ALGÚN LUGAR EN LAS AFUERAS DE MOSCÚ – 08:14 A.M.
Interior. Habitación cerrada.
El murmullo de la calefacción central es lo único que rompe el silencio.
No hay sol, solo una luz pálida y azul que se cuela por las rendijas de una ventana sellada.
El colchón es amplio, blando. Demasiado limpio. Demasiado ajeno.
Las sábanas huelen a desinfección reciente, no a hogar.
Ella abre los ojos con lentitud, los párpados aún pesados.
Por un segundo, piensa que fue una pesadilla.
Pero al incorporarse, lo confirma. No está en su casa. No está en su país. No está libre.
Mira a su alrededor.
La habitación es grande, elegante, sin adornos. Las paredes en tonos grises y azul petróleo. Un armario cerrado. Una puerta a un baño. Otra, sellada desde afuera.
Se pone de pie descalza. Sus pies sienten el frío del mármol a través de la alfombra.
Se acerca a la ventana con instinto de fuga.
No hay rejas. Solo cristales gruesos, dobles. Aislantes. Pero eso no da esperanza.
Afueras. Un muro perimetral. Hombres armados, caminando.
Tranquilos. Bien entrenados. Profesionales.
Se le seca la garganta.
Intenta abrir la ventana. No se mueve. Cierra el puño contra el marco.
Un sonido metálico. Cristal antibalas.
Deja caer la frente contra el vidrio y susurra para sí:
— ¿Dónde mierda estoy? — Del otro lado de la puerta, se escucha un sonido suave. Un clic.
No es alguien entrando. Es la cerradura automática activándose.
Nada más.
Ni un golpe. Ni un grito. Ni una voz.
Solo encierro.
El sonido del picaporte girando rompió el letargo.
Ella se puso de pie de inmediato, alerta. La puerta se abrió con un leve chirrido.
Entró una mujer joven, de unos veintitantos, con cabello oscuro recogido en una trenza larga, ropa pulcra color beige, rostro sin maquillaje y una expresión neutra, casi amable, pero lejana.
Empujaba un carrito con platos cubiertos por tapas de plata, una botella de agua mineral, y un pequeño bolso térmico.
En la otra mano, una maleta negra con ruedas.
— Buenos días. — Dijo con voz suave, con un marcado acento ruso. — Me llamo Irina. Seré tu empleada mientras estés aquí. — Sin esperar respuesta, caminó hacia la mesa y comenzó a colocar los platos uno a uno.
— Esto es tu almuerzo. Te traeré la comida todos los días, a las horas correspondientes. Si necesitas algo, puedes pedírmelo cuando venga. — La miró directo a los ojos. — Pero no puedo quedarme si no me lo permites. — Dejó la botella de agua junto al plato y dio dos pasos hacia la cama, dejando la maleta al lado.
— Aquí tienes ropa, artículos de higiene personal, aceites, lociones, cosas femeninas… todo lo que podrías necesitar. — Hizo una pausa. La observó. Y sonrió, apenas. — A veces también vendré a hacerte compañía. Conversar. Pintarte las uñas. Lo que sea que ayude a que el tiempo pase más rápido. Eso depende de ti. — Irina dio un paso hacia la puerta, sin dejar de mirarla. — Y no, no te diré dónde estás. Ni para quién trabajamos. No me lo preguntes. Solo relájate. No va a faltarte nada… mientras hagas tu parte. — Otra media sonrisa. Esta vez con un matiz ambiguo. — Nos vemos más tarde. — Y salió.
La puerta se cerró tras ella. El mismo sonido: clic. Cerradura activada.
Ella se quedó inmóvil por unos segundos.
Luego, bajó la mirada hacia la maleta cerrada. Y hacia la comida humeante sobre la mesa.
Y en el silencio de esa casa desconocida, rodeada de muros, se sintió aún más lejos de sí misma que nunca.
Cuando la puerta se cerró tras Irina, el silencio volvió a aplastarla como un manto pesado. Ella se quedó parada unos segundos, sin saber bien qué hacer. Luego se miró a sí misma.
Ropa rota.
La blusa todavía colgaba de un solo hombro. Había manchas de polvo, tierra seca y algo más que prefería no pensar.
El cuerpo le dolía de dormir mal, de viajar tantas horas, de no haber comido.
Y el olor… Ya ni siquiera podía decir que era humano.
Caminó hasta la maleta, se arrodilló y la abrió.
Todo estaba perfectamente ordenado.
Ropa interior de seda nueva, batas suaves, un par de pantalones, camisetas básicas, un vestido ligero. Todo en tonos crema y rosado pálido.
Además, productos femeninos, toallas pequeñas, un set de aceites, crema para el cuerpo, un cepillo nuevo. Y al fondo…
Un neceser con productos de baño: jabón líquido, shampoo, mascarilla para el cabello, un cepillo de dientes, pasta, hilo dental, bálsamo labial.
Todo olía increíble. Como flores costosas.
Como cuidado. Como si alguien se hubiera molestado en pensar en cada detalle.
Se levantó con la maleta entreabierta, entró al baño y cerró la puerta.
El espacio era amplio, de mármol gris y luz cálida. El agua salió rápido.
Tibia. Constante. No tardó en quitarse la ropa. La metió en una bolsa plástica que había en un rincón.
Se metió en la ducha. Y por fin… dejó que el agua la cubriera.
Primero fue silencio.
Solo el sonido del agua sobre su cuerpo.
Pero después…
Después llegaron los pensamientos.
Su madre. Su cuerpo frágil, su sonrisa enferma, la forma en que apenas podía sostenerse para tomar las vitaminas que ella le alcanzaba todas las mañanas.
Y ahora…
¿Quién estaba con ella?
¿Quién le daba los medicamentos?
¿Quién estaba allí para calentarle los pies por la noche?
No lo supo.
Y entonces lloró.
Lloró con fuerza. Sin sonido. Con los dientes apretados. Se cubrió la boca con la mano.
Temía que alguien pudiera escuchar. Temía parecer débil.
Pero ya no importaba. Estaba lejos. Estaba sola.
Y el lujo de esa casa, los aceites de marca, las toallas suaves y el agua tibia…
No hacían más que recordarle lo injusto de todo esto.
Porque mientras ella se duchaba en mármol, su madre, en alguna parte, podía estar necesitando algo tan simple como una taza de té.
Y ella no estaba allí.
**************
Los días pasaban…
Y cada uno era más tranquilo que el otro.
Demasiado tranquilo.
La rutina comenzaba a establecerse con una naturalidad que dolía.
Comía. Dormía. Leía.
Se duchaba. Caminaba por la habitación.
A veces se sentaba en el alféizar de la ventana, mirando hacia el jardín, donde los hombres seguían patrullando como figuras mecánicas.
Ya no había gritos.
Ya no había resistencia.
Solo esa resignación silenciosa que va carcomiendo por dentro.
Irina venía dos veces al día.
Siempre con su sonrisa amable, su peinado impecable y sus frases medidas.
—¿Cómo amaneciste hoy?
—¿Quieres que te traiga otra bebida para la tarde?
—Tengo un nuevo té, dicen que es bueno para dormir.
Pero nada más.
Nada de lo que realmente importaba.
Nada de lo que dolía.
Y entonces, las preguntas empezaron a tomar fuerza.
¿Por qué estaba ahí?
¿Por qué nadie le explicaba nada?
¿Qué era eso que su madre dijo antes de que la sacaran por la fuerza?
"Ellos vendrán a buscarte..."
¿Ellos quiénes?
¿Qué tenía que ver ella con un contrato, con un viaje, con un encierro?
El avión privado. La forma en la que la trasladaron. Sin rastro. Sin testigos. Sin errores.
Todo había sido demasiado limpio.
Demasiado caro. Demasiado planeado.
Miró una vez más por la ventana.
El guardia de turno daba una vuelta alrededor del invernadero. Impasible. Silencioso. Armado.
Solo había una conclusión posible:
Estaba lidiando con personas de mucho dinero. Y mucho poder.
Y si lo pensaba bien...
Eso coincidía con lo que su madre siempre murmuraba cuando tomaba las pastillas:
"Tu padre nos dejó una maldición encima..."
"Un trato que nunca debió aceptar..."
¿Qué trato?
¿Con quién?
Y sobre todo...
¿Qué demonios tenía que ver ella con todo eso?