El sonido de la puerta cerrándose con doble seguro resonó en la habitación revestida en madera. Mikhail no levantó la vista del portátil. Su dedo firmaba documentos digitales, y la pantalla reflejaba el brillo helado de sus ojos. Sergei volvió... — ¿Qué pasa? — Preguntó, sin rodeos, reconociendo la silueta al otro lado del escritorio. Sergei no respondió de inmediato. Caminó hacia el sillón frente a él y se sentó sin esperar permiso, como solo lo hacía alguien que ya lo tenía desde hace años. Mikhail alzó la vista un segundo. Notó la postura, la rigidez. Cerró la pantalla del portátil. — ¿Habla? — No vine por trabajo. — Respondió Sergei. Mikhail lo observó en silencio. — Vine porque te vi en la mañana y ahora esa orden tan repentina. — Continuó Sergei, entrelazando los dedos sobre el

