Capítulo Dos: Entre dos verdades.
Noviembre de 1846.
Solange Roussel.
He pasado casi cuatro días sin salir de mi habitación, no quiero creer algo que ni siquiera sabemos con certeza si ocurrió o no, no obstante, mi padre nunca bromearía con algo así y si fuese mentira mi madre se habría preocupado porque no he salido en días, hubiera venido a buscarme, lo cual no ha ocurrido para nada.
La hija del sol es una leyenda que pocos conocen, una historia de amor trágica, de perdidas y tratos difíciles de aceptar. Pero esa leyenda es lo único que se sabe de ellas, nunca se supone el apellido de la pareja de duques que adoptaron a la pequeña princesa, así que no hay manera de saber que fue de ella, si tuvo una buena y larga vida, a pesar de que la leyenda lo dice.
Por lo cual me es difícil creer que después de ella nacieron más hijas del sol y más cuando sin ninguna razón aparente estas niñas divinas dejaron de nacer.
Hasta mi nacimiento, entonces sin razón nuevamente los dones y características divinas de la semidiosa regresaron a mi familia. Sí, es verdaderamente curioso que de todas mis hermanas solo yo poseo los ojos del mismo color que papá o que mi cabello sea el más llamativo entre todas, pero nunca me preocupé por eso.
Ahora mientras me observo en el espejo de cuerpo completo de mis aposentos no puedo evitar preguntarme si las cuatro hijas del sol que insiste mi padre que existieron poseían este mismo tono de cabello.
—Señorita, señorita. —salgo de mis pensamientos cuando escucho la voz de mi criada—. Disculpe, sus padres la esperan en el salón principal... —abro la boca para replicar pero enseguida el cuerpo de mi criada es cubierto por el de mi padre.
—Padre. —saludo, él sonríe con cierta pena—. Buen día, estaba por decirle a Ingrid que no me será posible acompañarlos, porqué... —padre no me deja continuar.
—Gracias por tu ayuda, Ingrid, puedes retirarte por ahora, yo hablaré con mi hija. —Ingrid asiente, sale de mi habitación cerrando la puerta detrás de ella.
—Papá en verdad... —el rostro de mi padre se transforma en euforia absoluta.
—Hay pretendientes, bueno, en realidad los ha habido estos días, y hoy regresaron algunos y llegaron nuevos. Son pretendientes para ti y Mélodie, debes venir al salón con nosotros. —extiende su mano esperando que la tome.
—Creo que es mejor que este lo más alejada posible de cualquier persona, aún no sabemos que podría o no hacer.
—Solange Maelle Roussel Moreu, es una orden, no estoy pidiéndote que lo consideres, vas a bajar conmigo y conocerás a los caballeros que esperan por ti en el salón. ¿He sido claro, hija mía? —pregunta con su voz siendo teñida por un pequeño y corto tono de reprimenda.
—Sí, padre. —termino diciendo para después tomar su mano y luego salir de mis aposentos.
—Sé y puedo notar que estás aterrada pero puedo asegurarte que todo estará bien. —respiro profundo y asiento.
Quisiera creer firmemente que lo que dice papá es cierto, pero él no puede saberlo con certeza, si hubiese sido la hija de una mujer que también fue una semidiosa —porque eso es lo que se supone que soy—, ella me hubiera orientado, ya sabría que debo hacer, que debo evitar y como actuar.
Ni aunque quisiera que esto de la ser la quinta hija del sol sea mentira, no puedo negar que por un momento de desesperación y algo de enfado casi quemo parte de rostro de mi hermana. Aquella energía que salió de mi cuerpo y se terminó convirtiendo en pequeñas llamas de fuego no fueron objeto de mi imaginación, eso de verdad sucedió.
—Solange, respira, eres una joven ejemplar. Y ya es tiempo de que dejemos de postergar tú unión con algún caballero. —menciona mientras toma mi mano y la aprieta dentro de la suya.
—No tengo miedo de eso, padre. No le huyo al matrimonio, le huyo a no encontrar una pareja que considere buena y apta para compartir mi vida con él, a eso y ahora que estando casados solicite la anulación del matrimonio al pensar quizás que practico brujería. —escucho a papá suspirar pero no hace ningún otro comentario hasta llegar a la entrada del salón.
—Dejarás de pensar en la presión que sin querer te infligí, olvida eso, al entrar no serás la quinta hija del sol, solo serás la señorita Solange Roussel, futura jefa y matriarca de está familia. ¿Estamos de acuerdo, señorita? —ante la pregunta de mi padre no hago más que asentir.
—Su excelencia, duque de Alsacia y señorita Roussel. —anuncian en cuanto cruzamos la puerta del salón, por lo que todos los presentes se levantan.
—Excelencia. —saludan cinco hombres sentados al lado de mi hermana al mismo tiempo.
—Su excelencia. —saluda otro caballero parado al lado de mi madre.
—Excelencia... —un solo caballero se acerca, inclina la cabeza como muestra de respeto hacia mi padre y luego centra toda su atención en mí, atreviéndose a tomar mi mano para dejar un beso en el dorso de está—. Hermosa señorita Roussel, es un verdadero placer contar con su presencia luego de dos días esperando verla. —levanto la cabeza queriendo saber si mi padre esta de acuerdo con la acción del caballero y responder según eso. Papa asiente.
—Un gusto, mi lord. Lamento hacerlo esperar, no he estado bien de salud. —miento para tratar de excusarme.
—Buen día, pueden sentarse. Mi esposa y yo estaremos aquí, pueden conversar con nuestras hijas con tranquilidad, ambas estarán encantadas de escucharlos. —papá toma asiento junto a mi madre y ella le tienda una taza de té.
—Así es, nuestra Mélodie es maravillosa en muchos aspectos... —dice mi madre de forma dulce, los presentes miramos a mi hermana y luego siento sus ojos sobre mí, supongo que esperando que mi madre haga un buen comentario sobre mí, pero este no llega.
—Todas las jóvenes son maravillosas de alguna u otra forma... —comenta el caballero que se acercó hace un momento—. Me atrevería a asegurar que la señorita Solange. —sonrío un poco en agradecimiento hacia el caballero, pero no puedo evitar mirar a mi madre con dolor.
—¿Qué cosas le apasionan, señorita Solange? —pregunta el caballero que hace un momento estaba frente a mi madre, a él lo he visto en uno que otro baile, y sé que desde hace unos meses comenzó a buscar a su futura esposa, pero no he podido memorizar su nombre—. Oh, disculpe, Raphael Richard, la vi en el último baile, hace una semana y no pude evitar resultar atrapado por su belleza.
—Señor Richard, agradezco el alago, y la verdad, siento pasión por varias cosas, me gusta tocar el piano, me encantan bailar, disfruto de una buena pareja de baile, la poesía y demás. —el caballero luce satisfecho con mi respuesta.
—Quizás sea momento de que yo me presente. —nuevamente el caballero atrevido, toma la palabra a pesar de que haya una conversación de por medio con el señor Richard—. Creo que a lord Richard no le molestará esperar un poco. ¿Cierto? —por un momento los caballeros comparten una mirada un poco tensa pero Richard termina asintiendo y retirándose a charlar con mis padres.
—Con todo respeto no creo que... —intento hablar, pero él me interrumpe.
—Deberíamos sentarnos. —indica señalando el sillón a mi lado, lo sigo y toma asiento a su lado, manteniendo una distancia prudente—. Permitame presentarme: Théo Hoffmann, príncipe de Dinamarca... —la sangre deja de recorrer mi cuerpo en cuanto escuchó su título.
—¿Qué...? ¿Cuál es su título? —él sonríe abiertamente, dando a entender que quizás ya esperaba una reacción así de mi parte—. ¿No es francés? —él asiente—. Pero, acaba de...
—Lo sé, pero también tengo nacionalidad francesa, mi madre es de aquí, y mi padre es el monarca actual de Dinamarca. ¿Cree que mi título es mucho para usted? —pestañeo sin comprender que espera que pueda responderle.
—No lo ha hecho aún, pero en caso de llegar a casarme con usted, tendría que abandonar Francia. —él asiente—. Usted es la razón de su insistencia... —susurro.
—¿De su padre? Es muy probable. Tengo todas las intenciones de comprometerme con usted, hacerla mi esposa y en un futuro reina de Dinamarca... —lo interrumpo.
—¿Reina? ¿Es usted príncipe heredero de Dinamarca? —él me sonríe.
—Sí y sinceramente espero poder decir pronto que usted es la princesa heredera de mi nación.
Al escucharlo decir eso último levanto la mirada en dirección y me percato que mi padre en ningún momento ha dejado de observar en mí dirección y la sonrisa que se extiende en su rostro me hace temer un poco. Papá desea que contraiga nupcias con este príncipe.
Sin embargo, es muy pronto para saber si es a su alteza a quien quiero como mi pareja, y hasta ahora no tengo una muy buena imagen de él. Quizás siendo un príncipe por lógica debería ser la mejor opción, pero no voy a escoger a mi futuro marido por la cantidad de riqueza o por el título que pueda ofrecerme.