Capítulo Siete: Un sueño tan real — Primera aparición —Parte uno.

900 Words
Capítulo Siete: Un sueño tan real — Primera aparición —Parte uno. Diciembre de 1846. Solange Roussel. Corro. Corro por un bosque que no conozco, pero estoy huyendo de alguien. No sé de quien porque ni siquiera me detengo a mirar, no volteo solo sigo corriendo en línea recta, aunque tampoco estoy muy segura de hacia donde voy, solo sé que tengo que escapar. Continuo corriendo hasta que llego al filo de un acantilado y antes de poder cambiar de rumbo alguien me empuja directamente hacia el vacío. Pero contrario a lo que puedo creer, que en algún momento voy a recibir el impacto del suelo y a sentir dolor, no sucede. Al contrario, es como si mi cuerpo ya no este en ese lugar. Ahora solo veo algo parecido a la neblina, una muy densa neblina. —¿De quién corrías con tanta prisa? —no sé a quien pertenece la voz, pero suave y un tanto curiosa. —No lo sé, tampoco sé donde estoy. ¿Quién eres y dónde estás? —pregunto, ni siquiera sé quien es la dueña de la voz. Y no puedo confiar en nadie, debo saber donde estoy. —Ahora estás a salvo, Solange, y tu no estabas huyendo de nadie. Esos solo fueron mis recuerdos, fragmentos de mi alma que hoy habitan en la tuya y a los que puedes acceder a través de tu mente, cuando duermes sobre todo, tan solo acabas de vivir algo de lo que fue mi vida. —entonces una mujer aparece frente a mí. —¿Quién eres y cómo es que estás en mi mente? —ella se ríe—. ¿Se está burlando de mí? —No, Solange. Pero me hubiera gustado ser la mitad de desconfiada que tú cuando estuve en vida, me río porque después de tres intentos ha nacido una hija del sol digna de la magnitud verdadera de mis dones. —frunzo el ceño. —¿Eres una hija del sol? Si esto no esta pasando realmente, ¿esto soñando como dices? —ella asiente. —Soy Elisa Roussel, Solange. La primera hija del sol, hija de un dios descendiente de la diosa luna y el dios sol. Hija de una bruja blanca que murió el mismo día de mi nacimiento... —su tono decae por un momento pero vuelve a mirarme esperando que diga algo. —¿Eres la princesa...? —cuestiono sin creerlo. —Sí, lo soy, pero prefiero el título que me fue otorgado gracias a mis abuelos paternos, duquesa de Alsacia, igual que tus padres. —se escucha agradecida. —¿Este sueño tiene algún motivo en concreto? —ella se encoje de hombros. —Todo en tú vida tiene un sentido, Solange, hasta el más mínimo paso que des siempre tendrá una gran importancia, nunca olvides eso. —a pesar de que no ha dejado el tono de tranquilidad y calma, puedo sentir la seriedad en sus palabras. —Si lo que vi fue un fragmento de tu vida, ¿significa que estuviste en peligro? —ella hace una mueca. —No puedo responder a esa pregunta, pues debes de seguir el curso de tu vida, sea que esta ponga o no pruebas en el camino. Pero puedes intentar con alguna otra duda. —indica. —¿El príncipe...? —ella me interrumpe y da saltitos en el mismo sitio donde está parada. —¿No es un amor? Me pareció que alguien como tú no podía tener menos pareja, después de todo eso te llevará a ser reina en algún momento. ¿Por qué hablamos de Théo? —inquiere con clara curiosidad. —¿Fuiste tú quien lo eligió? ¿Igual que a todos los esposo de las otras tres hijas del sol? —ella niega con la cabeza mientras hace un sonidito con la boca. —Comencé a intervenir con sus parejas una vez morí, antes la abuela se encargaba de ello. —asiento lentamente haciéndole saber que lo entiendo. —¿En verdad él es como mi complemento? —indago algo confundida. —Lo es, con o sin mi intervención o la de mi abuela, ambos se hubieran cruzado y en un futuro casado, el que los hayamos reunido nosotros no hace ninguna diferencia, Solange, es como el caso de tus padres. —explica detenidamente. —¿Tú amaste a la persona que eligieron para ti? —su rostro se suaviza al escucharme preguntar eso. —Ni siquiera él sabía que era mi pareja elegida por los dioses e igual nos enamoramos. Pero créeme, querida y dulce, Solange, tu vida será más que una historia de amor o magia. El amar a Théo sería de lo que yo menos me preocuparía. —frunzo el ceño, porque alguna hay en su voz que la tiñe de resentimiento. —¿Me estás advirtiendo sobre algo? —su expresión un poco molesta cambia enseguida termino de hablar. —Repito, Solange, hay ciertas preguntas que no puedo, ni tengo la libertad para responder. Sin embargo, tienes que saber que las cuatro siempre estaremos para ayudarte. —me sonríe y siento que soy capaz de sentir el mismo calor de una madre desprenderse de ella—. Bueno, quizás Alba sea algo difícil, pero lo hará. Ahora regresa. —¿Qué...? —de la misma manera en la que la extraña neblina apareció, desparece. —...
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