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948 Words
Londres 1939 -No puedo creer que este puede ser nuestro último baile en el castillo.- Se quejó Alicia mientras arrugaba sus ojos para mitigar el dolor que aquel tirón de cabello le propiciaba. -Yo no puedo creer que vayamos a celebrar algo, cuando el mundo está a punto de entrar en guerra.- respondió Helen observando su propio reflejo en la ventana, con sus piernas dobladas sobre el alfeizar. -Te estás arrugando todo el vestido, Ellie. Los dobleces se marcan y cuando vayas a bailar todos van a hablar de ello. -le reprochó Alicia obviando su comentario. -Pero si hasta me suena ridículo pensarlo, nosotras con esta ropa, bailando piezas alegres mientras algunas personas están muriendo allá afuera. ¿No leiste el Daily Express esta semana?- respondió mientras se ponía de pie y acomodaba su falda, aunque no quisiera siempre terminado sucumbiendo ante la mirada de los demás y esa no iba a ser la excepción. -Por supuesto que no, Ellie y vos tampoco deberías hacerlo, esos temas arrugan la piel antes de tiempo. Ahora, por favor, vamos que necesito que hagamos una entrada triunfal.- respondió su amiga tomándola del brazo para llevarla hacia la vereda dónde las esperaba el auto para llevarlas al palacio. Como solía ocurrir, Alicia se adelantó sin dejar de mencionar a cuanto conocido veía a su paso, su herencia real era mucho más robusta que la de Helen, de no ser por su hermana hubiera logrado convertirse en reina algún día y eso siempre cuenta con un peso sobre los hombros. Por su parte Helen, era hija de los duques de Kent, había nacido en una granja cerca de Ardingly a la que aún había asistido durante sus vacaciones y la recordaba con mucho cariño, sobre todo luego de su paso por el Colegio St. Mary`s Wantage, en el que siendo apenas 20 mujeres entre todos los alumnos, no la había pasado nada bien. De hecho, había adquirido una desconfianza particular para con el sexo opuesto, llevandola a preferir su soledad a sus 20 años. El salón principal estaba repleto, al parecer nadie había querido perderse el que podría ser el último baile por un largo tiempo. Damas de la alta sociedad de todas las edades lucían sus vestidos nuevos con especial cuidado de no ostentar, caballeros de esmoquin fumaba sus cigarrillos sosteniendo copas rebosantes con su otra mano, incluso un grupo de militares con sus uniformes de gala formaban círculos de pie, en lo que parecía, ser discusiones vehementes, pero en su mayoría sin sentido. Alicia tomó el codo de su mejor amiga y la arrastró hasta donde se encontraba su primo, el más parecido a ella de la familia y los tres comenzaron a bromear acerca de las mismas cosas con las que llevaban divirtiéndose hacía años. -Victor, vengan que quiero presentarles a alguien.- los interrumpió su madre y Helen los vio alejarse aún con la sonrisa en sus labios, gustosa de no tener que cumplir con aquellos protocolos. -Como se nota que viven en una burbuja. Estas princesas no van a saber dónde meterse cuando estalle la guerra.- oyó muy cerca de ella y giró sin reconocer a ninguno de los soldados que hablaban a sus espaldas. -Disculpen ¿habla usted de mí? Es que yo no soy una….- comenzó a explicarse, se sentía mal por aquel comentario, por supuesto que ella estaba preocupada por la guerra, de hecho ni siquiera tenía intenciones de ir a aquel descabellado baile, pero era muy difícil explicar aquello enfundada en su vestido de terciopelo verde oscuro con aquel peinado recogido que mostraba sus aros de esmeralda. -Deja a la pobre niña, MC. Se supone que esta noche es para relajarse. - lo interrumpió otro de los hombres golpeando su hombro con reproche. -Iba a explicarles que yo..- quiso continuar Helen, pero MC la interrumpió. -No se moleste, princesa, siga con sus joyas costosas y sus ansias de bailar, pero le recomiendo que las guarde bien luego, podría alimentar a un buen numero de personas con ellas.- respondió mucho más engreído de que lo que Helen estaba dispuesta a tolerar, por eso se acercó alzando el mentón, era un gesto que había aprendido a utilizar en el colegio, cuando los grandulones intentaban amedrentarla, estiró su dedo índice y señaló al oficial sin llegar a tocarlo. -No es de caballero juzgar a las personas, señor, y mucho menos interrumpirlas cuando intentan explicarse, al parecer encuentra este baile tan fuera de lugar como yo, también estoy al tanto de lo que se avecina y no tendría problemas en donar mis joyas si fuera necesario. -le dijo quitándose los aros con un movimiento brusco. -Pero por lo que veo usted también decidió venir, así que eso no nos hace tan diferentes después de todo.- agregó tomando la mano del soldado con un descaro que nunca antes había mostrado para abrirla frente a sus ojos. -Y no soy una princesas.- sentenció entregando los pendientes mientras soltaba todo el aire de sus pulmones y giraba sobre sí misma para alejarse. Creyó oír un breve silencio, creyó haber logrado su cometido, pero los hombres no aceptan las derrotas, y las risotadas que oyó luego le confirmaron que de seguro se estaban burlando de ella y aunque estaba acostumbrada a que sucedieran, esta vez le dolió de un modo especial. No quería pensar que tenía que ver con los ojos de aquel soldado o con sus fuertes manos, esas que se había animado a tocar, mucho menos con la forma en la que había recorrido su cuerpo mientras sus labios enseñaban una mueca prohibitiva. No quería, pero definitivamente esa noche y muchas más, fue en lo único en lo que pudo pensar.
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