Capítulo Uno: ¿Bendición o maldición?
Noviembre de 1846.
Doscientos años antes.
Solange Roussel.
De mis cuatro hermosas e inteligentes hermanas, soy la mayor, la primogénita del matrimonio de mis padres, sus excelencias, los duques de Alsacia, mi padre, quien debería heredar si titulo a su descendiente varón, el cual no tiene, ni tendrá, es el único descendiente de su familia, por lo cual el futuro de este ducado recae sobre mis hombros, o al menos eso es lo que la mayoría de las personas cree, eso es lo que la sociedad piensa, eso es para lo que comencé a ser educada hace más de cinco años, cuando nació mi última hermana.
Sin embargo, lo que la sociedad no sabe, es que al parecer mi padre no tiene ninguna intención de cederme su titulo, propiedades y riqueza una vez fallezca, pues aunque estoy siendo educada y preparada para recibir el titulo de heredera en cualquier momento, mi segunda hermana recibe exactamente la misma preparación que yo.
Y la verdad no me asustaría ni tendría que preocuparme si no fuese porque mis padres desde que tengo memoria se han enfocado más en Mélodie, incluso ahora cuando ambas estamos recibiendo nuestras primeras propuestas matrimoniales, en lugar de buscar una pareja fuerte para mí, es todo lo contrario, papá rechaza a cada buen pretendiente para mi y se empeña en buscar un caballero con mejor rango solo para mi hermana.
No obstante, nada de eso puede compararse a lo que acaba de ocurrir hace unos pocos minutos. Y por lo cual ahora me encuentro encerrada junto a mis padres en el salón privado de papá.
—¿Madre? —me tiemblan las manos y aún más la voz. Mamá me observa un momento y parece que estuviera mirando al ser más despreciable del planeta.
—¿Qué fue lo que sucedió? —cuestiona papá sin titubear.
—No lo sé. Yo no hice nada, Mélodie es... —padre me interrumpe.
—¿Nada, Solange? Si no fuese por Marie tu hermana hubiera resultado aún más lastimada y asustada que ahora. ¿Sabes lo que provocaría una quemadura como la que casi le causas...? —no le respondo—. ¿Lo sabes, Solange? ¿Y es así como esperas que mi herencia pase a ti? —levanto la mirada, asustada—. Ninguna hija mía sería capaz de hacerle daño a una de sus hermanas.
—Yo no...
—¿Sabes que la brujería esta prohibida? —pregunta mamá preocupada, pero aun mirándome con rencor.
—No practico ninguna clase de magia, mamá. Sé cual es el castigo y más si es magia oscura... —ella observa a mi padre, ambos se sostienen la mirada por un tiempo.
—Lucas, es ella. Lo sabíamos desde el inicio. Debimos hablar de esto desde lo ocurrido semanas después de su décimo sexto cumpleaños, desde ese incidente tenía que haber sido... —papá la detiene de continuar hablando.
—Estuvimos de acuerdo en que nadie tocaría ese tema, Julie, de forma que...
—¡Casi lastima a una de mis hijas! —por alguna razón al decirlo de esa manera, me esta excluyendo de mis hermanas.
—Ella no... —suspira profundo—. Han pasado años, es imposible. —niega con la cabeza una y otra vez.
—¿Cómo aprendieron a vivir tus antepasados con ellas? ¿Se volvieron peligrosas? Las niñas no pueden... —se lleva las manos a la boca y sus ojos comienzan a llenarse de lagrimas.
—No lo sé, pero debes de dejar de actuar como si no fuera nuestra hija. —mi padre me mira sin despegar su vista de mí, como si quisiera hallar algo en mí mirada. —¿Te encuentras bien, no te sientes mal? —la pregunta me toma un poco por sorpresa.
—¿Lucas no estas hablando en serio o si? —no reconozco el tono de voz que mi madre esta usando, pero sé que me lastima.
—Sé que lastimó un poco a Mélodie pero si es lo que crees entonces no fue voluntario y debe tener nuestro apoyo. —madre lo mira horrorizada—. Julie, es nuestra hija, creció en tú vientre, la cuidaste y amamantaste cuando era una bebé... —mamá comienza a alejarse, hasta terminar saliendo de la estancia.
—Padre. —se gira hacia mí—. ¿Qué sucede? Juro que no practico nada que no sea debido, y quiero demasiado a Mélodie, no sería capaz de lastimarla, ni a ella, ni a ninguna de mis hermanas. —papá toma una de las sillas del salón y se sienta en frente mío.
—¿Recuerdas que todas tus hermanas y tú crecieron con la leyenda de la hija del sol? —asiento, pues es la verdad—. ¿Aún recuerdas de que va la leyenda? —su voz trata de trasmitirme calma, pero estoy asustada.
—Si, lo último que ocurre es que la pequeña princesa es adopta y criada por una pareja de duques... —padre me interrumpe.
—Lo que ni tú madre, ni yo mencionamos nunca fue el apellido con el que la princesa creció. —mi pulso comienza a acelerarse—. Aquella niña fruto del amor entre una bruja blanca y un dios, fue una de nuestras antepasadas, ella creció, desposó a un hombre y con él formaron su propia familia, nadie esperaba que la descendencia de la princesa siguiera el mismo camino que ella. Pero sucedió, su primera hija, su primogénita, nació con cabellos del color del sol y ojos tan cautivadores como la luna, pero conservando esta vez la tez de su progenitor.
—¿Quiere decir que hubo dos hijas del sol? —cuestiono, sin entender casi nada.
—Hubo más de dos hijas del sol. Pero de pronto la última que nació hace más de cien años nunca tuvo una hija, solo un único hijo varón, ella fue la madre de tú bisabuelo, toda mi familia, mi línea sanguínea desciende de la primera hija del sol. —examino a papá porque no se puede negar que increíble lo que se esta contándome.
—¿Entonces qué eres padre...? —él se ríe un poco y baja la mirada.
—Los descendientes varones no conservamos nada de sus dones, mi cabello no es como el de las princesas porque hace tres generaciones no hay una sola semidiosa, y creí que mi descendencia tampoco sería capaz de restaurar nuestra esencia. —me sonríe—. Pero aquí estas, tú existes...
—Papá, no sé si estoy comprendiendo lo que dices.
—Sé que lo entiendes Solange, tú madre y yo lo sospechamos desde tu nacimiento, tu cabello, tus ojos, la paz que trajiste cuando llegaste al mundo. —estoy angustiándome—. Sin embargo, ambos estábamos reacios a creer que nuestra unión fuese capaz de regresar una bendición que se creía perdida, pero mírate aquí. Tú, mi primogénita, la novena generación desde la primera princesa. Eres la quinta hija del sol. —habla con orgullo y un toque de felicidad.
—¿Soy qué cosa? —mi padre aprieta mis manos, las levanta y deja un beso en el dorso de cada una—. Papá apenas estoy aprendiendo a como debo liderar la familia en el futuro, no puedo...
—Esto no es un peso, Solange, es una bendición, una de la que si bien no entiendo mucho, estoy dispuesto a ayudarte. Algunos creen que ni mi padre, ni mi abuelo nacieron con los dones divinos de la semidiosa al igual que yo porque no hubo una razón especial para heredar aquello. Pues se dice que los esposos de las princesas siempre fueron personas “especiales”. Nadie entiende que tan especial pudieron ser, pero míranos, Julie es una mujer preciosa, es talentosa, pero no es perfecta, es especial para mi como cualquier m*****o de la familia, pero nada fuera de lo normal, no es poseedora de algún don, no practica brujería. Proviene de un linaje noble puro, pero no hay más.
—¿Soy una hija del sol? —papá asiente muy entusiasmado—. Pero lo que hice a Mélodie es imposible que sea por ello. Las semidiosas alcanzan el desarrollo completo de sus dones luego de su décimo octavo cumpleaños, yo aún ni los he cumplido...
—Tienes razón, pero las brujas alcanzan la madures desde su décimo sexto cumpleaños, por eso tu madre lo mencionó. Lo que sucedió, ese poder que emanó de ti por estar molesta, salió de tu herencia como bruja. —los temblores de mis manos regresan.
—Su practica esta prohibida, puedo morir si alguien llega a enterarse. Puedo lastimar a mis hermanas si continuo así y mamá va a odiarme, si es que no lo hace ya. —mi padre niega varias veces tratando de calmar mis miedos.
—Aprenderás a controlar este y todos tus dones. No fue tu culpa lo sucedido, Julie y yo debimos hablarte de la posibilidad de que fueras una hija del sol desde hace años atrás, somos responsables de actuar con precaución.
—De acuerdo, es bastante información. ¿Puedo retirarme a mis aposentos por ahora? —pregunto esperando su aprobación.
—Puedes hacerlo. No tengas miedo, Solange, te ayudaremos con todo lo que podamos.
Tal y como lo pido, me retiro a mis aposentos, sin poder asimilar aún lo que escuché salir de los labios de mi padre.
Una hija del sol...