En cuestión de minutos instalaron el gran portal en el exterior, en la plaza principal. Se dispuso que los primeros en cruzar serían los soldados para asegurar el perímetro, pues no se sabía si hubiera soldados o alguien que se quiera aprovechar de los viajeros. Después las personas normales y por último los científicos, para que si algún sistema fallase lo puedan corregir, y de últimas el líder Altares, quien quería ver, hasta el último segundo posible, el acabose de la capital de su reino.
Todo estaba listo, las personas ya estaban en filas, pero el portal no funcionaba, algo fallaba, lo que es muy común en los proyectos científicos, aunque en un momento de estos no se podían dar el gusto de jugar a prueba y error, pues segundo a segundo los acosaba su propia destrucción.
Estiben desesperado, revisó cada pieza, encontrando que el flujo de energía estaba interrumpido por una moña con la que se agarraba el cabello la doctora Yací. Él pensó: «¿Será que la dejo ahí a propósito?, o simplemente se le calló en el desespero de su charla». Eso no importaba en este momento. Procedió a sacarla y listo, el portal se activó formando un gran arco en el cielo que alteró todo el aire de su interior, similar cuando los rayos del sol se reflejan en una superficie caliente creando ondas de distorsión, para después ser inundada con rayos azules, verdes y morados.
El desfile empezó como estaba planeado. Los militares entraron de primeras para controlar el perímetro debido a que se sabía que al otro lado estarían en territorio enemigo del presidente Rodríguez. De segundas, las personas normales, quienes entraron como en San Fermín, en una estampida, guiados por el temor, puesto a que quedaban escasos minutos, todo marchaba casi como estaba planeado. Únicamente Altares observaba el horizonte recordando viejos tiempos. Era como un musical en su mente, hasta que Estiben lo sacó de su trance mediante un fuerte puntapié en la espalda que lo tumbó de cara contra el piso, diciéndole: —Malvado líder, hay una cosa que no se necesita salvar, porque nunca tuvo salvación y esa cosa es usted.
Este se reincorporó, limpiándose sus ropas, mirando para todos lados, dándose cuenta de su gran error: sus guardias personales los había enviado con los soldados, quedando él totalmente desprotegido de no ser por una pequeña pistola láser que había sido diseñada especialmente para su defensa, la cual sacó disparando sin dudar a Estiben.
Las gotas de sangre danzaron por los aires al compás de los gritos de desconsuelo, pero el científico estaba intacto, pues su esposa se lanzó en un gran acto noble como un escudo protector, recibiendo los disparos. Al ver este espectáculo, Altares sonrió macabramente, preparándose a seguir disparando, de no ser por el cuñado quien lo embistió como un toro, tumbándolo nuevamente al piso y de la doctora Yací, quien muy hábil aprovechó para desarmarlo… Estiben sostenía a su esposa entre sus brazos; ambos se miraban con mil lágrimas. Sin lugar a dudas, entre ellos existían bellos sentimientos, pues habían compartido gran parte de su vida.
El cuñado se dispuso a moler a golpes a Altares mientras este solo se reía, hasta que Yací lo detuvo quitándolo de encima, tal vez guiada por nobles motivos.
Altares se reincorporó para salir corriendo con el objetivo de destruir esta vez a las máquinas que sustentaban el vórtice. Está anticipando sus movimientos y deja caer a su esposa al suelo para tratar de detenerlo diciendo: —Cuidado, maldito, si haces eso también tú te quedarás aquí.
Y le lanzó con toda su fuerza un gancho derecho, el que sirvió para que Altares detuviera su propósito, pues volteó su mirada hacia el científico, sonriendo. Le esquivó el ataque agachándose para conectarle un fuerte puño en el abdomen, sacándole el aire. Mientras el científico caía, pudo mirar la cuenta regresiva en la que solo quedaban 15 segundos.
El dictador muy ágil le asestó un puntapié en la cara. Él era un gran peleador gracias a que creció en una zona muy deprimida, donde desde muy niño empezó a delinquir. Con su astucia se hizo líder de las pandillas, para luego hacerse el control de rutas de narcotráfico. Llegó a ser muy poderoso; decidió meterse a la política, donde el dinero ilegal le sirvió para comprar socios, evadir la ley e incluso cambiar su pasado. Pues la versión oficial es que él era un hijo de unos humildes campesinos empobrecidos, que a él le tocó manejar un carruaje para pagarse los estudios de leyes, títulos que ostentaba, pero los cuales también le habían costado fuertes sumas de dinero. Así es como se había convertido en este ser insensible que le fascinaba infligir dolor, que ahora se reía viendo como Estiben se retorcía de dolor en el piso, tanto que no se pudo dar de cuenta que el enfurecido cuñado le agarró el cuello con ambas manos. Entretanto, la doctora Yací agarró la pistola del suelo, procediendo a colocársela en la sien de Altares, quien en un giro ágil se liberó del ataque de pitón del cuñado, y alcanzó a esquivar el disparo de la doctora, a quien miró directamente a los ojos para decirle: —¿Cómo te atreves a tratar de matarme? Después de todo lo que hice por ti, después de todo lo que hemos pasado, tú eras más que mi socia, ¿cómo me puedes cambiar por alguien que lo acabas de conocer?
La doctora Yací también lo miró a los ojos y comenzó a verlo borroso, puesto que las lágrimas le empañan la vista… Se imaginaba que todos la estaban viendo, llenos de preguntas, sobre todo de Estiben. De igual forma, ella no sabía que sería lo más conveniente, pues si este líder fue un tirano con muchos, había sido un caballero con ella, pero sabía que no lo amaba, como había amado a alguna de sus parejas, como ahora amaba a aquel científico, aunque aún estaba resentida porque la había dejado sola. Sin embargo, tal vez él tendría sus razones, así como ella tenía las suyas al haberle dicho algunas mentiras u ocultado verdades. De todas maneras, nadie es perfecto, y para amar no se necesita solo pedir: también hay que dar. Como podía exigir honestidad si ella nunca había sido totalmente sincera, tal vez si salía de esto le contaría todo lo que se pudiera decir. Lo más grave solo lo podía testificar Altares, así que al eliminarlo también se salvaría de ser juzgada por esas aberraciones. Así, ante la mirada atónita de los presentes, la doctora apretó el gatillo de la pistola.