El hombre cruzó el umbral sin decir palabra, las manos enguantadas, la mirada oscura repasando todo con una precisión quirúrgica. Detrás de él, Sergei cerró la puerta y se quedó afuera, como se le había indicado. Natalia no se movió. Estaba de pie, junto al sillón, vestida con ropa cómoda que Irina le había traído días atrás. Su cabello estaba recogido a medias, y no llevaba ni una gota de maquillaje. Lo primero que pensó fue: ¿Qué clase de trato es este? Y lo segundo fue: Maldita sea. Es hermoso. Porque lo era. No era solo que era alto o que tenía facciones fuertes. Era que no parecía humano. Su rostro no revelaba emoción. Su cuerpo, tenso pero relajado, como un lobo que no necesita mostrar los colmillos para que todos sepan que puede matar. Y sus ojos… Dios, esos ojos. Fríos. Claros.

