La mañana transcurría con lentitud. Había desayunado sin apetito y estaba sentada en la cama con la taza aún en la mano, cuando escuchó la puerta abrirse. Irina entró como siempre: firme, inexpresiva. Sin decir palabra, fue directo a retirar la bandeja del desayuno. Pero no estaba sola. Dos hombres entraron detrás de ella. Por un momento, el corazón de la joven se aceleró. Uno de ellos lo reconoció al instante. El guardia ruso, el mismo que la había atrapado como si fuera un bulto de papas. La había tratado mal en Italia, pero ahora… con luz del día, sin la adrenalina del escape, lo vio diferente. Su rostro era afilado, rudo, pero impresionante. Tenía esa belleza salvaje que solo parecía crecer con el uniforme oscuro y el porte militar. Y el otro… Dios. Era el tipo de hombre que no d

