Katy Bell
Recuerdo la ultima vez que vi a mis padres. Habían recibido un mensaje urgente: criaturas rebeldes intentaban derribar la muralla del área, empeñadas en expulsar a los humanos de cualquier territorio que consideraban suyo. Me dejaron con los vecinos de toda la vida, la señora Kaida y el señor Alaric, mi pequeño refugio desde que tenia memoria.
Mi madre me dio un beso y un abrazo que me dejo un leve temblor en el pecho. Mi padre solo me revolvió el cabello y me regalo esa sonrisa que siempre significa "volveremos".
Ese gesto era su promesa silenciosa.
Almorcé con la señora Kaida, que convertía la cocina en un festival de aromas dulces.
Jugué con los niños de la cuadra hasta que las madres comenzaron a llamarlos uno por uno. El cielo ya tenia ese tono profundo que anuncia la noche, y aun no veía a mis padres.
Ellos jamás tardaban tanto.
Me quede en el sofá, frente a la ventana, vigilando. Pero lo único que llego fue una tormenta.
Desperté con un sobresalto, empapada en ese recuerdo que nunca termina de dejarme en paz. El día que perdí a mis padres. El día que me quede sin familia. Me limpie las lagrimas y arrastre los pies al baño. No tenia ganas de nada... salvo quizá no dejar solo al señor Alaric, que desde la muerte de la señora Kaida cargaba con mas silencios que palabras.
Supongo que es hora de ir a la escuela.
Dominick Black
El Emperador volvió a encargarme recados. Correspondencia, paquetes, firmas, devoluciones. Que delicia para un guerrero con quinientos años encima. Y justo hoy, cuando el centro de la ciudad vibraba de gente comprando ropa y decoraciones para el baile del príncipe Dereck.
Atravesé la multitud a empujoncitos diplomáticos. Entre humanos, niños de distintas especies y algunos lobo despistado... algo me detuvo. Un aroma. Uno que apago mi cabeza y encendió algo dentro de mi. Lavanda entreverada con bosque fresco, como si la brisa hubiera decidido adoptar un perfume. Mi cuerpo giro solo, buscando el origen.
Encontré apenas una melena rizada alejándose entre la gente antes de que se la tragara la multitud. Pero basto. Porque ese aroma no pertenecía a cualquiera. Era el de mi Alma. Mi compañera destinada. Mi otra mitad perdida durante quinientos años.
Aun tenia que encontrarla, claro. La diosa del destino parecía estar jugando a las escondidas.
Me apresure al palacio para ver a mi mejor amigo, el príncipe Dereck. Necesitaba contarle lo que acababa de ocurrir antes de que mi cabeza explotara con la mezcla de euforia y desesperación. El palacio era un enjambre: ayudantes cargado telas resplandecientes, limpiando cada rincón, preparando la pista del baile donde se suponía que Dereck encontraría a su propia compañera.
Entre a su habitación sin tocar la puerta. A estas alturas, ni falta hacia.
-Oye, que forma de entrar a los aposentos de tu futuro Emperador - rio Dereck desde su cama, con una sonrisa descarada.
-Tendrás mi respeto el día que me ganes una pelea- solté mientras me dejaba caer en el sofá.
-Tendrás mi respeto el día que me ganes una pelea- solté mientras me dejaba caer en el sofá.
-Te recuerdo que aquella vez gane yo. Tu ya estabas en el suelo.
-Porque bajaste la guardia- respondí. Entrenarlo desde niño había borrado cualquier formalidad absurda entre nosotros.-Bueno- Dereck frunció la nariz- ,¿que urgencia traes? Desde aquí puedo oler tu... emoción, y te juro que no es agradable.
Respire profundo para contarle, pero tocaron la puerta.
-Querido, voy a entrar- anuncio la emperatriz Adeline.
La mujer irradiaba elegancia sin esfuerzo, incluso después de tantos años de guerra y responsabilidades.
-Oh, Dominick. No sabia que estabas aquí.
-Mis disculpas, Majestad. Vine a hablar con Dereck sobre el baile y quienes asistirán- mentí a medias.
Ella entrecerró los ojos como quien descubre un dulce escondido. Sabia perfectamente que ni Dereck ni yo disfrutábamos estos eventos.
-Venia a que mi hijo se pruebe su traje. Necesitamos hacer ajustes para mañana- comento con ese tono que no dejaba espacio a escapatoria.
Así pase la tarde mirando a Dereck probarse traje tras traje, y por castigo imperial, me hicieron probarme algunos también. La emperatriz disfruto cada segundo de mi martirio.
Y entre telas, agujas y comentarios de moda, perdí la oportunidad de contarle a Dereck que había sentido el olor de mi Alma. Ese rastro que seguía ardiendo en mi memoria.