que una vez fui esa chica? La que todos miraban. La que tenía el vestido más bonito, la risa más fuerte, el novio más perfecto. Fui la envidia. Hermosa. De buena familia. Dueña de un futuro brillante que ya estaba escrito. Fui adorada, seguida, imitada. Y luego… devorada. Ahora… solo soy la sombra que quedó de aquella mujer. Un chiste con nombre y labios sellados. Una historia mal contada. —¿Quieres tomar un café? —pregunta la chica, rompiendo mis pensamientos. La miro sorprendida. —Perdón, ¿qué? —Café. O té, o lo que sea. No pareces tener muchos amigos por aquí, y la verdad, yo tampoco. Podemos ser antisociales juntas. Me llamo Noémie, por cierto. Una sonrisa se asoma en mis labios sin permiso. Pequeña. Tímida. Pero real. —Skylar. Soy Skylar—respondo—. Y sí… el café suena bien. Caminamos juntas por el resto del pasillo. Y por primera vez desde que llegué, me siento un poco menos sola. Aunque sé que el eco de Ian y Léon y los recuerdos de mi pasado todavía viven en mis pensamientos… Hoy, me permito existir fuera de ellos. Al menos por un momento. ***** Salimos del aula justo cuando el cielo comenzaba a oscurecer, como si Londres estuviera bostezando antes de llover. Las nubes grises se amontonaban sobre los tejados del Instituto, y una brisa húmeda nos acariciaba el rostro. —Dios, estoy segura de que ese ejercicio fue un castigo disfrazado de arte —dijo Noémie, estirando los brazos. —Mi muñeca ya no responde. —Creo que estabas haciendo garabatos de gatos —le digo, sin poder evitar reírme. —¡Claro que no! Era una reinterpretación de la tensión emocional del trazo —responde, imitando el tono pomposo de un profesor ficticio, y ambas soltamos una carcajada. Nos alejamos del edificio principal por el sendero de piedra que da a una pequeña plaza interior. Allí, algunos estudiantes fumaban, otros se besaban sin pudor bajo la pérgola. Un grupo tocaba jazz suave desde una bocina. Todo parecía... vivo. Caótico, sí, pero vivo. —¿Sabes qué me tiene intrigada últimamente? —pregunta Noémie, bajando la voz como si compartiera un secreto peligroso. —¿Qué? —El profesor Ian. Al parecer, está preparando una nueva serie para una exposición privada. Dicen que será su trabajo más personal. Mi corazón late un poco más rápido. No debería. Pero lo hace. —¿Y eso es raro? —pregunto, fingiendo indiferencia. —Sí, porque él no suele trabajar así. Siempre se ha rodeado de modelos, de musas —dice la palabra con cierta exageración, como si le diera risa. —Pero desde hace semanas… nada. Ni una sola nueva sesión. Cero producción. Algunos dicen que perdió a su inspiración. Que su musa se fue. Mi garganta se seca. —¿Y quién era? —pregunto en voz baja, sin saber por qué me importa tanto. —Nadie sabe con certeza. Algunos creen que era una bailarina. Otros, una modelo que lo acompañó en su temporada en París. Pero sea quien sea… lo dejó vacío. O eso dicen los veteranos del instituto. Noémie me lanza una mirada lateral. —Aunque, si me preguntas a mí… últimamente he visto cómo te mira. Tal vez ya encontró a una nueva. Me detengo en seco. Ella también. El aire parece cambiar. No por lo que Noémie dijo… sino por lo que yo sentí al escucharlo. —¿Skylar? —su voz suena más suave. —¿Estás bien? Sacudo la cabeza, saliendo de mis pensamientos. —Sí… no es nada. Solo estoy un poco cansada. El cambio de horario, creo. —Te entiendo. Yo también —responde, y para demostrarlo, lanza un bostezo largo y exagerado que logra sacarme una sonrisa sincera. Caminamos unos pasos más. Las primeras gotas de lluvia comienzan a caer, frías y finas, como dedos que acarician el cielo. Algunos estudiantes se apresuran hacia las galerías cubiertas, pero nosotras seguimos caminando, sin prisa, como si mojarse fuera un pequeño acto de rebeldía. —¿Vives en el área de apartamentos del instituto? —pregunta Noémie, metiendo las manos en los bolsillos de su chaqueta. Niego, algo sorprendida de que eso exista. —No. Llegué hace poco de América. Vivo con mi tío, en el otro extremo de la ciudad. —Ah… entonces no debes estar muy acostumbrada a la lluvia. —Aún no. En Florida, llueve distinto. Como si el cielo se enojara, pero rápido. Noémie ríe. —Aquí el cielo se deprime. Y no se le pasa. Pero uno se acostumbra. Llegamos a la bifurcación del sendero, justo donde los jardines terminan y comienza la reja que da a la calle. Ella se detiene y señala hacia la izquierda. —Bien, entonces me despido. Si algún día necesitas un descanso del mundo, estás invitada a mi apartamento. Vivo en el edificio anexo con Elisia, mi roomie. Estudia ballet, pero no es tan intensa como parece. —Gracias —respondo con sinceridad. —Me gustaría eso. Ella me da un pequeño abrazo, cálido y rápido, antes de alejarse bajo su paraguas azul con dibujos de constelaciones. La observo hasta que desaparece en una de las galerías, y entonces giro sobre mis pasos para caminar hacia la parada del autobús. El viento me golpea de frente, trayendo consigo más lluvia. A pesar de la capucha, el agua se cuela por mi cuello, enfriándome la espalda. Me detengo junto a la banqueta. Nadie más espera. Solo yo. Como tantas otras veces. Un auto oscuro dobla la esquina. Al principio no presto atención, hasta que aminora la velocidad frente a mí. El vidrio del lado del copiloto desciende. Y entonces lo veo. Ian. —Sube —dice, con voz tranquila, casi imperceptible por el sonido de la lluvia. Parpadeo, confundida. —¿Qué? —Estás empapada. Déjame llevarte. Vacilo por un segundo. Su expresión es neutra, pero sus ojos... no. Me están leyendo. Me están preguntando cosas que no dice con la boca. Y por alguna razón, confío. Camino hasta la puerta del coche, abriéndola con cuidado. Me deslizo en el asiento y cierro rápidamente. El calor del interior me envuelve de inmediato. —Gracias —murmuro, algo tensa. —No tienes que agradecer —responde, sin mirarme. —Ponerme donde puedas verme ya es suficiente. Sus palabras me desconciertan. Giro el rostro lentamente hacia él. —¿Cómo supiste que estaba aquí? —No lo sabía. Solo… pasaba. Y te vi. Y eso fue suficiente. Nos quedamos en silencio mientras él enciende la calefacción y pone el coche en marcha. Y en ese instante, envuelta en ropa húmeda, con el corazón latiendo como un tambor desafinado, pienso que tal vez los verdaderos encuentros no se planean. Solo suceden. Como este.
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