Rusia.
La nieve golpeaba las ventanas del salón como si intentara colarse entre los muros de mármol y madera pulida. Afuera, el viento cortaba como cuchillas, pero dentro, el ambiente era aún más gélido. El humo de los habanos flotaba en el aire, mezclado con el aroma del vodka caro y la tensión contenida.
Una mesa larga, de roble macizo, dividía el salón. A cada lado, hombres de trajes impecables hablaban en murmullos, con miradas evasivas y manos inquietas. Sobre la superficie, portafolios cerrados, documentos firmados con sangre, promesas que solo se sellaban con obediencia o muerte.
Y al fondo, en la cabecera, él.
El único que no decía una palabra.
El único que no necesitaba hacerlo.
Apoyado hacia atrás en su silla, con las piernas abiertas y los codos reposando con naturalidad, el hombre de la cabecera observaba. Un corte militar impecable coronaba su cabeza. Su piel era pálida como el invierno. Ojos grises, como hielo bajo el sol. La mandíbula marcada, los labios tensos. Un hombre que no hablaba más de lo necesario... porque todos sabían que cuando lo hacía, alguien terminaba muerto.
Mikhail Orlov
Era joven para el poder que tenía, pero nadie osaba decirlo. Ni sus enemigos, ni sus aliados. Porque quien pronunciaba su nombre sin respeto, no lo hacía dos veces.
— ¿Por qué tanta demora con el envío? — Preguntó finalmente, sin levantar la voz, sin mirar a nadie en específico. Su acento era cortante. Ruso puro, afilado, elegante y brutal.
Todos enmudecieron.
Uno de los hombres más viejos carraspeó, se pasó un pañuelo por la frente sudada, y respondió con timidez:
— Los puertos en Novorosíisk están siendo vigilados. La mercancía fue desviada… tomamos medidas. Pero…
Mikhail giró lentamente el rostro hacia él.
Solo eso.
El hombre se tragó sus palabras.
Silencio. Absoluto.
Mikhail se acomodó los guantes de cuero n***o y luego chasqueó los dedos. De inmediato, uno de sus hombres sacó una pistola con silenciador y disparó al suelo, junto a los pies del tartamudo.
— “Pero” no es una palabra que me interese — Dijo Mikhail, ahora sí mirando directo a los ojos del anciano. — Si el envío no está en Moscú en cuarenta y ocho horas, haré que tu familia desaparezca antes que tu cadáver toque el ataúd. ¿Fui claro?
— Sí, sí… perfectamente claro — Balbuceó el hombre, temblando.
Mikhail se recostó nuevamente, relajado. Levantó su copa de cristal, brindó en silencio, y bebió un sorbo.
— Continuemos. — Dijo con total calma.
Y el infierno siguió su curso.
El murmullo de los hombres en la sala se fue apagando cuando Yakov, uno de los más antiguos miembros del consejo, se aclaró la garganta. Tenía más de setenta años, el cabello blanco y escaso, pero sus ojos aún ardían con astucia. Vestía con un abrigo largo, bordado en el cuello, y llevaba consigo un portafolio de cuero desgastado.
Lo colocó sobre la mesa con un gesto pausado, casi ceremonial.
— Señores, — Empezó, con su tono grave y ceremonioso. — La organización lleva años manteniendo el control sobre nuestras rutas, nuestros negocios y nuestras reglas. Sin embargo, hay un asunto que hemos estado ignorando... — Abrió el portafolio lentamente. Papeles bien organizados, sellos, nombres y cifras. — Deudas sin cobrar, — Continuó. — dinero prestado hace décadas, favores no devueltos. Hemos sido... generosos. Y esa generosidad está costándonos poder. La gente olvida que esto no es un banco. Aquí, las deudas no caducan. Aquí, se heredan. — La sala quedó en silencio. Algunos hombres bajaron la mirada. Otros sabían exactamente lo que venía. — Hay casos con más de cinco años de vencimiento, — Dijo Yakov, hojeando los documentos. — algunos incluso más antiguos. Pero este... — Se detuvo en un nombre. — este en particular me parece interesante. — Levantó el rostro, clavando sus ojos en la figura imperturbable al fondo de la mesa.
— Mikhail, — Dijo con respeto, inclinando ligeramente la cabeza. — ¿Puedes encargarte tú personalmente de cobrar esta deuda? — Mikhail no respondió de inmediato. Solo observó. Ni una mueca, ni un parpadeo. Su copa de cristal descansaba en su mano, pero no bebía. Solo la miraba.
— ¿Nombre? — Preguntó finalmente, con voz seca.
Yakov hojeó unos segundos más.
— Alfred Vetrov. Fallecido hace más de quince años. Dejó una deuda de 2.4 millones con la organización. La familia desapareció. Pero hace poco localizamos a su hija. Vive en Italia. Trabaja en una tienda de ropa, cuida de su madre enferma. Es... inocente. Pero lleva su sangre. — Mikhail apoyó la copa en la mesa.
— ¿Y?
— Sabes lo que eso significa, — Respondió Yakov. — Tú lo dijiste una vez: “Las deudas son como la muerte. Siempre llegan.” — Un silencio denso volvió a colmar la sala.
Mikhail se levantó. Con calma. Se acercó al portafolio, tomó el documento con la ficha de la chica y lo observó durante unos segundos. Había una fotografía pequeña, un nombre escrito a mano con tinta negra.
Natalia Vetrov.
Sus ojos grises no mostraron emoción alguna. Solo leyó en silencio.
— Me encargaré de ella, — Dijo por fin, como si fuera un veredicto.
Y el consejo asintió, uno a uno, sabiendo que esa decisión ya era ley.
*************
Más tarde...
La sala había quedado en penumbra, con solo el eco de pasos y voces lejanas desvaneciéndose en los pasillos de piedra. El humo de los habanos flotaba como un velo espectral, y el único que aún permanecía en su lugar era Mikhail.
El documento reposaba frente a él. Lo desdobló una vez más, como si no lo hubiese leído mil veces antes. Sus dedos recorrieron la tinta ya amarillenta de la firma de Alfred Vetrov, y su mirada se detuvo en esa línea, esa única línea que le retumbaba en la cabeza desde hacía días:
“En caso de incumplimiento total, el acreedor podrá tomar posesión de la hija legítima del deudor. Su valor será pleno solo si conserva su pureza. La pérdida de esta condición, significará la extinción inmediata de la familia entera, conforme a lo pactado.”
Mikhail se recostó en su silla de cuero, con la mandíbula tensa.
— Maldito genio, — Susurró para sí mismo, en un tono más admirado que indignado.
¿Su padre realmente había propuesto algo así? ¿Y el otro imbécil lo aceptó?
Las reglas estaban ahí. Claras. Legales dentro del mundo que ellos gobernaban.
Y por eso, aunque el resto de los viejos hablaran de números, cuentas por cobrar, morosos y amenazas, nada de eso le importaba.
La chica era el centro.
Ella era la deuda.
Y él tenía el derecho de cobrarla.
— ¿La pureza? — Había repetido en voz baja la primera vez que lo leyó. Como si fuera un concepto extinto, una fantasía en un mundo podrido.
Pero ahí estaba. Requisito. Condición. Y amenaza. Si no se cumplía, su madre enferma... su tía... su perro, todos morirían. Por contrato.
Mikhail sabía que no podía confiar en papeles ni promesas.
Tenía que verla. Examinarla. Con sus propios ojos.
Y eso era exactamente lo que ya se estaba llevando a cabo.
Se levantó finalmente, abotonando el abrigo n***o sobre su camisa perfectamente planchada. Caminó hacia el ventanal que daba a los jardines del este, desde donde la nieve empezaba a cubrir los pinos y estatuas de mármol. Allí lo esperaba Illya, su escolta de confianza.
— Da la orden — Dijo sin mirarlo siquiera. — Las demás deudas, que las cobre Yakov. Tiene una semana. Si no pagan, que quemen sus negocios. Quiero ver los informes el día del próximo consejo.
— ¿Y la chica?
Mikhail giró apenas el rostro. Una sombra casi cruel cruzó por su boca.
— A esa ya la mandé a buscar. No quiero un rasguño en su cuerpo. No me importa cuántos hombres necesiten para traerla... intacta. — Hizo una pausa breve. — Ella no es una deuda más. Es mi propiedad legal. — Y sin agregar una sola palabra más, salió del despacho mientras el reloj marcaba las 00:00.
El contrato había sido firmado.
Ahora solo quedaba cobrarlo.
***************
La ciudad ardía bajo el hielo invisible de una noche sin viento. Las luces de los rascacielos apenas parpadeaban, como si supieran que alguien las miraba con desprecio desde el interior de un Maybach oscuro.
El hombre iba en el asiento trasero, con la chaqueta aún abierta y el rostro bañado por la luz azulada de la pantalla de su móvil. Sus dedos marcaron con precisión un número que no tenía que buscar. Lo sabía de memoria.
— ¿Aló? — Respondió una voz femenina, suave, melosa.
— ¿Cómo estás? — Dijo él sin emoción.
— Qué gusto escucharte… dime, ¿Qué se te antoja esta noche?
— Tres personas. Dos mujeres, un hombre. Que luzcan como estudiantes. Ya sabes lo que me gusta: que simulen inocencia, pero que tengan experiencia. No me interesa el drama, ni la charla. Sólo que estén listos cuando llegue.
— Como siempre — Respondió ella, sin preguntar más.
Colgó.
Ni una palabra innecesaria. Ni una emoción en su mirada. Sus ojos se perdieron unos segundos en el reflejo del vidrio. A veces su propio rostro le era ajeno. El mismo que cargó con el apellido y el imperio que su padre le dejó tras morir asesinado junto a su madre. Ese evento, sellado por la sangre y el fuego, le enseñó que el amor era una debilidad, y la ternura, un lujo que su mundo no permitía.
Usar su cuerpo —y el de otros— se volvió rutina. Una válvula. La única forma de apagar, por minutos, la presión que le dejaban los negocios, los errores ajenos y las decisiones de vida o muerte.
Cuando el auto atravesó los portones de la mansión, los guardias se cuadraron sin decir palabra. La estructura era fría, opulenta, de líneas rectas y sombras elegantes. Paredes de concreto pulido y vitrales oscuros. Una fortaleza moderna.
Bajó sin prisa, caminando como quien no tiene que anunciar su presencia. Al pasar por el primer guarda, se detuvo.
— Cuando lleguen, anúncialo. Que entren directo al ala norte. Sala roja.
— Sí, señor. — Continuó su paso hasta perderse dentro del pasillo principal. Subió las escaleras y giró a la izquierda, rumbo a su despacho, donde el humo del cigarro que encendió sería lo único vivo hasta que sus “invitados” llegaran.