Natalia salió del despacho con la cabeza en alto, el rostro sereno, el andar firme. Pero por dentro, era un mar de nervios a punto de romperse. El guardia la siguió en silencio por los pasillos de la mansión. Ella no le dirigió ni una mirada. Apretó los dientes y caminó con paso seguro, como si nada hubiera pasado. Como si no acabara de ser arrastrada a un juego que no entiende. Como si no acabara de ser tratada como un objeto de cambio. Al llegar a su habitación, cerró la puerta con cuidado. No quería ruido. No quería testigos. No quería a nadie. Y entonces se desplomó. Cayó de rodillas, sin fuerza, como si su cuerpo por fin se permitiera soltar todo lo que su orgullo le había impedido mostrar. Se cubrió el rostro con ambas manos y lloró. Lloró en silencio. Lloró con rabia. Lloró sin

