Capítulo 6. Milicent

1308 Words
Debo decir, que mi vida no es un gran martirio, puedo identificar a través de mis diarios, que las imágenes y momentos escritos en ellos, estuvieron llenos de sacrificios, pero en esta vida, este momento especialmente, no es tan malo. Pero me niego a participar de forma voluntaria, así que haré lo posible por hacer sufrir a todos aquellos que sean rigurosos en sus estructuras. Soy la experta en romper las reglas. Mi mente está en esas divagaciones, mientras las chicas van pasando, por lo que son muchas oportunidades para pensar. En eso escucho mi nombre, y bajo las escaleras, sosteniendo mi vestido lo más elegantemente, para no caer. Busco un punto fijo, para enfocar mi mirada y no caer ante el escrutinio al que soy expuesta. Y es ahí donde veo, al espécimen masculino, alto, cabello oscuro, ojos grises, con un aura extraña, como si lo conociera. Fijo mi mirada en él, y a su vez, él en la mía. Es una lucha de miradas, yo tratando de descubrir su misticismo, y él, supongo adivinando porque lo estoy observando. Llego a donde se encuentran todas las chicas, al centro en una fila, y comienza el sonido de un vals. Mi mirada, continúa asechando a aquel hombre, que ni se inmuta ante mi mirada, ni al acontecimiento a su alrededor, pues varios varones han comenzado a desplegarse de sus lugares, rumbo a su presa. No me doy cuenta cuando mi visión es interrumpida por un rubio cenizo, de sonrisa simpática, pero de voz chillona. —Señorita, ¿me acepta este baile? — se nota muy nervioso, así que no quisiera ofenderlo, pero hice una promesa que pienso cumplir. Antes de contestar volteo a ver a Phebe, que está pálida de terror, al no tener a nadie que la haya sacado a bailar, y sin darme cuenta, la persona que tengo al frente voltea a ver a donde estoy viendo.  — ¿Es hermosa cierto? — le digo, y él asiente, aunque después se arrepiente y agacha la mirada pidiendo disculpas. — Oh no te preocupes, fíjate que le hice una promesa, que no bailaría con nadie, si alguien más no tiene con quien bailar — me voltea a ver un poco confundido, y con una sonrisa dibujada en mi rostro, volteo hacia donde esta Phebe, que sigue rígida, y sin hacer ningún gesto. El chico parece entender. — ¿Entonces podría concederme la segunda pieza? — hago una reverencia y acepto, e inmediatamente se aleja y va donde Phebe. Inmediatamente, se nota la chispa que hay en ellos, sus miradas se conectaron y sus cuerpos comenzaron a moverse, la sonrisa de ella ilumina todo el salón, estoy exhorta en esa visión, que no noto que otro individuo, se interpone en el camino. Y carraspea para que le ponga atención. Este es un castaño, alto flacucho, bastante insípido y arrogante, ni siquiera se dignado veme, está viendo en otra dirección. Me extiende la mano, sin decirme nada, por lo que me quedo quieta en mi lugar, trato de visualizar a las demás chicas, y veo a Lavinia, a punto de darle el colapso, se ha movido, por el espacio de las demás parejas que se fueron agregando a la pista de baile, es empujada, a unos cuantos pasos míos. Así que, con mi habilidad, nada armoniosa, le tomo de la mano y la llevo a la mano del caballero que está extendida, que sigue aún sin verme. Todo fue tan rápido, que, entre el movimiento de todas las parejas, nadie notó mi movida ágil, hasta que el susodicho, por fin ve a la persona que le pertenece la mano que sostiene entre la suya, ya sin poder hacer ningún cambio, los dos hacen una reverencia y comienzan a bailar, claro, sin omitir alguna mirada hacia mí, con el ceño fruncido, por parte del caballero. Yo solo sonrío, así es como comienza mi retirada silenciosa y mi protesta a la sociedad ante la exposición de ganado. Así me sentí, y voy calmando mi respiración, que, aunque no lo haya notado, un poco de adrenalina corre por mis venas, más porque trato de esquivar a la organizadora del evento, que parece que aún no se ha dado cuenta, excepto, las personas que están a mi alrededor, que me observan como bicho raro.    Cuando estoy en el dintel de la puerta, hacia el jardín exterior, volteo rápidamente y choco con un rostro imberbe y de repente esos ojos grises parecieran que me penetran y me desnudan por completo. Toma mi mano, y me saca de ese lugar. Mi mente sigue sin comprender, lo que mi cuerpo está haciendo, soy llevada al lugar más alejado del jardín, donde un kiosco nos cobija, pues el olor preticor del ambiente, anuncia la llegada de la lluvia de verano. Aspiro ese olor, que me brinda recuerdos, pero inmediatamente, el escalofrió que me provoca el roce de su mano, me regresa al momento actual. Abro mis ojos, y él me está observando nuevamente, sin soltarme, volteo a ver su agarre, y luego a sus ojos nuevamente. —¿P…por qué lo hiciste? — sale mi voz temblando. —¿Por qué lo hiciste tú? — me responde con una pregunta, lo que me hace fruncir mi ceño, su voz, es suave, melodiosa, y ligeramente ronca. No digo nada, pero no quito la mirada de sus ojos, ni él de los míos. Si alguien nos viera en esta situación, estaríamos muy comprometidos a dar una explicación, ya que no solo es mi mano lo que llamaría la atención, ni las miradas, sino la poca distancia que hay entre nosotros, puedo sentir el calor que emana de su cuerpo. —Salvaste a las otras chicas, así que yo te salvé a ti— me contesta, pero su respuesta no tiene sentido. —Si hubieras querido salvarme, me hubieras sacado a bailar— le contesto sin un ápice de remordimiento. —Yo no bailo— y es ahí, donde se percate de mi mano que no suelta la suya, y de la cercanía, por lo que me suelta y da un paso hacia atrás. — Por cierto, soy Anthony Morgan— y hace una reverencia que respondo. —Mi nombre es MIlicent Hall— estirando mi mano, añoro su tacto de nuevo, y logro persuadirlo, toma mi mano y la acerca a sus labios, dando un ligero beso en el dorso, y las chispas, recorren todo mi cuerpo, logrando sonrojar mis mejillas. Este fue el inicio, procuraba ir a todos los eventos sociales a los que era invitada, nunca bailamos, solo conversación, bastante consistente, casi nadie podía seguirnos el paso. Luego pidió permiso de cortejarme, el cual concedí, y mis padres más que gustosos aceptaron. No hay una sola semana que no sepa de él, si no son chocolates, es una carta, o flores, o incluso su sola presencia es un regalo para mí. Pero al caer la noche, todo se ensombrece, ante el recuerdo de mis diarios, de que no soy la persona que tengo frente al espejo, Caroline, sale constantemente, palabras que no tienen sentido, conceptos que nadie conoce y experiencias que a nadie puedo contar. ¿Qué pasaría si se diera cuenta? ¿Si se entera que estoy loca? ¿Me abandonaría?, todas las dudas y tormentas de mi existencia aparecen y cada mañana estoy a punto de alejarlo, pero algo me detiene.  Merezco ser feliz, él merece ser feliz, pero mis fantasmas podrían ser causante de la perdida de la felicidad. El día que estaba decidida a dejarlo, me dio mi primer beso, y la textura de sus labios, el sabor y calor que brindaron a los míos, fue la amalgama que faltaba para unirnos más. Así que decidí, por el momento, siempre tener mi secreto y mis fantasmas, decidí ocultar a Andrew bajo mi cama.  
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