Capítulo Siete: Un sueño tan real — Primera aparición —Parte dos.
Diciembre de 1846.
Solange Roussel.
A pesar de que siento que mi cuerpo aún necesita descansar un poco más, mis ojos comienzan a abrirse poco a poco. Y a penas los abro por completo veo a Ingrid junto a otra doncella al lado izquierdo de mi cama.
—Buenos días, señorita Solange. —saluda Ingrid, me incorporo en el lecho hasta quedar sentada.
—Buen día a ambas. —respondo. La otra doncella con la que ingreso Ingrid se dirige directamente a abrir las cortinas que cubren las ventanas de mi habitación—. ¿Quién es ella? —pregunta cuando mi criada personal se acerca ayudarme a colocarme una bata.
—Su nombre es Agnés, estará ayudándonos el día de hoy y acompañándola a los últimos eventos del año. Su madre ya le explicó todo lo que tiene que hacer, no tiene que preocuparse señorita. —asiento mientras me dirijo al cuarto de baño.
—Hoy será un día largo, ¿consultaste que los arreglos para las mesas de postres estén todos listos? —pregunto mientras ingreso a la tina de baño luego de quitarme la ropa de dormir.
—Sí, todo está en orden. Hubo un retraso los bocadillos para la sala de descanso pero ya se esta solucionando... —inmediatamente la miro—. Tranquila señorita, todo está bien, su excelencia, su madre también está al tanto de todo, puede respirar un poco. —mamá siempre esta ayudando incluso con tareas que no son de ella. Saber que está al tanto también de mis obligaciones me deja un poco más tranquila.
Una vez lista, me ocupo de supervisar que las comidas —que fueron mis tareas asignadas—, estén todas organizadas según la sección y salón en la que van a estar ubicadas.
—¿Dónde están las azucenas que van en la mesa central? El espacio está vacío... —todos los miembros del personal encargado del arreglo del salón de baile se detienen y me prestan atención en cuanto digo eso—. Ingrid, ¿qué sucedió con las azucenas blancas? Fui especifica pidiendo ese tipo flor.
—Se agotaron, el ducado no es la única gran casa que dará un baile por noche buena hoy, sin mencionar los festejos propios que tendrán otros. —suspiro.
—¿Qué tal las gerberas? —cuestiono, todos niegan con la cabeza ante mi pregunta.
—Lo lamento señorita, pero hay muchas más flores y rosas entre las que llegaron, puede elegir las que desee para reemplazar los otros modelos que no pudimos conseguir también. —Ingrid está intentando ser amable y animada como siempre, pero era mi deseo que todas las flores que solicité en la lista lucieran hoy en los adornos para los lugares de comida.
—Supongo que eso es lo que tenemos que hacer, no podemos retrasar más nada, traigan las flores del cargamento de afuera. —ordeno a dos hombres que están terminando de acomodar una mesa.
—¿Escuché que una princesa está en problemas? —me giro de inmediato al oír la voz de su alteza.
—Alteza. —realizo la respectiva reverencia, él me sonríe—. ¿No cree que llegó demasiado pronto? —trato de sonar serena, pero quizás es difícil que mi tono no suene derrotado.
—Pensé que tal vez mi futura esposa podría necesitar mi ayuda y no me equivoqué. —se acerca un poco más, toma mi mano derecha y deja un beso sobre ella—. Dime que flores necesitas y haré que las consigan para ti... —asegura mirándome directamente a los ojos.
—No tengo intención de sonar descortés ni de hacer menos su ayuda, pero en verdad quiero encargarme de esto yo sola, además no debería de dejar de tratarme de usted al menos hasta que el compromiso sea oficial. —él levanta las cejas y me observa con diversión—. ¿Dije algo que le cause gracia a su alteza? —cuestiono.
—¿Ingrid, cierto? —le habla a mi criada, ella asiente haciendo una reverencia—. Mi futura esposa y yo saldremos a dar un paso. ¿Ve al caballero detrás de mí? —señala a un hombre con aires de guardia real—. Por favor proporciónele la lista de cualquier objeto que haga falta a él, lo conseguirá por usted. —Ingrid asiente y se dirige a hablar con el caballero mencionado antes—. Ahora, prometida mía, usted y yo vamos a salir de aquí por el momento... —me toma del brazo y comienza a caminar hacia los jardines de mi casa.
—Aunque en verdad me gustaría charlar con usted, debo de informarle que no podré concentrarme de ninguna manera. —él frunce el ceño—. En verdad, poder terminar con la decoración y bocadillos antes de que exista algún inconveniente en muy importante para mí.
—¿Así que está dejándome de lado por un baile? —finge estar molesto.
—Tal vez un poco. Este es uno de los pocos bailes que mi familia da en el año y uno de los más esperados por gran mayoría de la sociedad. —señalo ante lo cual él termina asintiendo.
—¿Qué tal estás con las practicas? —otra vez vuelve a tutearme.
Él cree que estoy intentando entender mis dones a través de la practica y de lo escrito por el fallecido duque Arthur en su diario, pero no es así.
Puesto a que yo no llamaría practicar a una o dos ocasiones en que verdaderamente lo he intentado.
—¿No lo ha intentado verdaderamente...? —niego varias veces con la cabeza con gesto apenado además—. ¿Sigue teniéndole miedo a sus dones? ¿Es por ello? —suspiro.
—Sé que quizás lo hace por intentar ayudarme, pero no es el lugar ni el momento para tratar de hacerlo. Le tengo miedo a mis dones, tengo temor a a usarlos y no tener el control suficiente como para no lastimar a nadie. —le explico con calma y frustración mezcladas a la perfección.
—Entiendo, fui impertinente, me disculpo. —su disculpa se siente un poco lejana.
—No, permitame disculparme a mí si he ofendido a su alteza de alguna manera. —él lo niega, pero nada más parte de eso.
—Todo está bien. Estaré cerca y cuando Thomas tenga lo que necesita le pediré que lo lleve directo a donde usted se encuentre. Puede seguir con sus actividades, la buscaré unos minutos después de comenzado el baile. —por alguna razón que no logro hallar su tono se vuelve algo amargo y áspero. Termina de hablar, y realiza un reverencia antes de marcharse por otro camino diferente al mío.
Y aunque frente a él puede que nunca lo acepte, su actitud de antes de marcharse no fue de mi agrado, pero tal vez fue algo que sin querer provoqué al no aceptar su ayuda.