Primer capítulo especial.

3579 Words
En el seno de una familia estrictamente tradicional de un pequeño pueblo en Michoacán, nace una niña, pequeña y llena de fragilidad, su enrojecido rostro mostró que su piel sería blanca como ninguno de sus hermanos, y sus ganas de vivir y de superarse cada día en su vida la hicieron enemiga incluso de sus padres. Ninguno de ellos comprendía que existiera una fuerza de voluntad tan implacable. Sus ojos eran oscuros, contrastaban con su piel, Paloma la apodaron. Sin embargo, un sueño terrible la intentaba preparar para el futuro que se le vendría encima: Siendo una pequeña bola rosada y primordial de un ser humano, se implantó en el vientre de su madre, pero lejos de sentirse amada y esperada, aquella extraña y desagradable sensación era de repudio y rechazo. Si bien la certeza apenas había sido sembrada una defensa extraordinaria se activó de pronto permitiendo a la inmadura mente protegerse: el retraimiento mental, similar a un síntoma autista. Sin embargo, ella comenzó a desarrollar su sexo y sentido femeninos, así como una necesidad de complacer a las personas de su vida y la incapacidad de comprender qué era lo que causaba que todos la rechazaran. Su corazón y alma comenzaron a sufrir desde antes de nacer. Ella creció como se le permitiría en su numerosa y competitiva familia, aun así, su actitud frente a las limitaciones no mermaba, sabía que los pocos ratos de felicidad y alegría, por escasos que fueran, debía aprovecharlos al máximo. Existían raros momentos en los que sus hermanos le daban la aceptación suficiente para incluirla en sus diversiones, que eran más abundantes y espesas que las suyas. Pero al final del día, ella seguía sintiendo que no formaba parte de aquel grupo. Más temprano que tarde, ella supo el motivo por el que era tratada de aquella manera, antes de ella, sus padres habían esperado el nacimiento de una niña, a la que eligieron el nombre de Ana, pero por caprichos de la vida o voluntad del dios no siempre benevolente en el que creían, esa niña murió en el vientre, por lo que al saber de la llegada de ella, el resentimiento contra la naturaleza de ese fallecimiento fue dirigido a esta pequeña, para quien, no obstante, ni siquiera eligieron un nombre especial, decidieron intentar reemplazar el sentimiento de pérdida otorgando el mismo nombre, pero con el constante rechazo hacia ella, como si fuera la culpable de tan lamentable pérdida. Sin embargo, al comenzar a pensarse sola contra una implacable marea, una curiosa y noble deidad la observaba de cerca, volviéndose su amigo imaginario y su compañero de pláticas a solas, él miraba el conmovedor comportamiento de la niña, así como el odioso trato que le daban. Ella mostraba a pesar de todo una enorme fe en su religión, buscando consuelo y aceptación en, quien ella creía, que le daría el amor incondicional que leía y veía en otras personas. Esa deidad ocultaba su verdadera apariencia de ella, cuidando no alterar su frágil mente, ofreciéndole la imagen más amada que tenía, la del mesías cristiano. Esa imagen, sin embargo, tenía cierto origen relacionado con él. Él comenzó a protegerla de los constantes regaños para contrarrestar el daño que recibía, decidió que en momentos en los que era violentada de cualquier manera, él tomaría el daño, sumiéndola en un pasivo sueño, donde jugaba con ella a sus actividades favoritas y donde le mostraba un campo abierto lleno de unas preciosas flores blancas que brillaban como faroles. Le pidió ponerles nombre porque esas flores eran para ella. Fue el preámbulo de lo que le tenía preparado. Ana siempre mostraba una expresión vacía y seca frente a los maltratos, así como una falta notable de reacción a los golpes que le propinaban. Sus padres, frustrados ante su falta de llanto, arremetían contra ella con mayor fiereza, el pasivo dios tenía entonces la necesidad de hacerla mostrar dolor y sufrimiento, para que así dejaran en paz el pobre cuerpo, mientras ella miraba todo pasar, como un anuncio de televisión, siendo testigo más no receptora del daño, él siempre la consolaba. No había otra manera de hacerlo, pues al volverla ignorante de su realidad le haría perder la fuerza que más adelante tendría. La pequeña Ana cultivaba un carisma excepcional, en la misma medida en su familia crecía la incomodidad y el descontento. Siendo una adolescente, ella se encontró de pronto atada a las labores de la casa, y muy especialmente a la cocina, mientras sus hermanas mayores, e incluso las menores, disfrutaban de su juventud y libertad, no le quedaba otra alternativa más que imaginar cómo sería aquello. Hasta que el primer golpe de riesgo la azotó, y por primera vez agradeció no formar parte de aquella actividad. Su hermana mayor, el más grande orgullo del padre, se embarazó de su novio y decidió casarse con el sujeto. Al ser la más mimada de la casa, la hija mayor ni siquiera sabía lavar su propia ropa, mucho menos cocinarse, por lo que era Ana a quién su padre enviaba para alimentarla en su avanzado embarazo y luego de ello. Justo después de esa arriesgada boda, a Ana se le permitió salir algunas ocasiones con las hermanas solteras, y consiguió muchísimos pretendientes, todos con diferentes y variadas cualidades, así como desventajas. Ella se enamoró pronto de uno de ellos, cuyos parientes habitaban en la capital, eso se convertiría en la mayor desventaja del joven, pues de inmediato sus padres le prohibieron acercarse a él. Su nombre era Víctor. Ellos tenían pocas oportunidades para verse, siempre a escondidas, para simplemente mirarse y, en ocasiones muy arrebatadas, tomarse de la mano. Ese pequeño y tímido gesto los hacía a ambos suspirar profundamente y les daba sueños dulces, donde se podían visualizar ancianos y disfrutando de su compañía. En su último encuentro, Ana le cuenta sobre la prohibición que sus padres le hicieron, él le prometió esperar el tiempo necesario por ella, así fueran 50 años, él volvería por ella. Sus hermanas la espiaron en ese encuentro, rápidamente le avisaron al padre y éste se la llevó de inmediato a la casa. Sus gritos, insultos y golpes se escucharon por la calle, mientras la arrastraba. Víctor no podía hacer nada, salvo mirar y grabar profundamente en su memoria el trato que presenciaba. Al llegar al hogar más frío e injusto del pueblo, Ana recibió la paliza más fuerte de su vida, su padre realmente desahogaría sus problemas contra su hija, quien terminó tan mal herida que esa noche la pasaría con fiebre. El dios acudió a ella, haciéndose cargo de su cuerpo nuevamente, llevándola a ese sitio especial, donde ella era feliz y libre. Mientras él curaba sus moretones y cortadas, ambos charlaban y jugaban, Ana le contó sobre ese chico especial, con el que soñaba y también lo imposible que era. Él ya había visto al muchacho, no le parecía tan atractivo para hacerle justicia a la joven, pero alcanzaba a notar su honestidad en sus sentimientos por ella, darle su apoyo. Ana no pudo salir de su casa en semanas, sus padres prácticamente la hicieron una esclava doméstica, si se encontraba algo sucio o fuera de lugar era su responsabilidad. En esos días, Víctor regresaría a la ciudad con su familia, sin dejarse desanimar, él había hecho una promesa y no descansaría hasta cumplirla. Ella no olvidaba a ese chico, todos los días, todo el tiempo, lo recordaba con cariño e ilusión. Hasta que sus hermanas, con toda su saña, le mencionaron que él se había ido, quizás con otra. Ana sintió caer su corazón al piso y ser roto en miles de pedacitos. No se permitió mostrar la más mínima reacción frente a ellas, pues sabía lo que deseaban con aquello, simplemente continuó con sus deberes. En la noche, protegida entre sus cobijas en su pequeña cama, derramó suaves y silenciosas lágrimas, no pudiendo soportar más su dolor. Algunos días después, un joven se presenta en su casa, aseguraba haberse enamorado de ella y pedía su mano formalmente para casarse, ella no recordaba haberlo conocido antes, pero él juraba que varias veces se habían visto. El hombre se veía descuidado en su persona y daba una mala espina, desde su mirada lasciva hasta la melosa labia para convencer a sus padres, quienes rápidamente cerraron el trato, como si su opinión no contara en el asunto. Ana intentó sólo una vez convencer a su padre de lo contrario, desistió al recibir una fuerte bofetada, que le reventaría el interior de la mejilla. Su madre simplemente le dijo: - Cásate con él, para que te vayas de aquí y seas más libre. Lo que aparentaba ser el mejor consejo que una madre le regala a su hija, se convertiría en un suplicio aún mayor. A los pocos meses, cumpliendo apenas los 20 años, ella estaba frente al altar de la iglesia parroquial del pueblo, uniéndose a un hombre que casi no conocía y del que no tenía ningún sentimiento. La boda transcurrió con una lentitud tortuosa, ella miraba horrorizada las expresiones de deforme alegría que rayaba en lo grotesco, toda la familia de él se encontraba bajo los intensos efectos del alcohol. Ana buscaba la más mínima oportunidad de alejarse y respirar, de pronto le parecía tener un profundo miedo a no obtener suficiente aire en los pulmones. Al notar que ella se alejaba, el novio la hacía volver con numerosos pellizcos en los brazos cubiertos por encaje, incluyendo palabras desagradables y acercamientos degenerados. El desagrado de Ana crecía cada minuto que pasaba con él, la fiesta no parecía terminar, se despidió de sus padres, quienes no parecían disfrutar ni mucho menos, sólo su madre le gesticuló una bendición y se marcharon. Ana se dirigió a la habitación que arreglaron para ellos. Se trataba de una pequeña alcoba, apenas lo suficientemente grande para meter una cama matrimonial y una mesita, en la finca familiar del novio se escuchaba el bullicio alto y claro, ella suponía que los sonidos de la habitación también se escucharan fuera, lo que le produjo náuseas y terror. Comenzó a quitarse el ajuar de novia, deseando dormir el mayor tiempo posible para escapar de aquella pesadilla. El alma se le fue a los pies cuando lo vio en la puerta, mirándola con apetito animal y con tal apariencia, que parecía un ebrio saliendo de una cantina de mala muerte. Él había estado ahí, viéndola cambiarse, esperando el momento de hacer su entrada. Ana comenzó a temblar de miedo, apestaba a alcohol y a suciedad. - Me gustaría dormir hoy, mañana me haces lo que quieras, sólo déjame dormir hoy. Su voz estaba rota, suplicaba un poco de paz y tregua, sus brazos estaban marcados con moretones. Su piel siempre había sido así de delicada. Al notarlo, él comenzó a trazar la despiadada manera en la que quería yacer con ella. Simplemente le sonrió arrogante y sin piedad. Como pudo, se quitó el traje que a duras penas le regalaron y se tambaleó hasta donde Ana lo miraba, con los ojos casi desorbitados. Gritar no era una opción, pues creerían que se trataría de un juego de romance, así que lo descartó rápidamente. Hasta que él se le lanzó encima, sujetándola y arrojándola con fuerza contra la cama, que crujió. Ana comenzó a entrar en pánico, sentía que le faltaba el aire cuando comenzó a dar brazadas intentando escapar de él. Mientras el flamante novio le comenzaba a rasgar el camisón nuevo, un regalo cruel de su madre. Su visión se puso roja cuando sintió las manos arrastrarse y raspar su piel, y su garganta quemó cuando percibió su aliento rancio y alcoholizado. Luego, piadosamente, su visión se borró. Ana navegó libremente por un vasto mar de agua espumosa, era como nadar en agua mineral, le daba una sensación fresca y divertida, ya que las burbujas le hacían cosquillas. El interminable estanque no parecía tener fin, mientras la rodeaba un cielo nocturno sin fin, se puso a flotar mirando hacia arriba, mientras intentaba identificar las constelaciones. A su izquierda comenzó una tenue luz anaranjada y rosada, aquello parecía de fantasía, algunas estrellas se movían y hacían piruetas, mientras ella se reía como una niña. Cuando notó el nacimiento de aquella luz, ella miró fijamente el horizonte, notando además que una figura caminaba en su dirección. Alto y con porte imponente, él avanzaba hacia ella, dando suaves y medidos pasos sobre la superficie del agua. Ana se incorporó de frente al extraño que se acercaba, quedando su mirada directa a sus pies. Al llegar hasta ella, él se detuvo y Ana lo miró hacia arriba, y lo reconoció. Sonrió alegremente y sin reservas, mientras el travieso dios le ofrecía su mano para alzarla. Al salir del agua, ella se vio usando un vaporoso vestido lleno de cristales que reflejaban las diferentes luces, tenía los hombros caídos y flácidos, mientras en el torso se sujetaba contra su silueta y daba una viscosa caída, remarcando el peso de los cristales y la calidad de la tela, iba descalza y sin accesorios, notó que no los necesitaba. El dios la ayudó a mantener el equilibrio sobre las aguas que él pisaba tan firmemente, sus pies recibieron una enorme cantidad de burbujas que se adhirieron y le hacían cosquillas. Comenzaron a caminar, parecían no llevar ningún rumbo, mientras ella reía y señalaba las estrellas al decirle sus nombres, siempre sujetando una de sus manos, para no hacerla hundirse de nuevo en el agua. A lo lejos comenzó a dibujarse un quiosco precioso de madera ennegrecida, rodeado de flores en enredadera, así como de mariposas que se veían atraídas por los néctares. Ella sonrió fascinada, a unos metros del sitio comenzaba un firme piso de granito pulido, decorado de oro fundido entre cada bloque. Ella pisaba con cuidado para no resbalarse, pero notó que incluso corriendo aquello era imposible, pues una fuerza la sujetaba del cuerpo y la mantenía recta. Dentro del quiosco había una fina mesa de hierro con un precioso juego de té de porcelana china, como aquellos con los que fantaseaba. En una se las sillas se encontraba Víctor, mirándola con la misma fascinación con que ella miraba lo que la rodeaba. Él se incorporó frente a ella, vestía un perfecto traje de lino en color marfil, con una simple camisa rosa demasiado pálido para notar el color y, al igual que ella, estaba descalzo. Ana comenzó a llorar mientras se le acercó y lo abrazó por la cintura ocultando su rostro en su pecho, ocultándose de su mirada, él puso cara seria sin entender lo que sucedía. Ella seguía siendo para él la chica más hermosa y maravillosa que existía, incluso con sus conmovedoras lágrimas, era preciosa. Entre sollozos, Ana ahogaba palabras que no se podían entender, pero que por su tono quizás se trataran de un reclamo. El dios le dedicó una expresión seria, al parecer lo que sucedía no le agradaría lo más mínimo, en el momento siguiente una multitud de imágenes de Ana en los últimos días inundaron su mente. Para cuando ella se tranquilizó, habían pasado algunos minutos y él estaba visiblemente afectado por todo lo que acababa de ver. El dios había desaparecido, dejándolos solos. Víctor la acercó a la mesita y le entregó una tacita llena de humeante té en una mano temblorosa, el juego era simplemente perfecto. - ¿Te encuentras mejor? - Si, un poco mejor. - Bien, me gustaría que primero te calmes. En algún modo extraño he visto muchas escenas tuyas y he visto lo que ha sucedido, por favor dime que no te casaron con un degenerado. Ana intenta ahogar un sollozo lleno de dolor, mientras asiente y cierra con fuerza los ojos. Víctor se levanta de un salto, de pronto enfurecido y con el rostro desencajado de ira, manotea y golpea la mesa, haciendo que el té se desborde de las tazas y el juego entero se balancee. Ana se asusta y se lanza hasta el respaldo de su pequeña silla, casi volcándola en el acto. Él nota su reacción y se apresura a calmarla, hincando su rodilla en el piso frente a la frágil silla, la sujeta y le chista suavemente, susurrando palabras tiernas y tranquilizantes. Víctor ni siquiera se imagina lo que Ana tendría que vivir en adelante, sin embargo, sabía que no podía confiar en que alguien la defendería, debía planear cuidadosamente cómo sacarla de ahí con el menor daño posible. El tiempo en aquel bello lugar se consumía cada vez más rápido, haciéndoles desear permanecer ahí por siempre. Pero el momento de volver llegó y ninguno pudo evitarlo. Ella despierta lentamente, un fuerte dolor le agudiza los sentidos, ni siquiera era capaz de mantenerse sentada, ya que de inmediato se dobló por la intensidad del mismo. Se descubre de las cobijas, ásperas y con un fuerte olor a guardado, nota que no hay sangre en las sábanas y lo considera una bendición. Él regresa de donde quiera que estuviera y comienza a jalonear la ropa de cama, buscando la evidencia de la pureza de Ana. Al no encontrarla, se enfurece y le grita: - ¡Entonces fuiste tú! ¿Qué hiciste con el niño? - ¿Cuál niño? No sé de qué hablas. - ¡No te hagas la inocente! Hoy no sangraste, el niño del que me hablaron era tuyo, ¿lo mataste o lo regalaste? - No hablaré de eso, mejor déjame sola. Ana comenzaba a adivinar que se refería al chisme que se regó por su hermana mayor, lo que no entendía era la ausencia de ese sangrado, tendría que consultarlo, ya que, desde ya, le estaba causando problemas que no necesitaba. Antes que terminara el día, ella fue llevada a la casa de su suegra, el lugar donde viviría a partir de ahora, pero sólo alcanzaron a instalarse, pues esa misma noche partirían a su “luna de miel” que sería en la ciudad capital. Ellos pasarían una semana con los tíos de él, sin dudas aquello no mejoraría en nada el recién matrimonio, pues él la trataba de la misma forma brusca y agresiva, y en el mejor de los casos la ignoraba completamente. Los nuevos tíos políticos no eran malos ni amables, simplemente la trataban cortésmente debido al parentesco con él, pero al conocerla poco a poco le comenzaron a tomar cierto cariño que era difícil de encubrir. Entonces, él comenzó a justificarse con eso para seguir impartiendo sus malos tratos, ya que de un momento a otro la acusó de intentar cortejar al tío, quien simplemente era una persona amable. Ana no volvió a tener sueños con el hombre, ni volvió a saber nada de Víctor, extrañamente ahora no podía permanecer estoica a la hora de recibir las palizas que serían su nuevo adoctrinamiento. Pasarían casi veinte años antes de que por fin pudiera irse lejos de ese círculo que la mantenía atada a un hombre que no conocía el amor ni el compromiso. Con el embarazo de su tercer hijo, comenzaron unos sueños tan extraños como perturbadores, ella era espectadora de una pequeña bolita rosada que viajaba por el mismo túnel que ella y llegaba a su destino, con el paso de los meses continuaba soñando con aquella pequeña bolita que se desarrollaba y crecía, desde esos prematuros días ella supo que sería una niña llena de valentía. Los sueños extraños también le mostraban que aquella niña traía consigo una fuerza externa adherida, que la protegía como un c*****o cristalino a prueba de todo. Sabía que no debía poner a prueba aquella fuerza protectora de la niña, pero no tuvo elección cuando en una paliza particularmente agresiva, ella acude al servicio de cruz roja por la falta de ingresos económicos, sintiéndose sumamente grave y débil. Las enfermeras que la atendieron tomaron sus signos y revisaron hasta dónde podían al bebé. Ellas celebraron haber descubierto que no había alguna anomalía, pero le recomendaron acudir a su médico ginecólogo para realizarse un examen con ultrasonido para observar cuidadosamente al bebé. Ana sabía que eso no podría ser posible, ya que en un día bueno ella debía trabajar para conseguir un ingreso para los gastos de la casa. El flamante hombre con el que fue desposada, era por mucho irresponsable y egoísta. Los meses pasaban en una terrible incertidumbre, pues el parto se acercaba y los primeros dos niños aún eran demasiado pequeños para permanecer solos en casa. En una forma piadosa, sus padres se habían emblandecido por los nietos que más pronto estaban llenando la casa cada fin de semana, por lo que le ofrecieron hacerse cargo de ellos mientras daba a luz. Vivir en un pueblo pequeño era una bendición, a la vez que una maldición, pues en ambos casos los habitantes se conocen para bien o para mal. Ana se había esforzado demasiado para conseguir el dinero suficiente para sus revisiones y para la atención de la clínica, donde la habían programado para su parto en la segunda semana de enero del año 1990, mientras que para la noche del 27 de diciembre del año 1989 ella acude de inmediato por los dolores del inicio del mismo, donde la reciben y proceden con los preparativos. Eran las 11:25 de la mañana cuando la pequeña Noe respiró por primera vez y el mundo se conmovió profundamente cuando con su primer llanto la palabra “mamá" se escuchaba por los pasillos y salas aledañas.
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