La habitación estaba en penumbra. El silencio se arrastraba por las paredes mientras Natalia, sentada frente al tocador, se miraba con detenimiento. El reflejo le devolvía una cara que no reconocía del todo: ojos intensos, expresión cargada de reproche, y unos labios tensos que ya no sabían si eran por rabia o por orgullo herido. Tomó una toalla húmeda y empezó a quitarse el maquillaje con movimientos bruscos. Frotaba más fuerte de lo necesario, como si quisiera arrancarse la imagen de la noche, de ella misma… de todo lo que había sentido al verlo en ese lugar. Porque no podía sacarse de la cabeza la manera en la que aquellas mujeres se le acercaron a Mikhail. La seguridad con la que lo tocaban, cómo le hablaban al oído, la risa falsa que lanzaban mientras se inclinaban hacia él, como si

